CAPITULO VI: (인연) Destino o coincidencia?
En la imponente mansión de la familia Seo, el silencio que siguió a una incómoda merienda se rompió de forma abrupta. El retirado y poderoso empresario Seo Il Kyung, patriarca y cabeza absoluta del clan, mantenía una acalorada discusión familiar flanqueado por su hija mayor, Seo Ui Yong, el esposo de esta, Park Won Sang, y su único nieto, Seo Han Gyeol.
—¡¿Acaso crees que una corporación se construyó para hacer caridad?! —le gritaba Il Kyung a su nieto, con la voz pastosa por la furia.
—Abuelo, ¡no puedo validar la obtención de ganancias por medio de la explotación de los empleados! —le replicó Han Gyeol, manteniendo una postura sumisa por respeto a su linaje, pero sosteniendo sus palabras con una determinación inquebrantable en la mirada.
—¡Puse todas tus acciones de Dae San Electronics en custodia de tu tía porque eres un absoluto irresponsable! —le gritó el anciano, azotando la mesa de madera pulida con la palma de la mano, haciendo temblar la fina cristalería.
—Padre, por favor, no te preocupes demasiado. Terminará subiendo tu presión arterial —intervino Ui Yong, acomodándose las sedas de su ropa antes de dirigirle a su sobrino una mirada cargada de un frío desprecio—. No vale la pena que te alteres por esto.
—Este mocoso es idéntico a su padre; en lugar de velar por los intereses reales de la empresa, prefieres amparar a un puñado de empleados —sentenció el anciano.
Han Gyeol escuchaba los gritos destemplados de su abuelo sin pronunciar una sola palabra, manteniendo el control de su temperamento.
—¡Ya tienes veintiséis años, eres un adulto y ni siquiera piensas en casarte! —continuó Il Kyung, descargando su frustración—. ¡Tu tía te ha arreglado citas con las hijas de las familias más prestigiosas de la alta sociedad y las has rechazado una a una sin excepción!
—Abuelo, no puedo contraer matrimonio con alguien que no comparta mis verdaderos sentimientos —respondió el joven con serenidad.
—¡Maldito mocoso! ¡Retírate de mi vista ahora mismo! —le gritó Il Kyung, perdiendo el control por completo e intentando abalanzarse sobre él.
Han Gyeol le ofreció una pequeña pero respetuosa reverencia de despedida, dio media vuelta y salió hacia el pórtico de la gran mansión. Su tía lo siguió de inmediato hasta el umbral de la entrada, dispuesta a propinarle el último golpe psicológico del día.
—Hoy mi padre ha tenido una jornada pésima y tú solo has venido a empeorar las cosas con tu actitud —le recriminó Ui Yong con un tono cargado de molestia—. ¿Por qué insistes en no obedecer cada una de sus peticiones?
Han Gyeol la miró fijamente, manteniendo un silencio hermético que la descolocó por completo. Sin articular palabra, caminó hacia su automóvil que se encontraba aparcado en la entrada principal, subió al vehículo y emprendió el viaje de regreso, alejándose de la toxicidad de su entorno familiar.
Cuando tomó la carretera en dirección a Seúl, comenzó a caer una intensa lluvia que apenas permitía divisar el asfalto. Se sentía profundamente molesto y frustrado; apretaba el volante con fuerza en un intento desesperado por controlar sus emociones y mantener la compostura. A pesar de ostentar el cargo de director general en la gran compañía que había fundado su abuelo, carecía de la libertad para tomar las grandes decisiones corporativas, y todas las acciones heredadas a su nombre permanecían bajo la estricta custodia de su tía. La tormenta no menguaba, y el paisaje urbano se tornaba cada vez más gris, brumoso y oscuro. A los lados de la ruta, la visibilidad se reducía drásticamente, permitiendo únicamente apreciar las siluetas borrosas de la vegetación cercana.
De la nada, una silueta atravesó la carretera de forma intempestiva. Han Gyeol frenó de golpe el automóvil y las llantas se derraparon unos centímetros sobre el asfalto mojado antes de detenerse por completo. El susto le aceleró el pulso. Una mujer de complexión pequeña y delgada permanecía completamente estática frente al vehículo, iluminada por los potentes faros delanteros. Sin embargo, antes de que pudiera asimilar lo que sucedía, ella cayó desplomada sobre el suelo, perdiendo el conocimiento en un instante.
Él salió del automóvil por puro instinto, irrumpiendo a paso apresurado bajo la intensa lluvia torrencial. Ignorando el agua que le empapaba la ropa, se agachó junto a ella y la sacudió de los hombros con suavidad, intentando con desesperación hacerla reaccionar. Deslizó sus dedos sobre el cuello de la desconocida para tomar su pulso y notó, con un profundo alivio, que respiraba con normalidad. Desconcertado, miró hacia todos lados entre la densa bruma de la tormenta, buscando algún rastro de luz o a alguien que pudiera auxiliarlos, pero se hallaban completamente solos en la inmensidad del camino.
Él la levantó en brazos con delicadeza y la acomodó en el asiento del acompañante. Pensó por un instante qué hacer, debatiéndose entre la confusión y la urgencia; la miró extrañado por su inusual atuendo y emprendió el viaje nuevamente, adentrándose en el tráfico de Seúl. Tomó el teléfono y realizó una llamada, colocando el altavoz del automóvil en lo que esperaba a que respondieran del otro lado de la línea.
—Señora Park, ¿todavía se encuentra en casa?
—Sí, joven Seo. Estaba esperando a que regresara para terminar las labores del día —contestó la voz femenina al otro lado.
Él consultó el reloj digital del tablero.
—Llegaré en veinticinco minutos con un acompañante. Espéreme allá, por favor.
—¿Vendrá con alguien? —preguntó la señora Park, con un evidente tono de curiosidad en su voz.
—Debo llamar a Nam Sun. Llegaré pronto —concluyó Han Gyeol, cortando la comunicación de inmediato.
Luego, marcó un nuevo número en la pantalla táctil.
—Hyung, ¿hoy es tu día libre?
—Sí, estoy en casa. ¿Por qué preguntas? ¿Acaso invitarás unos tragos? —preguntó Nam Sun al otro lado de la línea.