CAPÍTULO III: 변하는 거짓말 (byeonhaneun geojismal) Mentiras Que Tranforman
Dong Goo regresaba del monasterio tras haberse despedido de Seo Yun. Cabalgaba a un paso tranquilo detrás de los guardias reales, con la mirada abatida y el peso de la soledad sobre los hombros. Al llegar a las puertas del palacio, los guardias se dirigieron a las caballerizas para entregar los corceles, pero él continuó su camino a pie, sumido en sus pensamientos.
Caminó hasta el ala oeste del palacio y entró en silencio al salón donde solían tomar sus clases de estrategia. Se ubicó en una esquina, buscando la sombra, y se sentó a un lado de sus compañeros. Sus amigos lo observaban con una mezcla de lástima y tristeza; era evidente para todos que la partida de Seo Yun había dejado un vacío insoportable en su pecho.
La clase siguió adelante, pero las palabras del maestro Lee parecían ecos lejanos para él. En un momento de la sesión, el anciano maestro se acercó a él y le tocó el hombro con suavidad, intentando consolarlo con ese gesto mudo mientras continuaba recitando su lección para el resto del grupo.
Cuando terminó la clase, Dong Goo parecía navegar a la deriva en sus propios pensamientos, totalmente ajeno a su entorno. Gu Hyo se acercó a él junto con el resto del grupo.
—Vamos —le dijo, dándole un golpecito amistoso en el hombro.
Dong Goo se incorporó de su cojín de forma casi sistemática, como si su cuerpo se moviera por inercia mientras su mente seguía en otra parte. Gu Hyo lo rodeó por el cuello con un brazo, bromeando de esa manera tosca y afectuosa que lo caracterizaba.
—¡Pronto regresará! —exclamó con optimismo—. Vayamos a comer seolleongtang —agregó, obligando prácticamente a su amigo a caminar para sacarlo de su letargo.
Más tarde, los estudiantes se encontraban en el patio principal del ala oeste. Todos estaban concentrados, ejecutando movimientos de artes marciales al unísono, cuando un guardia real se aproximó al instructor de manera discreta. Le susurró unas palabras al oído y se retiró con la misma rapidez. El maestro recorrió con la vista a toda la formación hasta que sus ojos se posaron en Dong Goo; caminó en silencio hacia él y se detuvo a su lado.
—Sal de la alineación y sígueme —le ordenó en voz baja.
Dong Goo caminó en silencio detrás de él, limitándose a obedecer sin cuestionar. Llegaron al portal de un recinto privado e ingresaron tras dejar el calzado en el exterior. En el interior, se encontraba el Consejero Real, Heo Do Kyung, bebiendo té con una parsimonia elegante y distinguida. El maestro realizó una profunda reverencia al entregar al muchacho y se marchó de inmediato, sin pronunciar palabra alguna.
—Toma asiento —le indicó el consejero con una expresión gélida.
Dong Goo hizo una pequeña reverencia y se acomodó en el cojín, al otro lado de la mesa baja. Era la primera vez que su tío lo invitaba a hacerle compañía en un entorno tan íntimo. Heo Do Kyung vertió el té en un pequeño pocillo de porcelana fina y se lo entregó a Dong Goo con movimientos precisos.
—Le he pedido a Su Majestad que el tiempo restante de tu entrenamiento lo realices en el cuartel real, bajo la tutela directa del General Kim —soltó el consejero con naturalidad.
Dong Goo alzó la mirada con rapidez, incapaz de ocultar su sorpresa ante las palabras de su tío.
—Pero... no quiero separarme de mis compañeros —reclamó en un arrebato de emoción, olvidando por un momento el protocolo.
—Me temo que no has comprendido tu posición, sobrino —sentenció Heo Do Kyung, dejando el pocillo de té sobre la mesa con un golpe seco.
—No... no la entiendo —susurró Dong Goo, bajando la vista.
—Tú no eres igual al resto de los muchachos de allá afuera. Eres el sobrino del Consejero Real; por tu linaje, estás por encima de todas esas familias de la nobleza.
—No me interesan los títulos que puedan tener las personas, sino cómo son en su interior —le explicó Dong Goo, con voz tímida pero desafiando frontalmente la visión de su tío.
El Consejero soltó una risotada cargada de burla, pero, en un parpadeo, su rostro recuperó una seriedad absoluta y cortante.
—Pronto lo entenderás; hay muchas cosas que aún no sabes —sentenció.
Dong Goo lo observó con curiosidad, haciendo un esfuerzo por no bajar la mirada, aunque no se atrevió a cuestionar su autoridad de forma abierta.
—Mañana por la tarde partiremos hacia la residencia de la concubina del rey anterior —anunció su tío.
—¿La concubina Heo Sung Ryung? —preguntó Dong Goo, sorprendido.
—Veo que conoces su nombre.
—Nos enseñaron la ascendencia real en una clase de política militar —explicó el joven.
—Lo que está registrado en los libros no es del todo veraz —repuso el Consejero con tono cínico—. A menudo se omiten hechos cruciales y se tergiversa la información a conveniencia de los que ostentan el poder.
Dong Goo permaneció pensativo mientras observaba su taza de té, aún casi llena.
—Ahora ve a presentarte con el General Kim. Él ya está enterado de tu incorporación —le ordenó su tío, cortando el silencio.
Dong Goo se levantó mecánicamente. Sus pensamientos volaban, llenos de confusión y presentimientos; le dedicó una última y respetuosa reverencia al Consejero Real y se marchó, consciente de que no le quedaba otra opción más que obedecer a su autoridad.
—Ahora comienza el verdadero juego —murmuró Heo Do Kyung para sus adentros, mientras observaba la silueta de su sobrino desvanecerse tras el umbral.
Dong Goo llegó al Jungbang, donde un guardia lo escoltó de inmediato a la oficina del General Kim In Soo.
—Pasa, Dong Goo —le dijo el General con una calidez genuina, muy distinta a la frialdad que acababa de dejar atrás.
—Me pongo a sus órdenes, General Kim —respondió el joven, realizando una reverencia cargada de respeto y sinceridad.