Venta de rupturas, sin devoluciones

7. Urgente: regresar el tiempo

Sam

🎧 🎙️ 💔 🌃 👔 ⌚

—Está graciosa la pelirroja —soltó Theo cuando cerré la puerta del Aston Martin y aceleró en menos de un segundo.

—¿Graciosa?

Abroché el cinturón cuando ya habíamos pasado tres cuadras, porque ni siquiera me había dado tiempo a hacerlo.

—Está buena y es tu tipo —se burló.

—Genial, ahora tengo un tipo.

—Sí, medio locas, o completamente locas. Depende de la época del año —soltó entre risas.

—¿Quieres decir raras?

—Raro eres tú, que no te duran ni dos días.

Tenía razón el cabrón.

—Lo dice el hombre de familia.

—Al menos no pretendo serlo —dijo mientras movía el mapa en la pantalla—. Pero tú vas por la vida con esa vibra de buenazo y, ¿qué esperas? Las chicas piensan que buscas algo formal y encima les presentas a Thai.

—Por Thai no es, porque no soporta a nadie —rectifiqué mirando por la ventanilla hacia ninguna parte en específico.

—No te soporta a ti. Es que tiene buen olfato mi sobri.

—Hablando de olfato. ¿Terminaste la presentación de los aromas para el lunes?

—¿Qué hora es? —preguntó y miré el reloj en mi muñeca.

—Las ocho y quince.

—Viernes por la noche, party, chicas. —Me miró solo para amenazarme—. Si mencionas algo más de la empresa te dejo en la próxima esquina.

—Perfecto, desde aquí llego caminando a casa.

—¡Pobre Sam! Tendré que buscarte a la pelirroja para que te cuente un chiste.

Me reí y recordé que tenía su número en mi bolsillo.

—De hecho me dio su número.

—Anda, machote, ¿la llamas o qué?

Lo pensé por un instante. Podía al menos escribirle y preguntarle por el catálogo de locuras del que tanto alardeó, pero no estaba seguro si quería iniciar esa conversación.

—Luego.

—O sea que no la vas a llamar, ¿me lo pasas? —pidió con la mano estirada.

—Ni lo sueñes.

Soltó una carcajada.

—Por cierto, ¿Maddie no te iba a acompañar? —Ahí estaba la pregunta que se moría por hacer desde que entró a la librería.

—Y yo pensando que me recogiste porque cuidas a tu jefe.

—Solo pregunto por la hermana de mi jefe.

—Tenía una cena con Tommy, algo de querer casarse o qué sé yo —le dije porque en realidad ni recordaba todo el drama que ella me había contado días atrás.

—¿Se va a casar? —preguntó y la aguja del motor se movió de sesenta a ochenta kilómetros en dos segundos.

—Bájale que estamos en Downtown —le dije y redujo—. No creo que se vaya a casar mañana, pero eso quiere.

—Me alegro por ella.

Ni él se creía el pedazo de mentira a medias que soltó, pero no me metería otra vez en medio de esos dos. La última vez fue en nuestro último año de universidad. Ya Maddie trabajaba en la firma de abogados y aquí mi amigo, el gran conquistador, creyó que podía tener algo con ella. Me robó la llave de su apartamento y, para ser exactos, se malgastaron quinientas rosas rojas ese día.

Seguimos el trayecto cada uno a lo suyo. El ruido de las gomas contra el asfalto era demasiado constante y solo se filtraba alguna sirena de bomberos lejana. Sin embargo, después de unos minutos, los acordes de la canción que no pude adivinar en la librería regresaron a mi cabeza, y lo peor, no llegaron solos. La sonrisa de Jade se coló como si fuera parte de aquella melodía sin sentido.

El móvil de Theo vibró en el centro entre los asientos y me sacó del acertijo que mi cerebro no lograba descifrar, pero sabía que regresaría, nunca dejaba nada por resolver. Miré por instinto la pantalla y era un mensaje de Tinder. Lo agarró cuando nos detuvimos y le entregó las llaves al aparcacoches del Bar Cooper River.

—Debí suponer que este bar nuevo no era por gusto —murmuré cuando llegué a la acera mientras él tecleaba en la pantalla.

—Hay una para ti, no pongas morritos —soltó mientras dos chicas hermosas caminaban hacia nosotros—. La mía es la rubia —aclaró y las alcanzó a medio camino.

Me quedé con los pies pegados al suelo por un minuto más, porque dar un paso significaba empezar de cero el ciclo. Asumir que esa chica quería algo, cuando ni siquiera me había escuchado hablar, era demasiado optimista de mi parte; pero así sucedía el noventa por ciento de la veces. Unas copas, unas risas, una noche sin dormir y luego buscar cualquier excusa para terminar. Porque iba a querer dejarlo, eso lo sabía desde antes de empezar.

—Este es Sam. Sam, ellas son Elena y June —me presentó Theo enfatizando en esta última que, según él, era la que me tocaba.

—Hola, ¿cómo están?

Saludé con la mano a ambas y una risa cómplice les asomó en la cara, como si estuvieran de acuerdo con la distribución.

Pensé en irme otra vez, pero esta chica se había vestido para disfrutar la noche. Dejarla con Theo y su amiga la condenaría a ser la tercera rueda o irse a casa. Sin hablar de lo que haría a su autoestima que me fuera al verla, aunque se tratara de una encerrona. Maddie me había dejado de hablar por dos meses en el instituto, cuando dejé a su amiga plantada en una cita a cuatros. Aprendí bien la lección.




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