Jade
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«Cinco más de una Corte de espinas, al final tendré que leérmelo»
Pensaba mientras reponía los libros que se vendieron el fin de semana. La mayoría siempre eran de romance, fantasía o thrillers. Esos estantes terminaban tan vacíos que debía usar el carrito para cargar los nuevos. Sin embargo, mis preferidos no eran de un género específico, sino aquellos que ya tenían dedicatorias escritas a mano y secretos en los bordes.
—Design is storytelling —murmuré al ver el siguiente libro.
Era la reposición del que se llevó Samuel el viernes y también el único que compraron de la sección de Inversiones y Negocios. Lo hojeé para entender por qué le interesó, como si necesitara agregar datos a su ficha de cliente que solo existía en mi cabeza.
Era una mezcla entre ejercicios, explicaciones e ilustraciones sobre cómo contar historias y ofrecer experiencias. Solo con leer el inicio de la sinopsis decidí que debía comprarlo también «El buen diseño, como el buen storytelling, da vida a las ideas». Así que coloqué uno en el estante y guardé otro para mi.
Cuando terminé, regresé a la caja para actualizar el inventario en exposición, mientras el silencio de la librería, a las ocho y media de la mañana, aún me permitía leer números sin confundirme.
Las mates no fueron mi fuerte y nunca hice el esfuerzo por entenderlas. Mi madre decía que era mejor ser excepcional en aquello que se me daba bien, en lugar de dedicar la vida a forzar algo que simplemente no funcionaba. Eso fue una buena excusa para priorizar siempre las tareas de arte y lengua con autorización paterna, pero en la librería no podía fallar.
El móvil vibró en el bolsillo del delantal por una nueva notificación de la tienda. Se habían entregado todos los pedidos del sábado, incluyendo el de Samuel.
Aquel día cuando vi la “J” para el colgante pensé: «No jodas, si ni siquiera salimos». Muy egocéntrico de mi parte asumir que le había importado como para enviarme un regalo, pero agradecí que fuera para alguien más al ver su mensaje. Aunque otra chica volvía a salir emocionalmente impactada en aquella transacción. No era mi problema, pero igual no podía dejar de pensar en aquellas palabras: «Eres genial, pero créeme, no soy tu tipo. Mereces ser feliz».
No entendía por qué aquel chico envió dos regalos para romper con alguien, con una diferencia de solo una semana y pidiendo disculpas como si necesitara el perdón de la humanidad. Me faltaba una pieza en aquellas dos versiones de Samuel y no encontraba como, el imbécil de las rupturas, podía ser el mismo que se sentó a discutir sobre historias de amor, cuando se notaba que no tenía ni idea.
El tin tin tin de las campanillas de la puerta me sacó de mi análisis «Descifrando a Samuel para no obsesionarme con él». Entró Walter como siempre a las nueve de la mañana, pero esta vez no llegó solo. Lo acompañaba un chico rubio, bastante más alto que él, pero con los mismos ojos azules.
—Buenos días, Jade, es una hermosa mañana —me saludó Walter.
—Hola, señor Reid, es una espectacular mañana —le respondí en nuestro código de positividad multiplicada, que empezamos a aplicar unos meses atrás.
—Te presento a Peter, mi hijo, ya te he hablado de él.
—Un gusto Peter, ¿eres el que salva al océano, verdad? —le extendí la mano por encima de la barra.
—Si, no suelen decirme así, pero si soy el que intenta salvar el océano —me dijo Peter y se le dibujó una sonrisa—. También me han hablado de ti, Jade, ya casi creo que te prefiere como hija.
Sonreí ante semejante declaración.
—Por favor sírvenos un capuccino, estaremos en la mesa de siempre —me indicó Walter antes de dirigirse a la esquina, justo al lado de los libros en Español.
Mientras preparaba sus cafés, para los cuales respeté la receta, sonaron las campanillas otra vez. Levanté la vista por pura costumbre, pero no pude evitar tragar grueso al verlo.
Samuel cerró la puerta con cuidado detrás de sí, no la soltó hasta que tocó el marco y las campanillas se detuvieron. Llevaba el pelo desordenado como la última vez y algunos mechones le caían por la frente. La camiseta blanca debajo de una chaqueta gris oscura le iba perfecto con aquel pantalón, un poco holgado, pero del mismo color. El reloj en su muñeca era de esos que contaban años en las pequeñas grietas del material.
«¿En serio, Jade? Deja de mirarlo».
Aparté la vista para centrarme en el café caliente que salía de la máquina. Su presencia frente a la caja me llamaba, aunque él no hubiera pronunciado ni una palabra. Después de verter la crema de leche me acerqué a atenderlo, antes de llevar los cafés a Walter.
—Hola, Jade —me dijo con una leve sonrisa.
—Buenos días, Samuel, ¿quieres algo para llevar?
—¿Podrías prepararme un mocca? Lo tomaré aquí.
—Un mocca será. Puedes sentarte, te lo llevo a la mesa.
Asintió y caminó directo a una de las mesas con dos butacas, más cerca de las cristaleras. Se recostó en el asiento y cruzó las piernas, con la calma de quien puede pasarse todo el día analizando a quienes caminaban por la acera. Esperaba que revisara su móvil, como la mayoría cuando aguardaban una orden, pero no lo hizo. En su lugar, sacó una pequeña libreta y un boli del bolsillo interno de su chaqueta, y la apoyó en una de sus piernas para anotar algo.