Con una extraña timidez, algo impropio de su persona, poco a poco iba dejando que las palabras, todas suyas, cayeran de sus labios. Muy quedo decía quién sabe cuántas cosas, sonriendo o riendo constantemente, sin motivo real, porque si, porque estaba nervioso, porque al fin se quitaba un peso de encima, porque sabía que lo que hacía era egoísta, era terrible, y al mismo tiempo lo correcto para sí mismo.
Preocupaciones muy distintas a lo que su padre, Julián decía absorbían a Vincent, indiferente por completo a la conversación, permanecía ajeno a cuanto en su entorno se decía, adentrándose en los más íntimos rincones de su ser, una vieja tristeza le invadía, una suave melancolía le acariciaba la cabeza, como si fuera un perrito callejero al que un extraño toca y después ignora para seguir su camino.
Permaneció unos momentos en tal estado de indiferencia, unos momentos dolorosos, crueles, hirientes, luego, por fin, casi como si le hubiesen inyectado vitaminas, se repuso un poco, como le sucedía casi siempre que tenía que aparentar que todo estaba bien.
«¿Todo estaba bien?».
—Es algo que no debí retrasar tanto, pero lo hice... por ti. —balbuceo Julián, diciendo lo último casi como no queriendo. Por fin había tomado asiento en el sillón individual al costado de Vincent.
—Amelia... ¿Es Amelia? —mencionó Vincent, arrastrado por la fuerza de sus propios pensamientos, se acomodó en el centro del sofá de tres plazas, dejándose abrazar por los cojines, parecía tan sofocante y a la vez tan vacío el mueble.
—¿Has hablado con ella? ¿¡Han hablado!? —pregunto tratando de controlar su sorpresa.
Vincent no sabía si le molestaba que la nombrara o era otra cosa.
Hacía dos años Amelia se había comunicado con Vincent, suponía que su padre le dio el número o figuraba como contacto de emergencia, le había llamado para pedirle que le enviara por Uber la laptop de Julián, ella se había presentado como una compañera de trabajo. Había dicho que Julián estaba en una junta y ella se había ofrecido a ir por la Laptop, cosa que no podría por qué tuvo que ir a la escuela de unos de sus hijos, de emergencia, le pidió que pusiera el viaje para ser pagado en efectivo por el receptor.
En ese entonces Vincent no le tomo importancia, pero algo ahora parecía alinearse.
—Vincent—dejó escapar un suspiro de cansancio que parecía más de desesperación—. Ya estás grande, quizá no ahora, pero espero que más adelante puedas entenderlo, o al menos no me odies lo suficiente como para que no me dejes saber de ti. Han sido unos años difíciles, sé que al principio no fui el padre que debió estar allí contigo cuando abriste los ojos después del accidente, sé... sé que te falle, pero lo intente, en serio, lo intente, no tienes una idea de cuánto trate. La vida me dió otra oportunidad y yo simplemente decidí tomarla, no quería agobiarte, no quería... Vincent, nunca fue fácil tratar contigo, pero te quiero, eres mi hijo, sólo que... es difícil. Siempre quise ser padre, se me dio la oportunidad de nuevo, ahora con niños san...
No termino de hablar. Apretó con tanta fuerza la boca que esta se le puso blanca y la saliva parecía que no la podía pasar, su mirada en cualquier parte, menos en dirección a Vincent.
«Quería ser padre de un niño sano, de un niño que no fuera yo». Pensó Vincent.
Mientras veía fijamente como Julián cubría con una de sus manos el puño de la otra hasta verse blancas y se encorvaba en el asiento apoyando sus codos en sus piernas, Vincent se dejó hundir más en su lugar.
Creía que entendía, necesitaba creerlo, que entendía lo que su padre decía, sabía que nunca fue fácil de tratar, Vincent siempre ha sido una persona que ha cargado con un estado de melancolía y letargo perpetuo, desde que tiene uso de razón lo sabe. Hace unos días no habría entendido lo que su padre, Julián decía, ahora era diferente, no lo culpaba, no del todo en realidad. Quizá si él fuera padre también querría un niño que no fuera una maldita tristeza con patas.
—... La casa estaba a nombre de tu madre, ahora es tuya... no te preocupes por las facturas, todo estará cubierto hasta que te gradúes, tómalo en cuenta, no te preocupes.
—¿Cuántos niños son? ¿Qué edad tienen?
Julián pareció dudar, trago saliva de nuevo, esta vez con mucha fuerza, el silencio se prolongó por lo que parecieron demasiados minutos para dos preguntas sencillas.
—No pienses en eso...—respondió y seguido se levantó, sus movimientos tan pesados y cansados—. El viaje fue agotador, iré a dormir, deberías hacer lo mismo, no olvides tu medicina.
—¿Nos veremos... seguido?
«Claro que no» pensó Vincent.
—Será un poco difícil... te mandaré mensajes.
Claro que seria difícil, si viviendo en la misma casa no se veían casi nunca, a menos que los planetas se alineara y como una coincidencia o broma de la vida, sólo en esos momentos se veían, o como ahora, para decirse adiós, un adiós muy largo, muy largo.
Julián saco algo de su bolsillo, se acerco a Vincent y le extendió la mano, Vincent se le quedo viendo unos segundos, tratando de enfocar la vista que comenzaba a ponerse borrosa, era un llavero de un descorchador que tenía una única y desgastada, solitaria, llave, la llave de su casa, la llave de la casa de Vincent.
Vincent estiro la mano y la tomo, parecía pesar kilos de malos días, de sueños tristes y palabras no dichas.
Vio como Julián caminaba todo el recorrido rumbo a las escaleras para ir al segundo piso, cuando desapareció de su vista, espero, espero y cuando escucho la puerta cerrarse no pudo evitar que la garganta le ardiera y se le tensara cruelmente, sus ojos ardían, todo era borroso, algo comenzaba a mojarle la cara, un cosquilleo le rondo el pecho cerca del corazón y, que poco a poco, se transformaba en presión, como si alguien le estuviese empujando contra el sillón, dolía y cansaba. Comenzó a cansar más de lo que dolía.
...