Las palabras y los pensamientos que ocultamos en lo profundo de nuestro ser, que nunca son liberados al mundo real, se agitan dentro de cada cuerpo queriendo salir y gritar, buscando su propia liberación. Se aglomeran dentro de las personas, se apoderan de ellas haciendo acto de presencia: como una pastilla que no se puede tragar y se atora en la garganta, un pecho que se oprime y un corazón que se estruja, noches en vela cuidando las estrellas, suspiros que queman los pulmones, miradas vidriosas y manos inquietas.
Era viernes, faltaba poco para la media noche, y el día siguiente no tendría trabajo en la cafetería así que Vincent se encontraba en casa revisando el proyecto, ya sólo era cuestión de hacerle unos ajustes. Habían terminado más rápido de lo que se tenía pensado.
Un anuncio de café en una de las páginas donde estaba revisando información de su proyecto le trajo recuerdos del día paado, cuando uno de los Diodati había estado toda la tarde en el local, «Hagen» había dicho Eva, el hombre era amable, pero daba esa sensación que todo lo que hacía tenía un precio o una consecuencia, su mirada con unos ojos caídos, no demasiado grandes, de un extraño color marrón rojizo que se transmutaban con las luces del lugar. Su piel trigueña le recordaba a la gente del centro del continente occidental. Era más bajo y delgado que el señor Ruthven pero daba esa misma y extraña sensación de peligro combinada con curiosidad, como ver un gato exótico tomando el sol desde un tejado con mirada que te juzga y un ronroneo que esconde su desprecio a la humanidad, maullidos que te manipulan para darle una lata de atún, de las más caras.
Cuando Vincent le entrego su café a Hagen, el hombre se fue a toda prisa, casi derramando su bebida, se agazapo en una de las mesas del fondo, dejando a la deriva a Ruthven en el mostrador con un papel que sostenía con mucha fuerza, Vincent casi sentía lastima por la pobrecita hojita de papel, pero más le preocupaba que, si cruzaba miradas con Ruthven, este terminaría por estallar y le lanzaría el papel y lo despediría o algo así.
—¿Un café cargado como siempre señor? —preguntó Vincent, intentando desviar su atención del pobrecito papel.
Vio como Ruthven husmeó alrededor, Michael y Noah estaban en la zona de servicio, al fondo del local en el pequeño callejón para recepción de mercancías y donde se dejaba la basura, fumando, Eva se había acercado a Hagen para platicar, así Ruthven aprovecho el momento y comenzó a hacerle platica a Vincent.
No era nada del otro mundo, preguntas casuales, sobre sus estudios, si comía bien, cómo la pasaba en el Sanglante y cosas por el estilo, si bien era la plática de lo más normal, algo en Vincent se agito, su pecho se contrajo y fingió rascarse la garganta, en realidad quería poner la palma de su mano y hacer presión para tranquilizar a su tonto corazón que no entendía la razón, se estaba emocionando, quizá porque hacía años, desde la muerte de su madre, nadie le había preguntado esas cosas tan banales, se sentía como un tonto por permitir que esa mínima muestra de decencia e interés le hiciera sentir tan cálido, tan fácil.
Tosió falsamente para acallar sus latidos, la mirada de cachorro tierno que Ruthven le estaba dirigiendo lo hacía sentir... incomodo en muchas maneras, casi creía que el hombre era capaz de escuchar los latidos de su corazón que se emocionaban por, sabrán los cielos qué.
El ruido de una notificación de mensaje lo regreso al presente y le hizo darse cuenta que estaba sonriendo como idiota a la pared.
Era Noah que le había escrito, al parecer no fue el único que se dio cuenta de las miradas de Ruthven «Cómo hacia la pequeña bestia para enterarse de esas cosas» pensó Vincent.
«—¡Por todos los cielos, cariño! ¿Qué le pones al café que te estas llevando al mejor ganado? Exijo una explicación no sensata y económica para eso.
—Estas imaginando cosas, Noah¿Qué no tenías una cita? ¿Alguna queja de tus dioses griegos que te dan flores marchitas?
—No siempre tengo cosas interesantes que contarte, pero siempre tengo ganas de hablar contigo, baby.
—Vaya, eso casi me conmueve.
—Entonces... regresando a ese café que atonta guapos...
—Noah, estas imaginando cosas, deberías dejar de leer tanta historia barata, no es como que la gente ande por allí buscando el amor en las cafeterías y si lo hacen la verdad no creo que funcione, simplemente el señor Diodati estaba siendo amable y verificando mi trabajo, fin.
—Mira, mira, que los clientes se enamoren de tu trabajo o de ti no importa, lo importante es vender, o en tu caso venderte y hacerte dueño del Sanglante.
—¿No tienes sérum o gel de pepino que robarle a tu hermana?
—Justo estaba con una mascarilla de pepino y té verde inventándome una historia en mi cabeza mientras escuchaba música donde romantizaba mi vida y mis problemas para que parezcan una telenovela turca de bajo presupuesto.
—Tu vida ya es una telenovela,pero escrita por los pies de alguna niña de quince años, con juanetes y callosy publicada en Wattpad con cero vistas.»
Vincent bloqueo su celular, dejo escapar una sonrisa, a veces se preguntaba por qué Noah siempre era tan trágico en el amor y aun así seguía buscando por más. Para Vincent el amor era la maldición más retorcida de todas.
Tenía miedo de ser feliz porque cada vez que lo era, algo malo pasa y también tenia miedo de no serlo por que igual, algo malo pasaba.
Decidió ir a la cocina a prepararse algo, la cena había sido demasiado ligera y ahora su estómago hacia ruidos extraños. El sonido de otra notificación lo hizo detenerse a medio camino de las escaleras, se quedó viendo la pantalla con el nombre en vista previa del mensaje, era su padre. Sintió un pinchado en el corazón.
Desbloqueo el celular y abrió el chat. tres simples palabras hicieron que los colores que hasta hace poco eran tan vividos se volviesen opacos, con una fina capa de niebla.