La cafetería olía a café quemado, vainilla, y sueños rotos. Ruthven, sentado al fondo del lugar, fingía leer el menú, por quinta vez. Vincent, del otro lado del mostrador, atendía la caja y limpiaba tazas con la concentración desesperada de quien quiere ignorar su propia existencia.
Y en medio de todo el asunto, apoyado despreocupadamente al lado de Ruthven, estaba Hagen, saboreando la incomodidad como un sommelier de tragedias.
—¿Sabes, Ruth? —dijo Hagen, sin molestarse en bajar la voz—. Si miras ese menú un minuto más, el expreso va a salir a pedirte matrimonio.
Ruthven fingió no escucharlo. Sus dedos tamborileaban contra el borde de la mesa, nervioso, fuera de personaje.
Hagen rodó los ojos.
—Este espectáculo de «chico tímido en su hábitat natural» empieza a darme pena —añadió, arrancándole el menú de las manos—. Vamos, mueve esos colmillos de porcelana.
Vincent levantó la vista un instante y la dirigió al fondo del lugar, una chispa de curiosidad, casi invisible.
Ruthven, claro, se quedó petrificado, como si le hubieran preguntado su edad real en una entrevista en vivo.
Eva intento acercarse de nuevo para tomar su pedido, la chica se veía incomoda, pero era su trabajo, Hagen la miro y negó con la cabeza.
—Oh, mira, otro siglo desperdiciado en contemplación. Brillante estrategia, Casanova. —Exclamo Hagen, plantando los codos en la mesa como si estuviera por declarar la guerra, dejó caer la cabeza en las manos, esa postura universal del «no puedo más con esta porquería». Empezó a observar al personal del lugar con detenimiento.
No había pedido nada más que un café negro, sólo un pretexto para quedarse, como quien pide veneno para pasar el rato, y se acomodó para su deporte favorito: juzgar al mundo desde su rincón de miseria.
Desde ahí, medio escondido, se puso a husmear a los empleados.
El chico de la caja tenía la energía emocional de una piedra mojada. Sonreía de manera tan forzada que Hagen casi sentía pena ajena... casi. Cada cliente que atendía parecía arrancarle un pedazo del alma, y él, simplemente lo dejaba ir, como quien pierde monedas entre los cojines del sofá. Hagen apostaba su miserable café a que ese tipo tenía un espejo en su habitación donde practicaba sonreír sin parecer un psicópata, y el espejo terminaba su jornada con mucha incomodidad.
Detrás de él, un muchacho de cabellos rubios, preparaba cafés como si estuviera en guerra contra las tazas. Derramaba leche, quemaba expresos, y entre un desastre y otro, lanzaba miradas al techo, probablemente pidiendo a Diosito que lo despidieran de una vez.
Michael, apoyado en el marco detrás del mostrador, que llevaba al área de cocina, observaba con una ceja alzada cómo el chico rubio destrozaba, por tercera vez, un inocente capuchino. El vapor de la máquina silbaba como una advertencia divina, pero aquel inepto parecía sordo a toda súplica estética. La leche mal espumada, el café aguado. Una tragedia caliente servida en taza.
Eva, mientras tanto, flotaba por el salón como hada del bosque decente, llevando los pedidos sonriendo con una mueca que los estafadores reservan para los turistas ingenuos.
La cafetería era un pequeño teatro, y él, por esta tarde, había comprado su entrada al mejor asiento. Los clientes entraban y salían con demora, había pocos clientes en las mesas y nadie reparaba en él. Nadie sospechaba que los estaba diseccionando con la mirada, uno por uno, guardándose sus secretos en los bolsillos rotos de su aburrido ser.
Y así siguió, viendo pasar la vida ajena, sentado al lado de la penumbra, sintiéndose menos solo, al menos, por un rato, por cuarenta y cinco minutos para ser exactos.
—Si esperas a que el universo alinee las estrellas para ti, te aviso: ya están en huelga. —murmuró Hagen.
Suspiró teatralmente, se levantó de su asiento y se acercó al mostrador, Ruthven lo observó hacer todo el trayecto hasta la caja.
—Perdona, chico bonito —dijo Hagen a Vincent, sonriendo con una amabilidad que bordeaba la burla—. Mi amigo aquí es nuevo en esto de... pedir cosas. ¿Podrías prepararle un café? El que creas que combina mejor con alguien que no ha superado el siglo diecinueve.
Vincent soltó una risa breve, casi un estornudo de sorpresa, casi algo real.
Ruthven, molesto hasta la raíz de su existencia inmortal, murmuró:
—Cargado...
—Un café cargado —repitió Hagen para que Vincent lo escuchara.
El joven asintió, todavía sonriendo de manera pequeña, falsa. Hagen le guiñó un ojo a Ruthven al caminar de regreso a su sitio.
—Primer contacto exitoso. A este paso, en unos doscientos años más, podrías invitarlo a salir —dijo, lo bastante bajo como para que sólo Ruthven lo oyera.
Y mientras Ruthven lo miraba con odio silencioso, Hagen se limitó a sentarse y encogerse de hombros, satisfecho. Porque a veces, ayudar era tan simple como empujar con una sonrisa torcida y no mirar atrás.
...
Eva y Vincent discutían sobre por qué aun no estaba el pedido del señor Diodati, mientras tanto, Noah fregaba el área de preparación de bebidas con una concentración casi como una experiencia religiosa, como si del brillo de la superficie dependiera el equilibrio del universo. Llevaba rato ahí, trazando círculos lentos con el trapo húmedo, aunque ya había limpiado ese mismo punto al menos cuatro veces.
—Vas a desgastar la barra —interrumpió Vincent.
Noah, ajeno al drama silencioso que ocurría a sus espaldas, suspiró. El trapo chorreaba un poco. La barra ya brillaba como un espejo, pero él seguía ahí, atrapado en una limpieza sin propósito.
—Noah... ¿Qué tienes? Pareces el tráiler de un drama turco ¿Dormiste en una zanja o qué?
—Dormir —repitió Noah casi como un suspiro—. Eso es para quienes no han sido humillados por la belleza celestial.
—¿Otra vez con el tipo ese? ¿Qué hizo ahora? ¿Te fulminó con su mirada de Dios griego?