Guía de Hagen para conquistar al niño bonito (sin parecer un acosador inmortal).
1. No lo mires como si quisieras robarle el alma: La intensidad está bien para rituales antiguos, no para cafeterías modernas. Sonríe. Parpadea. Respira. (O finge. Ya sabes cómo).
2. No hables en verso: No somos personajes de tragedia griega. Una frase simple, tipo "¿Cómo va tu día?", funciona mejor que "Tu luz eclipsa a la misma aurora, criatura celestial".
4. Acepta que vas a hacer el ridículo: Es parte del encanto. La torpeza sincera conecta más que la perfección robótica. (Además, si no te humillas un poco, ¿para qué vivimos eternamente?)
5. Escucha más de lo que hablas: Gran sorpresa, a los humanos les gusta sentirse escuchados. Pregunta por su día. Sonríe cuando se le iluminen los ojitos.
6. No uses hipnosis. No uses magia. No uses trucos (Además, hacerlo sería patético hasta para ti.)
7. Si fallas, ríete: Vin se enamorará de tu risa :D mucho antes que de tus frases de Shakespeare deshidratado. Fracasar con dignidad te hará irresistible Don guapeton.
8. Y si te rompen el corazón... Vuelve a intentarlo: Un vampiro roto que sigue creyendo en el amor es mucho más aterrador que cualquier monstruo. (En eso ya tienes experiencia).
Firmado: Hagen, terapeuta de casos perdidos no certificado.
(PD: Si fallas mucho, te compro una camiseta que diga "Lo intenté. Fracasé. Me humille, por centésimavez. Aún guapo.")
...
Ruthven estuvo ahí el jueves por la tarde, de pie frente al mostrador sosteniendo ese maldito pedazo de papel manchado con las idioteces de ese gato mañoso. Cuando se percató que Vincent estaba incomodo y comenzaba a evitar verlo decidido olvidar la hoja en el bolsillo de su gabardina, ya lo haría pagar por ello.
«Terapeuta de idioteces», pensó.
Casi de forma automática comenzó a inspeccionar alrededor de Vincent, Michael y el chico rubio no estaban a la vista, Eva conversaba con Hagen, seguramente tratando de vender sus menjurjes. Decidió aprovechar ese momento para entablar una conversación con Vincent, una conversación real y coherente.
Metió su mano en el bolsillo de su gabardina y apretó el papel que Hagen le dio, bien, si eso no funcionaba ya tendría una muy buena razón para sacarle un ojo o los dos. No es que Ruthven no supiera cómo tratar con los humanos, era sólo que, con Vincent, por alguna razón, se volvía estúpido.
Intento no pensar mucho, relajo su gesto lo más posible y comenzó a preguntarle cosas banas, sus estudios, el trabajo, el maldito clima que parecía tener episodios de bipolaridad entre días grises más calurosos que los días soleados.
El gesto de Vincent, si bien iba y venía entre el tedio, nervio e incomodidad no evitaba la plática con Ruthven, eso le dio esperanza, quizá y sólo quizá todos esos fallidos intentos los días anteriores habían logrado hacer una pequeña grieta en su usual melancólica e indiferente personita.
Un tum-tum insistente le distraía a momentos, al principio pensó que era su imaginación. Discretamente miraba de reojo, como si de pronto alguien hubiera escondido un tambor bajo la camisa del chico. Ruthven sonrió para sí mismo, ladeando la cabeza con una mueca divertida, quizá, ese chico era todo un espectáculo andante «¿De verdad su corazón suena tan fuerte?» pensó, entretenido.
El sonido seguía insistiendo, vibrando entre ellos como un pequeño faro palpitante en medio de la rutina deslavada de su vida. Eran unos latidos torpes y hermosos, como un secreto que no sabía cómo esconderse. Y, cuanto más los escuchaba, más desesperado se sentía.
No paraban, se volvieron un eco íntimo, una súplica muda que Ruthven no sabía cómo ignorar. Porque ese ritmo marcaba algo que no estaba listo para perder.
Era vida.
Era promesa.
Era todo lo que siempre lo lastimaba profusamente.
Y, aun así, ahí estaba: famélico, rencoroso, vulnerable y testarudo, como si supiera que, por mucho que intentara ignorarlo, huir, al final siempre volvería a ese mismo sonido.
A esa misma persona.
…
Vincent caminaba despacio, con la cabeza baja y los hombros caídos viendo con tanta concentración sus pies, casi hipnotizado, casi rozando los grandes muros perimetrales del camposanto. Camino varias calles, varias cuadras hasta llegar a la terminal de autobuses, justo frente a la terminal de autobús, un parque viejo y descuidado le ofrecía sombra y un poco de silencio.
Vincent —ropa arrugada, con rastros de tierra, como si hubiese estado en una pelea, mirada perdida, alma medio colgada— se sentó en una banca medio oculta tras un árbol torcido. Tenía las manos metidas en los bolsillos y la expresión de quien ha discutido con la muerte y no ha ganado del todo.
La noche se asentó, agitando los cielos, el viento, sereno y fresco. Vincent sentado solo en una banca, con un café ya frío en las manos, que había ido a comprar a una tiendita cercana, mirando al cielo sin estrellas. Hacia varias horas debió ir a casa, pero sentía, en ese momento, ese lugar tan desconocido, tan distante.
Era sábado por la noche, aunque el servicio de autobuses había finalizado hacia treinta minutos, no sería difícil encontrar un taxi, sólo debería caminar unas cuadras arriba, en la zona donde había varios restaurante y tiendas.
Al otro lado de la calle, dentro de un auto negro con vidrios polarizados, Ruthven lo vio. Iba saliendo de una reunión, con el ceño fruncido por costumbre más que por estrés real, cuando lo reconoció. Hizo una mueca. Claro, ¿Cómo no verlo? Con esa aura de funeral romántico que cargaba, parecía sacado de una canción triste, barata y hermosa.
—No puede ser —murmuró.
Giró el volante, estacionó de forma perfectamente ilegal, bajó del auto como si el universo lo hubiera enviado con una misión divina: interrumpir penas ajenas.
Cruzó la calle poco transitada con elegancia innecesaria, se acercó por un costado, con ese andar entre casual y deliberado, y saludó como quien se topa al amor de su vida en una lavandería.