Noah secaba una taza con el mismo desgano elegante con el que alguien fuma en una película antigua. Detrás del mostrador, su expresión era un eterno «no me pagan lo suficiente para sonreír», pero sus ojos brillaban con una chispa burlona. La cafetería olía a vainilla tibia, café recién molido y desilusiones suaves.
—¿Cómo sigue Vincent? —pregunto Eva, recargada en la barra con el brazo extendido, entregaba a Noah una comanda.
Era miércoles, casi medio día, el clima estaba caluroso pero nublado, tan nublado como los pensamientos de Noah, odiaba cuando Vincent tenía recaídas, hacia mucho que no pasaban tan notoriamente.
—Si, bien, ha tenido días mejores, unos chilaquiles con un café bien cargado lo dejaran como nuevo, o sin hambre, cualquiera de las dos es buena opción—suspiro, como si hablar fuera una carga muy pesada—. Es mejor pasarla mal sin hambre.
—Noah, normalmente no me importas, no, de hecho, no me importas, pero hoy estas raro, como si Vincent te hubiera contagiado algún bicho de melancolía, en Vincent es poético, pero en ti, da asco.
—¿Qué pasa chicos? —pregunto Michael quien se acercó a Noah para tomar un pan de la vitrina encima del mostrador.
—Noah esta raro, bueno en su caso "normal" —comentó Eva, ahora con un semblante preocupado.
—Simplemente recordé algo que no quería, olvídenlo.
—¿Crees que puedas atender la caja y los pedidos? Te ves muy... muy desNoahdo. —dijo burlón Michael ofreciéndole un poco de su pan.
—Si, sólo necesito un beso, de esos que despierten a la estrella porno que llevo dentro.
Michael y Eva se alejaron rodando los ojos, si, con eso era seguro, Noah se estaba recuperando de ese bichito de melancolía.
Un chico de aspecto estudiantil ingreso al café con una mochila colgando de un solo hombro, el cabello ligeramente despeinado como si hubiera corrido... o se hubiera mirado al espejo cinco veces antes de entrar.
—Hola... ¿esto es una cafetería? —preguntó, con una voz ridículamente innecesaria para la obviedad del letrero de neón que decía CAFÉ justo sobre su cabeza.
Noah levantó una ceja, despacio, como quien acaba de ver a alguien intentar meter un USB al revés tres veces.
—No. Es un club secreto de vampiros. Sólo servimos café para despistar. ¿Te gustaría un latte o una víctima?
El chico soltó una risa, se lamio los dientes, como de quien presume de su perfecta dentadura.
—Bueno... una víctima, gracias. Un latte estaría bien. —Pausó, mirando la carta como si entendiera algo—. ¿Con... espuma de avena? ¿O.... avena de espuma? ¿Eso existe?
Noah se cruzó de brazos, apoyado en el mostrador como un gato aburrido.
—Existe tu nivel de torpeza, y ya es bastante exótico. Pero sí, te pongo leche de avena. ¿Nombre para el pedido?
—E... solo E.
—¿Cómo el espía misterioso o como el que no quiere que lo stalkeen en redes?
—Ambos.
Noah sonrió apenas, como quien disfruta viendo a alguien tropezarse con su propio encanto.
—Perfecto, E. Espía de las bebidas veganas. Si te quemas la lengua, es parte de la experiencia gourmet.
Mientras Noah giraba para preparar el pedido que antes Eva le había entregado y la bebida del chico, E lo miró de reojo, como quien intenta no mirar. Sus dedos tamborileaban sobre el mostrador, y por un segundo, cuando Noah se volvió a la barra para colocar en la bandeja el pedido de Eva, sus miradas se cruzaron. E tragó saliva... y casi derribó un azucarero con el codo.
—¡Perdón! ¡Eso estaba ahí sin avisar!
—Relájate, no cobramos los erros, todavía. —dijo Eva tomando su bandeja y lanzándole al chico una mirada de advertencia.
Unos minutos después Noah le entregó su latte con una sonrisa de gato que ya atrapó al ratón.
E tomo su pedido y se fue a sentar a una mesa, ocultando su cara detrás del vaso espumoso, con una mezcla de vergüenza y sonrisa tonta. Noah lo siguió con la mirada mientras se apoyaba de nuevo en la barra, murmurando apenas:
—Definitivamente viene por algo más que cafeína.
Eva veía la situación desde la mesa en donde estaba dejando el pedido, veía a E con ojos molestos, ese tipo de clientes eran los que más le desagradaban. Esperaba no se repitiera lo del año pasado, tener a todos esos policías humanos husmeando dentro del local era un dolor en el trasero.
...
E seguía sentado, revolviendo su latte como si en el fondo del vaso encontrara respuestas a un problema muy difícil. De vez en cuando, levantaba la mirada hacia Noah, que limpiaba la máquina de expreso con la precisión de un cirujano y la gracia de un bailarín aburrido.
La puerta se abrió y el lugar se sintió frio.
Traje oscuro, tan fúnebre como siempre, mirada como cuchillo bien afilado y pasos que no hacían ruido, pero sí imponían. Su expresión era la misma con la que uno entra a una sala de juntas, no a una cafetería con aroma a canela y tonterías laborales.
—¿Otra vez tú? —le dijo al chico, sin preámbulos, frunciendo el ceño.
E dio un brinquito en la silla, casi se atraganta con el sorbo. Fingió inocencia.
—¿Yo? ¿Qué? ¿Tomar café es ilegal ahora?
Jeremiah no respondió. Solo caminó hasta el mostrador, se quitó los lentes oscuros con lentitud dramática y saludó a Noah con un leve asentimiento de cabeza.
—¿Un Café cargado, como siempre? —preguntó Noah, sin perder el tono suave, aunque sus ojos ahora brillaban distinto.
—Sí. Y sin charla innecesaria, por favor. —dijo y miró al chico de reojo, con clara intención.
El chico entrecerró los ojos, casi divertido. Se levantó con su latte aún en mano y caminó hasta el mostrador, justo al lado de Jeremiah. Se apoyó casualmente en la barra.
—¿Sabías que si uno toma café cargado y sin azúcar es porque guarda secretos oscuros?
—¿Sabías que si uno hace preguntas tontas tan temprano es porque no tiene mucho que hacer con su vida? —respondió Jeremiah, sin mirar.