CAPITULO V: (광기) LA CORONA DEL DELIRIO
Durante todo el trayecto de regreso, Dong Goo se mantuvo distante, esforzándose por ignorarla y tratando sus intentos de conversación con una frialdad profesional que la hería profundamente. Al cruzar finalmente las imponentes puertas del palacio, Seo Yun no esperó al resto de la escolta; corrió apresurada hacia el Jungbang con el corazón desbocado.
Allí encontró a su padre.
—¡Abeoji! ¡He regresado! —exclamó con el rostro iluminado, lanzándose hacia él.
—¡Mi Seo Yun! —el General Kim la recibió con los brazos abiertos, levantándola y haciéndola girar en el aire, olvidando por un momento su rango y decoro ante la profunda emoción del reencuentro.
—Debes presentarte ante Su Majestad —le dijo el General tras recuperar la compostura, aunque sus ojos seguían brillando de orgullo—. No lo hagas esperar; él mismo envió por ti.
Ambos se dirigieron al salón del trono, donde el Rey Joo Wol los aguardaba flanqueado por el Consejero Real, cuya mirada gélida no se apartaba de la joven.
—Su Majestad, estoy de regreso para ponerme bajo su voluntad —declaró Seo Yun, hincando una rodilla en el suelo en una reverencia perfecta.
—Veo que has completado tu misión en el monasterio —dijo el Rey, observándola con una mezcla de alivio y curiosidad—, pero no veo la Espada del Dragón por ningún lado. ¿Dónde está el arma de la leyenda?
Ella terminó de postrarse, apoyando el dorso de sus manos sobre el suelo en una reverencia solemne. En ese instante, una luz intensa bañó el salón y se hizo visible la espada: un arma de color azul zafiro resplandeciente, custodiada por un dragón de plata que parecía cobrar vida bajo el brillo de las antorchas.
—He aquí, Su Majestad, la espada del gran Yong Wang —anunció ella con voz firme.
Do Kyung sintió un impulso casi incontrolable de correr hacia ella y arrebatársela; su mirada estaba hipnotizada, cargada de una codicia ardiente que apenas lograba disimular bajo su máscara de funcionario leal.
El Rey Joo Wol descendió por las escaleras del trono y caminó hasta quedar frente a Seo Yun.
—Levántate, Kim Seo Yun —ordenó el monarca con una amabilidad teñida de asombro.
Ella se incorporó con movimientos delicados y precisos, sosteniendo el arma con ambas manos como una ofrenda sagrada. El Rey extendió sus manos para tomarla, pero en cuanto sus dedos rozaron el frío metal, la espada se desvaneció tras un resplandor azul zafiro, dejando solo el aire vacío entre ellos.
—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué desapareció? —preguntó el Rey Joo Wol, retrocediendo un paso con los ojos desorbitados por la sorpresa.
—Lo lamento profundamente, Su Majestad —respondió ella, inclinándose en una reverencia de disculpa—. La voluntad del Gran Dragón dicta que solo la elegida puede sostener su esencia física.
El Rey soltó una risa nerviosa, intentando disimular la humillación de haber fallado ante la corte.
—Entiendo... Sé que serás una súbdita leal y una pieza clave para el futuro del reino —afirmó, recuperando su tono autoritario—. Con este poder de nuestro lado, finalmente podremos expandir nuestras fronteras y conquistar nuevos territorios.
El General Kim se asombró ante las palabras codiciosas del monarca; el propósito de la Guardiana siempre había sido la protección, no la conquista.
—Pero, Su Majestad... —intentó intervenir Seo Yun, sintiendo una nota discordante en el aire.
In Soo la interrumpió de inmediato, dándole un leve apretón en el brazo.
—Seguiremos su voluntad, Majestad —dijo el General apresuradamente, realizando una reverencia profunda para silenciar a su hija.
El Rey los observó con una seriedad que helaba la sangre, escrutándolos en silencio. De pronto, soltó una inesperada carcajada que resonó en las paredes de piedra del salón.
—Lo sé, mi querido General —concluyó el monarca, aunque su mirada ya no era la misma—. Lo sé perfectamente.
El Rey caminó de regreso hacia el trono y se sentó con una rigidez que delataba su frustración.
—Pueden retirarse. Ahora tengo asuntos urgentes que tratar con el Consejero Real.
Ambos realizaron una respetuosa reverencia y se marcharon en silencio. Sin embargo, en cuanto caminaban por la explanada del palacio, protegidos por la amplitud del espacio abierto, Seo Yun no pudo contenerse más.
—Abeoji... la Espada del Dragón no puede ser utilizada para conquistar otras naciones. Eso es pura codicia. ¿Viste la expresión de Su Majestad cuando intentó tomarla? No fue devoción, fue hambre de poder.
—¡Shhh! —la interrumpió In Soo, bajando la voz y mirando con cautela a su alrededor—. ¿Acaso quieres que nos manden a ejecutar por traición antes de que termine el día?
—La Espada del Dragón es un obsequio divino —continuó ella con amargura, ignorando la advertencia de su padre—. Pero he comprendido que también puede despertar los deseos más oscuros en los hombres.
Seo Yun bajó la mirada, resignada al entender que el Rey no había superado la prueba de pureza que el arma exigía.
—Lo sé —admitió In Soo con pesadumbre—. Su Majestad ha estado actuando de forma extraña últimamente, pero no podemos permitirnos desafiarlo.
Seo Yun caminó en silencio, con el peso de la decepción hundiéndole los hombros.
—¡Vayamos a casa! La señora Park ha preparado tu platillo favorito para celebrar tu regreso —la animó su padre, intentando disipar la amargura del momento.
Al imaginar el sabor de la comida casera, el semblante de Seo Yun se iluminó por primera vez en el día y apresuró el paso. Tras llegar y fundirse en un cálido abrazo con su niñera, disfrutaron de una cena tranquila mientras ella les relataba, entre risas y nostalgia, sus experiencias en el monasterio.
Sin embargo, esa misma noche, la oscuridad volvía a tejer sus redes. Do Kyung se reunió en secreto con su hermana, Sung Ryung.