Venta de rupturas, sin devoluciones

9. Atención: Pide el número otra vez

Sam

🎧 🎙️ 💔 🌃 👔 ⌚

—Llegaste tarde el lunes, te vas temprano hoy, ¿qué estás tramando príncipe encantador? —preguntó Theo asomándose a la puerta de mi oficina, mientras recogía mi laptop en la mochila.

—Seguiré en casa.

Se recostó en el marco de aluminio, con los brazos cruzados y la risa burlona que no se aguantaba.

—Dale saludos a Jade de mi parte, esa chica me cae bien.

—Sí, claro —le dije sin darme cuenta, por intentar desenredar el cable del cargador.

Soltó una carcajada y tardó dos segundos en tirarse en el sofá y exigir la historia completa.

—Sabía que la llamarías, es que se veía en los ojos esos de cachorro necesitado de abrazos.

—No sabías nada, no vengas de Nostradamus.

—Pero, son las dos y media de la tarde. Tío las citas se organizan por la noche, ¿qué van a hacer a esta hora? ¿Ir al parque a tirar la pelota?

Eso mismo me pregunté cuando salí el lunes de la librería. Me había centrado tanto en conseguir que aceptara salir que ni siquiera me percaté en el momento de la hora a la que acordé recogerla. Tampoco era tan raro, había muchas actividades que hacer en el día. Cierto que la mayoría no era lo que se consideraban citas románticas, pero algo podría hacer. Aunque en realidad nunca dijo que fuera una cita y mucho menos romántica.

Pasé la noche del lunes y la del martes buscando opciones que no incluyeran actividad física exagerada al aire libre, teniendo en cuenta que Austin en julio a las tres de la tarde, no era precisamente el mejor contexto para disfrutar afuera. Esa semana estaban pasando una comedia romántica en el cine, pero era demasiado pretencioso asumir que ese era su género favorito y sería la cita más básica de la historia. No podía planear nada básico para Jade.

¿Pero qué le gustaba a Jade?

Los libros, seguro, ¿pero qué más?

Después de analizar en detalle la imagen que tenía en mi cabeza de las dos veces que nos vimos, asumí que le gustaba cualquier cosa relacionada con colores. Toda ella era color. Y tenía un setenta por ciento de certeza de que le gustaba la música, así sin género específico.

Al final, después de llenar mi historial de búsqueda con más de cien páginas de posibles lugares, me decidí por llevarla a un taller de una artista emergente de la ciudad. La actividad duraba dos horas y consistía en pintar emociones de canciones; un ejercicio de liberación para el que honestamente no estaba preparado, pero podía intentarlo.

—Tío, ¿qué a dónde la vas a llevar? —insistió Theo.

—A un taller de pintura.

Pensaba que se reiría hasta el cansancio, pero se enderezó en el sofá y su expresión no era burla, era sorpresa.

—Ok, estamos hablando en serio entonces. ¿Ya pensaste en el restaurante para llevarla después?

—Al mexicano de South Congress, el que le gusta a Maddie.

—Perfecto, buena elección.

—Ya sé que es una buena elección.

Volvió a reírse, se puso de pie como si su misión estuviera completa y se dirigió a la puerta.

—No te tardes que te espera tu princesa, y me escribes para saber cómo salió.

—No te voy a escribir.

—Te escribo yo entonces. Esto es importante Sam, vas a salir de día con una tía.

—Anda, sal que tengo que irme.

Sin dejar de reirse, salió por el pasillo hacia el estudio.

Cuando me senté en el auto mi estómago se dio vuelta. Solo eran quince minutos desde el Downtown a la librería, aunque el tráfico le agregaba diez extra, pero me parecían muy pocos para el malestar que comenzaba a sentir.

Quería ir, lo tenía claro, pero mi cuerpo entero parecía negarse. El sudor frío en el cuello, las palmas húmedas que se resbalaban en el volante, el temblor en ráfagas de tres por segundo en mi pierna izquierda; todo alertaba que quizás no era una buena idea.

Aún así aceleré.

Tenía la vista fija en el Toyota de delante, que frenaba continuamente, cuando sonó la llamada entrante en la pantalla. Ella no solía hablar a esa hora, así que contesté enseguida.

—Hola, Sam —dijo Maddie con una voz cansada.

—¿Qué pasa?

Hizo silencio por unos segundos antes de responder y eso me hizo apretar el volante de más. Conocía ese tono y ese silencio, no los había escuchado muchas veces en mi vida, pero sí las suficientes para saber que me necesitaba.

—Lo dejé con Tommy.

«Mierda».

—¿No quiere formalizar?

—No, de hecho se muda a Miami, en un mes, y no me había dicho nada. Me enteré por una publicación de Linkedin de su jefa.

«Menudo gilipollas».

—Mad, quizás es lo mejor.

—Ya sé, pero siento que perdí el tiempo. —La voz se le rompió un poco.

—¿Necesitas que vaya ahora?

Tardó otra vez en responder.

—No, no, estoy en el baño del bufete. Solo necesitaba contarte.

—Esta noche paso a verte y te llevo quesadillas de tu mexicano favorito. ¿Te parece bien?

—En serio, no hace falta.

—Mad, no tienes que fingir conmigo. Esta noche voy y me manchas la camisa de lágrimas todo lo que quieras. Prometo no quejarme.

Eso sí que le sacó una risilla, apenas audible, al otro lado de la línea.

—Vale, nos vemos más tarde. Te quiero enano.

—Venga, no te me pongas cursi. Un beso.

Durante el resto del trayecto pensé en Maddie y en todo lo que había dado de sí por aquella relación, en sus ganas de formar una familia, aunque yo creía que aún era demasiado joven para eso y menos con alguien que era evidente que no la merecía. Me distraje hasta llegar al estacionamiento de la librería y, para ser honesto, fue lo que evitó que girara en U en cualquier semáforo.




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