Hay personas que llegan a nuestra vida para cambiarlo todo. Algunas aparecen cuando menos las esperamos; otras llegan justo cuando creemos que ya no tenemos fuerzas para volver a confiar.
Diana Antillón tenía diecisiete años y estaba convencida de que el mundo le debía una explicación.
Había crecido rodeada de lujos, en una casa enorme donde nunca faltaba nada material. Tenía ropa de diseñador, viajes, fiestas y todo lo que muchas chicas de su edad soñaban tener. Sin embargo, había algo que el dinero jamás había podido comprarle: el cariño de sus padres.
Su padre, Doménico, era un hombre de carácter fuerte, acostumbrado a dar órdenes y exigir obediencia. Su madre, Irene, parecía vivir encerrada en sus propios pensamientos. Y Diana, en medio de aquella familia, había aprendido a sonreír incluso cuando por dentro se sentía completamente sola.
Pero había algo más. Un recuerdo que nadie mencionaba, una ausencia que pesaba demasiado y una verdad que llevaba años escondida detrás de las puertas de su hogar.
Diana todavía no sabía que algunas respuestas podían cambiar para siempre la manera en que entendía su pasado.
A kilómetros de distancia, Braulio Vallardares también conocía la soledad.
A sus diecisiete años había aprendido a levantarse después de cada caída, a no demostrar cuánto le dolían las palabras de quienes deberían quererlo y a encontrar en el deporte una manera de escapar de su realidad.
El agua era su refugio.
Cuando subía a su canoa y comenzaba a remar, podía olvidar por unos minutos los desprecios de su familia, las humillaciones de su primo Esteban y aquella sensación de no pertenecer a ningún lugar.
Era inteligente, disciplinado y tenía un talento extraordinario para el canotaje. Como capitán del equipo de Nova Atenas, muchos lo admiraban. Sin embargo, pocos conocían al muchacho que se quedaba despierto por las noches preguntándose por qué nunca había tenido una familia que lo quisiera de verdad.
Diana y Braulio todavía no se conocían.
Sus vidas transcurrían por caminos diferentes, aunque el destino ya comenzaba a acercarlos.
Ella estaba a punto de perderlo todo: su lugar en el internado, la confianza de sus padres y la vida que había conocido hasta entonces.
Él estaba a punto de descubrir que no todas las personas se marchan cuando conocen nuestras heridas.
Entre pasillos escolares, competencias deportivas, amistades inesperadas y noches de música en el famoso callejón de las bandas, ambos descubrirían que crecer no significa tener todas las respuestas.
También aprenderían que el amor no siempre llega para hacer las cosas más fáciles. A veces llega para enfrentarnos con nuestros mayores miedos.
Cony no estaba dispuesta a perder a Braulio. Esteban tenía sus propios motivos para hacerle la vida imposible. Y Emma, con sus ambiciones y secretos, estaba a punto de alterar mucho más que la tranquilidad de Nova Atenas.
Mientras tanto, en la familia Antillón, una verdad enterrada durante años esperaba el momento de salir a la luz.
Porque algunas heridas no desaparecen con el tiempo. Algunas simplemente aprenden a guardar silencio.
Y cuando Diana y Braulio finalmente cruzaran sus miradas, ninguno imaginaría cuánto cambiaría su mundo.
**Dos jóvenes. Dos historias diferentes. Un mismo destino.**
A veces, el corazón tiene que llegar al límite para descubrir hasta dónde es capaz de amar.
Y esta… es la historia de Diana y Braulio.