—¡Un Moka bien frio! —dijo Noah mientras dejaba el vaso de vidrio frente a Vincent.
—Yo no pedí nada, y si lo hiciera, no sería con un tercio de chocolate derretido, ¿qué te pasa? —se quejó Vincent, alejando el vaso en señal de rechazo.
—Shhh tu finge que sí, Eva nos está viendo, después te regreso el dinero, me habían pedido un café con pico, pero yo tenía antojo de esto y, entre lo que pienso y lo que hago, me ganan las ganas.
—Si te soy sincero... no sé por qué no te han despedido.
Noah se encogió de hombros, puso su charola bajo su brazo, tomó el moka y comenzó a saborearlo.
Después de que Minerva le informara que el dueño quería entrevistarlo, Vincent paso un buen rato congelado en la sombría habitación hasta que la joven mesera de nombre Eva entro y le indico que tardaría un poco en llegar, que lo mejor sería que tomara asiento en las mesas del local.
Como le indicaron, salió de la habitación y se dirigió a la mesa que estaba situada al fondo en la esquina, con las paredes rodeándolo y pudiendo ver todo el lugar, tenía una ligera sensación de seguridad. Podía ver a los escasos clientes que entraban y se dirigían al mostrador, a Noah interactuando con ellos y preparando el pedido, a Eva llevando ordenes a las mesas y limpiándolas.
La luz del día comenzaba a decaer, el ánimo de Vincent en un principio también, si no fuese por los mensajes de su grupo de proyecto, los cuales les ayudaron a mantener la conciencia de las horas que pasan, tenía la sensación de que sin eso podría haber estado allí hasta que el lugar cerrara, el ambiente emanaba esa sensación , de que el tiempo se perdía entre aromas dulces y amargos, las suaves conversaciones y los acolchados sillones.
Un fuerte ruido de platos cayendo llamo su atención, las puertas se abrieron dando un sentimiento de alerta.
Lo vio cruzar las mesas como si no supiera que lo estaban observando: alto, vestido con traje sastre azabache, como si el color fuera parte de su sangre. Tan alto como un pilar, su porte era impecable, casi antinatural. El abrigo largo caía con elegancia sobre su cuerpo, y el cabello negro, peinado con esmero hacia atrás , dejaba aun ver algunas ondas de cabello rebeldes, amplias y suaves, parecían haberse formado al azar, como si el viento le hubiera despeinado un poco; era un equilibrio perfecto entre el orden y el caos, una especie de libertad domada que le daba un aire despreocupado.
Tenía la piel pálida, de una blancura delicada y casi enfermiza, como si el sol lo hubiera olvidado siglos atrás, una fina cicatriz en el cuello rompía esa perfección, apenas visible, pero imposible de ignorar una vez notada. A su alrededor, el aire cambiaba, las personas hablaban más bajo, como si no quisieran molestar algo que dormía dentro de él, no era sólo que impusiera respeto, inspiraba temor, y una extraña tristeza, como si fuera el último fragmento de una historia que nadie recordaba haber leído.
Sus ojos de un celeste tan pálido, un tono tan desprovisto de vida, no miraban, atravesaban como si buscaran algo más allá de la carne y el presente. Su rostro era simétrico, afilado, con labios delgados que curvaban una expresión tan suave y amarga que dolía verla.
El hombre parecía flotar más que caminar, un murmullo lejano «Ruthven», un sonido familiar a la vez que extraño, como una palabra siempre dicha y ahora difícil de pronunciar, de recordar.
Vincent se acomodó en el sillón con rigidez, sintiendo el peso del silencio que llenaba ahora el lugar. El hombre tomó asiento frente a él, Eva se acercó casi como un soplido y dejo frente al él una taza de café casi burbujeando y una hoja, eran los datos de Vincent.
Él veía su currículum como si estuviera leyendo un idioma extinto mientras sostenía con fuerza la taza, la maldita cosa debería estarle quemando la piel, pero el hombre no parecía darse cuenta o simplemente le era indiferente, extraño, en cambio veía la hoja como si no tuviera ninguna prisa humana.
—Ruthven Diodati. —se presentó al fin, extendiendo la mano que antes tocaba la taza de café.
— Vincent Dawson, un gusto conocerlo, señor... Diodati.
La sensación de su mano era extraña, no se sentía igual que alguien que estuvo mucho rato tocando una superficie caliente, era como si un frio durmiera bajo esa sensación, luchando por salir y estuviese mantenida a raya a la fuerza.
—¿Tienes experiencia en existir? —preguntó el hombre, sin levantar la vista.
Vincent parpadeó, dudando si había escuchado bien.
—¿En.... cafeterías? Sí, algo similar se podría decir—corrigió rápido, incómodo.
Ruthven asintió lentamente, como si estuviera memorizando cada palabra, luego dejó caer el currículum sobre la mesa con un suspiro que sonó casi teatral.
—Vincent, ¿verdad? —confirmo, su voz baja, grave, carente de emoción, o al menos eso trataba.
—Sí, señor —respondió procurando sonar seguro, aunque sus manos comenzaban a sudar.
Sus ojos, de un color tan claro que parecían casi translúcidos, se posaron en él con una intensidad incómoda.
—¿Tienes experiencia trabajando bajo presión?
Vincent tragó saliva, tanteando las palabras correctas.
—He trabajado en tiendas de conveniencia, restaurantes... manejando horarios complicados, clientes difíciles...
Ruthven asintió, aunque el gesto parecía más aprendido que natural.
—No espero perfección, sólo... eficacia. —Se inclinó hacia adelante, sus dedos cruzados sobre la mesa—. Aquí la lealtad es más importante que el talento. ¿Entiendes?
—Sí, señor.
—Ruthven, llámame Ruthven —pidió, casi como una súplica escondida en carrasperas.
—Si, señ...se...Ruthven.
Por un momento, Ruthven lo observó como quien evalúa un objeto en venta, sopesando su valor en silencio. Finalmente, se puso de pie con movimientos torpes, derribando sin querer la taza con café, el líquido se derramo por el suelo y la taza rodó a la siguiente mesa, el hombre ni siquiera se inmutó.