CAPÍTULO II: 용왕 (Yong Wang) El Espíritu del Dragón
El regordete monje la guió por una galería a la intemperie, que serpenteaba entre antiguas construcciones de piedra y madera. Se detuvo ante la entrada de una de las habitaciones, protegida por un alero de tejas oscuras que descendía hacia dos pequeños escalones de piedra. Con una reverencia solemne, le indicó a Seo Yun que ingresara al lugar, despidiéndose de ella con otro gesto amable antes de marcharse en absoluto silencio.
Ella dejó su calzado en el escalón de la entrada e ingresó a la pequeña estancia. El interior estaba prácticamente vacío, emanando una paz austera. En una esquina, se encontraba enrollado un yoibul (colchón tradicional) de un blanco inmaculado. Una pequeña mesa baja y una lámpara de vela eran los únicos muebles del recinto. Las paredes, pintadas de un blanco puro, contrastaban con el piso de tablones de madera, cuya superficie estaba bellamente pulida y relucía bajo la tenue luz.
Seo Yun se sentó en el suelo, observando en silencio el austero espacio que la rodeaba. Poco tiempo después, un suave golpecito en la madera anunció una visita. Se levantó y abrió las pequeñas puertas correderas que resguardaban la estancia.
Al asomarse, se encontró con una muchacha apenas un poco mayor que ella. Vestía también un seungbok gris y cubría su cabeza con un gorro tejido del mismo color.
—Nuestro Jongjeong me ha enviado para que te haga compañía —dijo la joven, mientras le dedicaba una reverencia respetuosa.
—Yo soy Kim Seo Yun —contestó ella amablemente, devolviendo el saludo.
—¿Puedo pasar? —preguntó la recién llegada.
—¡Claro! —exclamó Seo Yun, haciéndose a un lado para permitir que su acompañante entrara en la habitación.
—Soy Jang Na Ri, la más joven de este lugar. Mi misión es ayudarte a que te adaptes pronto a la vida en el monasterio —se presentó la muchacha con una sonrisa.
Ambas se sentaron en el suelo, compartiendo un entusiasmo contagioso.
—Me agrada mucho tener a alguien como tú a mi lado —confesó Seo Yun, sintiéndose un poco más animada.
—Ya casi es hora de la comida. Debemos ser puntuales, porque si llegamos tarde, las reglas dictan que no podremos comer —le advirtió Na Ri con tono cómplice.
Ambas se calzaron rápidamente al salir de la habitación y caminaron hasta llegar a un gran salón. El recinto estaba dispuesto con mesas largas y bajas, y el suelo estaba cubierto por tapetes de bambú tejido. Se sentaron juntas y, tras esperar a que el Gran Maestro Jongjeong bendijera los alimentos y agradeciera por ellos, comenzaron a almorzar en un silencio respetuoso.
El silencio se mantuvo absoluto hasta el último momento. Al finalizar, cada monje realizaba una reverencia de agradecimiento. Seo Yun y Na Ri hicieron lo mismo tras terminar su sencillo almuerzo de vegetales silvestres y hortalizas de la pequeña huerta del templo.
—Hoy tendrás el día libre por ser recién llegada, pero a partir de mañana comenzarás con tus labores —le explicó Na Ri mientras salían del comedor.
—Aún no sé bien qué es lo que debo hacer —comentó Seo Yun con curiosidad.
—¡Para eso estoy aquí! —la alentó su amiga con una sonrisa brillante.
—¡Seremos grandes amigas! —exclamó Seo Yun, sintiendo una empatía profunda hacia ella.
Na Ri la guió por cada rincón del monasterio para que Seo Yun conociera las distintas áreas: la biblioteca de sutras, los pabellones de meditación y los jardines de piedra.
—Entonces... ¿estás aquí porque eres la portadora de la estrella de Yong Wang? —cuestionó Na Ri con una naturalidad asombrosa.
—¡Mmm! —contestó Seo Yun, asintiendo con la cabeza, sorprendida de que alguien hablara de su destino con tanta sencillez.
—¡Entonces, eres una gran guerrera! —exclamó Na Ri de forma efusiva.
—¿Cómo es que sabes tanto de eso? —preguntó Seo Yun, intrigada.
—Cuando era pequeña, recuerdo que todo el reino aguardaba la gracia del gran Dragón que nos protege. Pero, en realidad, nadie supo quién había sido el Elegido; y mucho menos imaginaban que se trataba de una niña —respondió Na Ri, dedicándole una sonrisa llena de empatía.
Caminaron hacia una banca de madera rústica y allí se sentaron a contemplar el paisaje.
—A veces quisiera ser como los demás —confesó Seo Yun en voz baja—. Me agobia ser yo quien deba cargar con el peso de la estrella.
—¿Por qué te sientes de esa manera, Seo Yun? Es una bendición sagrada.
—Si fuera una niña normal, no tendría que estar aquí y no habría tenido que separarme de aquellos a quienes más aprecio —respondió ella, mientras su semblante se ensombrecía por la nostalgia.
—Solo será una temporada —la alentó Na Ri, dándole un suave apretón en el hombro—. Luego, regresarás con tu familia y todo habrá valido la pena.
—Lo sé, aunque tengo el presentimiento de que todo será distinto cuando regrese —contestó Seo Yun con una nota de duda en su voz.
—Sí, pero las personas se alegrarán mucho de verte, estoy segura.
—Y tú, Na Ri... ¿por qué estás aquí? —preguntó Seo Yun con cautela.
Al escuchar la pregunta, Na Ri bajó la mirada; de pronto, aquel estado de ánimo alegre y constante pareció desvanecerse de su rostro. Seo Yun la observó, arrepintiéndose de haber preguntado.
—No es necesario que me respondas si no quieres —añadió rápidamente.
Na Ri permaneció en silencio, perdida en sus pensamientos por un largo momento. Finalmente, inspiró profundamente y volteó a ver a su acompañante con una expresión serena pero triste.
—Hace poco más de un año, mi padre quiso casarme con el hijo mayor de una familia noble, de un rango similar al nuestro. Mi prometido no me agradaba; era un hombre que solía frecuentar casas de cortesanas para pasar el tiempo. Cuando la ceremonia de la boda estaba por iniciar, no pude soportarlo más... y salí corriendo del lugar.