Vincent bajó del autobús con el estómago hecho un nudo. El calor de verano apretaba contra su camisa de vestir Azul marino y su pantalón negro, y cada paso hacia la cafetería le parecía más pesado que el anterior.
Era como un juego de laberinto llegar al lugar, si no es porque le enviaron la indicación por correo, tenía por seguro que nunca hubiese llegado.
La cafetería se escondía en una esquina olvidada del viejo distrito de Barrio Antigüo, como un secreto que únicamente unos pocos conocían. Era un lugar ligeramente grande, de paredes altas de color rojo burdeo, con grandes ventanales en maderas oscuras a cada lado de la puerta doble, daba la sensación de que olían a tiempo detenido.
Frente a las puertas de madera, finamente talladas con patrones complejos de rosas, espinas y personas, Vincent se detuvo un segundo a respirar hondo. No sirvió de mucho, solamente termino estornudando. La calle donde se ubicaba la cafetería estaba casi vacía, los negocios en esa zona eran todos de antros, bares y cafeterías, era normal que la mayoría estuvieran cerrados a esa hora, pero él tenía la sensación de que cientos de ojos los observaban.
Apenas rozo la puerta del lugar cuando esta se abrió. Allí adentro olía a café recién hecho y vainilla. Al fondo, detrás del mostrador, Noah, quien le saludo con la mirada.
Una lámpara de cristal, vieja, pero majestuosa, colgaba del techo como el recuerdo de épocas más opulentas.
Dentro, todo parecía susurrar en lugar de hablar. Las mesas eran pocas, redondas, de madera acompañadas de esas sillas que son más bien sillones individuales. El suelo, de baldosas ajedrezadas, pulido a fuerza de pasos silenciosos, dejando brillar parches gastados donde se adivinaban viejas rutinas, las paredes de color azul marino adornadas por pinturas en marcos dorados.
Detrás del mostrador, frascos de vidrio alineados con algún tipo de hierba o especias, en la vitrina: bizcochos, galletas y pastelitos, con una perfección casi demasiado cuidada, como si nadie los hubiese tocado en días... o tal vez clientes escogidos. El aroma a café, ahora era denso, amargo y dulce al mismo tiempo, impregnando cada rincón como una caricia vieja.
La música era apenas un murmullo —un susurro de violines lejanos— la luz entraba por las grandes ventanas en hilos dorados y pálidos, recortando figuras que parecían evaporarse si uno parpadeaba demasiado rápido. Cada cliente parecía parte del mobiliario, leyendo, escribiendo, esperando... ¿A qué? Nadie preguntaba. Aquí, las conversaciones se tejían a media voz o se disolvían antes de llegar a existir.
Era un refugio perfecto para quienes no querían ser encontrados. O para quienes, en el fondo, aún esperaban serlo.
—¿Vincent?
Le llamo un suave grito de mujer, la joven quien se encontraba dejando un pedido a uno de los escasos clientes. Sus manos tocaban las tazas y los platos con una delicadeza extraña, casi reverente, como si cada objeto llevara un pequeño hechizo secreto. Su delantal, atado descuidadamente sobre el vestido oscuro, parecía más un adorno ritual que parte del uniforme. El cabello castaño rojizo, suelto y rebelde, caía en ondas desordenadas.
Su piel era un mapa de constelaciones olvidadas, manchas de un blanco suave que rompían la monotonía de lo ordinario. Cada cambio de tono, era como una pincelada descuidada de un artista que, en su torpeza, había creado algo que no terminaba de entender, como dos colores que no se quieren mezclar. No parecía esconderse, caminaba como quien no tiene tiempo para explicarle al mundo su propia belleza. Y eso, creía Vincent, era lo que lo cautivaba, y a la vez envidiaba.
La joven dejó su bandeja en una de las mesas vacías y comenzó a caminar hacia Vincent.
—¿Vincent?, ¿cierto? —preguntó de nuevo, sus ojos, más abiertos, más atentos, de un color verdusco, parecían estudiarlo con curiosidad.
—Vincent Dawson, mucho gusto. —saludó, bajando la mirada para ver directamente a la cara de la pequeña joven, y extendió la mano para saludar.
La chica dirigió la mirada a la mano de Vincent, la observo por lo que pareció un largo tiempo, el ruido de porcelana chocando con algo hizo que sus ojos regresaran a la cara de Vincent, su mirada ahora tenía tintes de tristeza.
—¡Eva! ya déjalo y guíalo, Minerva está esperando —gritó Noah.
La joven hizo un ademán como si le aventara algo, no había nada.
—Sígueme, pequeño. —indico la joven, comenzó a caminar hacia el mostrador, al lado de este había una puerta que se camuflaba con la pared azul del lugar si no fuese por el pequeñísimo letrero que indicaba: «Sólo personal autorizado».
Cuando abrió la puerta lo primero que vio fue una pared, la chica ingreso y giro a la derecha, cuando Vincent hizo lo mismo se percató que la pared era únicamente para bloquear la visión al abrir la puerta. Atrás de esta un estudio.
El lugar era un refugio sumido en sombras acogedoras, un rincón donde el tiempo parecía deslizarse más lento. Las paredes, cubiertas de estanterías de madera oscura hasta donde alcanzaba la vista, sostenían hileras de libros encuadernados en cuero, sus lomos gastados por manos pacientes. Entre ellos, asomaban relojes de bolsillo olvidados, pequeños globos terráqueos y retratos en sepia de rostros que ya nadie reconocería, frascos de vidrio con plantas dentro.
Un escritorio de roble macizo dominaba el centro de la sala, su superficie pulida brillando bajo la tenue luz ámbar de una lámpara de pantalla de tela. El mobiliario era sobrio, pero majestuoso. Un par de butacas de terciopelo burdeos, gastadas en las esquinas, y un sofá bajo de cuero envejecido, cuyos cojines invitaban al abandono. Una mesita de centro, tan ornamentada como un relicario, sostenía una bandeja de cristal con un par de copas olvidadas y un pequeño reloj de arena. El aire olía a papel viejo, a tabaco frío y a un leve perfume de hierbas, persistente y reconfortante.
Era un espacio para pensar y para desaparecer. Un santuario donde los susurros del pasado parecían esconderse entre las grietas de la madera, y donde cada objeto, cada sombra, parecía guardar celosamente sus propios secretos.