Bebo de mi café americano una vez más antes de proseguir a mover la pierna que tengo elevada, esperando la indicación de recepción para nuestro vuelo al centro de Virginia, para después de ahí seguir a viajar en autobús por unas cuantas horas para poder llegar al pequeño pueblo de Leesburg. Tan pequeño que nunca había escuchado de el en clase de geografía. No sabía que existía, debe ser peculiar o demasiado común como para mencionar.
Repito de nuevo la canción «Bloodfeather de Highly Suspect» tarareando la letra con total calma. A decir verdad, los vuelos me resultan un viaje en bus debido a mis padres y su constante movimiento viajero. Pero, nunca les había tocado una oportunidad de verdad para ser todos unos especialistas en ingeniería forestal como ahora. Un traslado a unos días de iniciar clases. Toda una verdadera oportunidad, deshaciendo la monotonía y llevándonos a todos a una nueva aventura a cientos de kilómetros de lo habitual. Aunque claro, no tenía opción. Ser hija única tiene muchas ventajas, pero con ello, otras muchas desventajas. Podría mencionar el hecho de la sobreprotección y la idea de que tengo 5 años por siempre.
—Te traje un libro de mándalas. Espero no te aburras demasiado—la presencia de mi papá me sobresalta. Volteo para verlo sentarse al lado de mi asiento, tendiéndome un libro delgado y una caja pequeña de crayolas por encima.
A esto me refería. Es un gran detalle sabiendo que me encanta dibujar, pero no puedo dejar de pensar en que se puede tratar con doble sentido que sólo amabilidad.
Le sonrío agradecida, dejando el café y los audífonos a un lado para agarrar el regalo de mi papá con fuerza, asegurándome en que no se me resbale de las manos.
—¿Detalle o regalo? —le pregunto justo cuando empiezo a hojear el libro, apreciando su buen material.
—¿No es lo mismo?
Cierro el libro de golpe, viéndolo serio y mostrándole una sonrisa irónica. Sabe a lo que me refiero.