Te vendo a mi hermana

Capítulo 7

El silencio en la sala solo fue roto por el crujido de una galleta que Cristian seguía devorando con total indiferencia ante el destino financiero y matrimonial de su madre. Don Maximiliano guardó el estilógrafo de oro en su bolsillo, con una sonrisa de superioridad que denotaba que a él nadie le ganaba una partida de negociación, ni siquiera una mafia de amigas desquiciadas.

—Muy bien, mujeres de negocios —sentenció el capo con voz firme, cruzándose de brazos—. Si vamos a formalizar esta adquisición corporativa, necesito que mi equipo legal redacte el contrato matrimonial con cada una de las cláusulas que acaban de estipular: el tratamiento psiquiátrico de la novia, los gastos de veterinaria del gato nuclear, la manutención de los dos pequeños terroristas y, por supuesto, la jugosa comisión de intermediación de la señora cuñada y el porcentaje de la señora que está amenazando desde Colombia.

—Y que no se le olvide incluir los viáticos de mi maleta, Don Banano —añadió Andreína con su tono glacial, cruzándose de brazos frente a la maleta de mano que seguía arrastrando por la sala.

Maximiliano arqueó una ceja, divertido por el descaro absoluto de la venezolana.

—Como usted ordene, señorita. El documento estará listo en menos de una hora. Pero antes de que pongamos las rúbricas y hagamos oficial este extraño contrato, hay algo que no me cuadra —dijo el capo, entrecerrando los ojos con suspicacia mientras miraba a Andreína—. Dijiste que venías desde Venezuela en avión para cobrar tu tajada... pero cuando te llamaron ¿hace diez minutos?. ¿Cómo carajos llegaste tan rápido hasta esta casa?

Andreína se acomodó los lentes de sol oscuros sobre el puente de la nariz, carraspeó con fingida elegancia y soltó la verdad sin inmutarse lo más mínimo:

—Para su información, Don Maximiliano, yo ya estaba en México desde esta mañana vacacionando —admitió la venezolana rodando los ojos—. Y a decir verdad, justo en el momento exacto en que Morgan me marcó para contarme su brillante idea de subastar a Itzel, yo estaba sentada en una taquería tradicional a tres cuadras de aquí, pidiendo una orden de tacos al pastor con extra de piña y salsa bien picante.

—¿Y por qué llegaste corriendo a nuestra puerta en menos de diez minutos cargando una maleta de mano si estabas comiendo tacos? —preguntó Morgan con los ojos entrecerrados, analizando la coartada de su socia.

—¡Pues porque iba a dar el primer bocado cuando me enteré de que ustedes estaban negociando un porcentaje millonario sin mi presencia! —exclamó Andreína, perdiendo por un segundo su característico hielo en la voz—. ¡Los tacos se quedaron en la mesa humeando, señora! Tuve que pagar la cuenta corriendo, saltarme tres semáforos peatonales y venir arrastrando esta maleta con ruedas de plástico gastadas solo para asegurar que no me bajen con mi veinticinco por ciento. ¡Así que más le vale que la boda incluya un banquete digno de la realeza!

Itzel, que seguía estupefacta abrazada al brazo de su flamante y millonario prometido, parpadeó varias veces antes de procesar el nivel de compromiso económico y alimenticio de sus amigas.

—Espera... ¿viajaste de vacaciones, abandonaste unos tacos al pastor recién hechos y corriste tres cuadras solo para cobrar una comisión de mi matrimonio con un mafioso? —preguntó Itzel con voz temblorosa, sintiendo que el amor y la locura de sus amigas superaban cualquier ficción.

—Obviamente —respondió Andreína con total naturalidad, acomodándose la maleta—. El amor es pasajero, pero el dinero y el porcentaje de una intermediación mafiosa son para siempre. Eso sí, te lo advierto de una vez, Itzel: a Venezuela no pienso regresar hoy ni mañana. Me quedo aquí instalada, pero bajo una sola condición inflexible: no me muevo de esta casa hasta después de que comamos un buen cacho de pastel de bodas. ¡Quiero desquitar cada centavo de mis viáticos y los tacos que dejé enfriar!

Maximiliano soltó una carcajada abierta, profunda y magnética que resonó por todo el vecindario, contagiando incluso al pequeño Samy, quien terminó aplaudiendo con las manos sucias de mermelada.

—Cacho de pastel garantizado, Andreína. Y si quieres, te mando a traer una taquería entera para la recepción —concluyó el capo, extendiendo el contrato ya firmado sobre la mesa de la cocina—. Tenemos una boda que planificar, una salud mental que rescatar y un banquete que devorar. Que empiece el caos.

—Y no se olvide de un par de niños que vigilar —señaló Morgan al ver como Samy comenzaba a trepar por la cortina el capo se rio y se acercó a bajar al niño de la cortina quien no paraba de reir

—Hay cuñado eres el mejor al que le pudimos vender a olí hermana, comeré tacos hasta reventar en la boda, solo preparence para cuando Mar se entere que yo estaré en la boda de Itzel y ella no —la risa de todos se detuvo al pensar en el drama que va a armar Mar cuando se entere.




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