La música que sonaba a lo lejos en la calle —donde se ubicaba el Café Sanglante— parecía burlarse de Ruthven, como si el día se hubiese alineado para ponerle música de fondo en un día gris, aunque daba gracias por eso último, lo otro arruinaba su humor, más de lo que ya estaba.
Ruthven había estado frecuentando el Sanglante toda la semana, únicamente para ver a Vincent, el chico parecía intrigado e incómodo, más incómodo en realidad. Ruthven estaba totalmente agotado de tener que salir durante la mañana. Si bien, la luz del día no lo mataría, sí que hacía estragos en su cuerpo maldito.
En su cuarto día salió de la cafetería caminando despacio, como quien abandona un campo de batalla... derrotado por su propia torpeza.
Intentó decirle a Vincent que le gustaba su sonrisa. Terminó pidiendo «El café que tenga menos sonrisas, gracias». Un desastre diplomático digno de ser enterrado en el Cementerio Pere-Lachaise de París.
Hagen había salido como quien quebró los platos y no quiere ser descubierto, se encontraba afuera, apoyado contra un poste, masticando chicle con una paciencia infinita.
—¿Qué tal? —preguntó, arqueando una ceja.
Ruthven soltó un suspiro tan largo que casi desplazó el aire de la ciudad.
—Humillante... —gruñó, hundiendo las manos en los bolsillos.
Hagen sonrió, de ese modo despreocupado que usaba cuando estaba a punto de apuñalar el ego de alguien «por su propio bien».
—Nah, no fue tan malo. ¿He visto suicidios sociales más elegantes? Sí, pero lo tuyo, tuvo cierto... encanto agónico —soltó, dándole una palmada en la espalda.
Ruthven cerró los ojos, resignado.
Había hecho este ritual de conquista tantas veces, no entendía por qué con cada reencuentro le era más difícil, y en cada vida, en cada primer reencuentro parecían siempre tan distantes, cada vez más desconocidos, más desgastados los hilos de su destino.
Hagen se puso serio, o al menos tan serio como podía ponerse él. Le dio un golpecito en el pecho, justo donde latiría el corazón, si todavía funcionara.
—Escucha, genio trágico. Que Vincent vea que eres un desastre es bueno, sí, te hace real. Y créeme, los humanos tienen radar para lo real. No para los espectros perfectos que susurran poesía y desaparecen. Le hablaste... y el mundo no explotó. Empieza a creer en ti, Drácula Jr.
Ruthven lo observo, un poco sorprendido por la «elocuencia» camuflada en sus palabras.
—¿Y si sigo arruinándolo? —preguntó, medio en broma, medio en serio.
Hagen sonrió, esta vez de verdad.
—Entonces serás el arruinador más encantador que ha pisado este miserable continente —Hizo una pausa teatral—. Y el chico se va a enamorar de ti igual. O te va a echar del local a escobazos. Cualquiera de las dos es progreso.
Ruthven rio, breve, áspero, pero sincero. Hagen se encogió de hombros.
—Vamos, Don tragedia ambulante. Te invito un whisky. Mira el lado positivo: si lo arruinas, siempre puedes mudarte... Otra vez.
...
La mañana siguiente llego, como suelen llegar las mañanas para muchos: innecesarias, cansadas y con ganas de que no lleguen.
Noah hizo su entrada tarde, como había estado haciendo toda la semana, el clima extremadamente caluroso lo atontaba y lo alentaba a dormir más tiempo. Con el cabello alborotado por culpa del viento y semi pegado a la frente por el sudor, una mancha de algo en la manga, que no recordaba haber causado. Entró al Sanglante con la soltura de quien nunca se ha tomado nada demasiado en serio.
Era agradable que estuvieran en temporada vacacional. No era que el Sanglante se llenara de clientes todos los días, era inusualmente tranquilo en vacaciones e inusualmente quieto por las mañanas y días soleados, pero Noah tenía la sensación que algo en esos días tranquilos estaba por terminar.
Era jueves y el lugar estaba casi desértico a excepción de una de las mesas del centro del lugar. De traje negro, ojos color Whisky y una expresión de fastidio eterno. Parecía sacado de una película francesa que Noah no entendería, pero fingiría amar. El tipo no miraba a nadie. Solo bebía café como si odiara tener que seguir vivo.
Y Noah, por supuesto, sintió el impacto directo en el pecho.
—No puede ser —susurró, medio riendo, medio herido de amor imaginario—. ¿Quién deja su aura de funeral encendida en medio del local?
Noah se acercó al mostrador arrastrando los pies, como quien intenta patinar sobre un piso resbaloso, se recargó sobre ésta al lado de la caja registradora, observo la tabla de menú, se acarició la barbilla como si estuviera analizando que pedir. Vincent estaba limpiando en el otro extremo. Cuando sus miradas se encontraron, Noah, sin pensarlo, habló.
—Bonita sombra existencial te cargas encima. ¿Andas con ganas de intimidar a los rayos del sol?
El hombre, que hasta el momento no había movido la vista, giró lentamente la cabeza. Ni sorpresa, ni molestia, sólo un tedio profundo, elegante, que lo envolvía como un perfume caro.
—¿Tienes una razón real para estar haciendo tu entrada a esta hora, o sólo practicas el arte del molestar profesional? —cuestionó Vincent regresando su mirada a los cubiertos.
Noah sonrió.
—Ambas. Pero sobre todo vine a conocerte. Creo que eres el chico que aparece en mi playlist de jazz triste.
Silencio.
Un suspiro.
—Por un demonio... —dijo finalmente el desconocido, y aunque lo dijo como quien reza por paciencia disimulaba, como si se lo estuviera diciendo a su taza de café.
La puerta del estudio de Minerva se abrió con el chirrido de un reloj ya cansado de marcar ausencias. Y, como si el silencio hubiese estado esperando, todos los ojos en la cafetería giraron hacia ella. Minerva salió acompañada de Eva.
Detrás del mostrador, Noah, que había saltado como personaje de caricatura, tomo el trapo que usaba para limpiar y cruzó los brazos.