En la comisaría, Teodoro le explicaba a Mili la situación en la que se encontraba. Sandy y su madre, la señora Maite, permanecían a su lado, acompañándola en aquel momento…
De pronto, un funcionario policial se acercó para informarle que debía pasar a firmar su declaración.
Teodoro la observó y le dijo:
—Señorita Sanz, la acompañaré. Quiero leer la declaración que dio antes de que la firme. Aunque todavía no hemos hablado de mis honorarios, yo llevaré su caso. —Le guiñó un ojo con complicidad.
Mili suspiró aliviada. ¡Tenía un abogado! No tendría que perder tiempo buscando uno, y aquel, además de guapo, parecía simpático. Lo de los honorarios ya lo resolvería después; de alguna manera conseguiría el dinero. Aquel muchacho le había caído del cielo. ¡Gracias, Dios mío!
—De verdad, gracias. ¡Mil gracias! Y llámame Mili. Vamos a estar juntos en esto, Dios mediante, y espero que sea por poco tiempo. —Juntó las manos como si estuviera rezando y alzó la mirada al cielo.
Teodoro acompañó a Mili hasta donde los esperaba el oficial Sandoval, quien tenía la declaración preparada.
—Aquí tiene su declaración, señorita Mili —le indicó el oficial.
—Permítame leerla antes de que la firme, por favor. Ahora soy formalmente el abogado de la señorita Sanz —intervino Teodoro.
Tomó el documento y comenzó a leerlo con atención. A medida que avanzaba, varias cosas le llamaron la atención: cuatro hombres la habían secuestrado, ella no había presentado ninguna denuncia y, para colmo, había encontrado su camioneta justo cuando regresaba con su madre del turno en el hospital.
Demasiadas coincidencias…, pensó. Y luego dicen que no existe la suerte. ¡Por Dios, si yo ni siquiera creo en ella!
Se inclinó hacia Mili y le habló en voz baja:
—Hay varias cosas de tu declaración que no me cuadran. Te secuestran cuatro hombres, no presentas una denuncia y, como si fuera poco, encuentras tu camioneta. ¡Todo te salió demasiado bien! Eres una mujer afortunada, ¿no te parece?
Mili lo miró directamente a los ojos.
—No, Señor Teodoro. No soy afortunada. Nadie quiere ser secuestrada, que le roben sus pertenencias y terminar prácticamente detenida por algo que no hizo. Salí adelante porque tengo fe en Dios y trato de ser una buena persona… o, al menos, eso intento.
Teodoro sostuvo su mirada durante unos segundos. La respuesta de Mili e había parecido sincera, pero eso no significaba que le hubiera contado toda la historia. Había algo más detrás de aquel secuestro, algo que todavía no conseguía comprender.
—Está bien, Mili. No voy a discutir contigo sobre la suerte ni sobre tu fe en Dios. Pero hay cosas que necesito saber para poder ayudarte. —Hizo una breve pausa y esbozó una sonrisa—. Por cierto, no me llames señor Teodoro. Dime Teo, es más fácil y suena menos formal, ¿no crees?
Mili le devolvió la sonrisa.
—Está bien. —Mili le tendió la mano con una sonrisa—. Gracias, Teo.
Él estrechó su mano y luego señaló la declaración que tenía entre las manos.
—Ahora vamos a asegurarnos de que todo esté correctamente escrito antes de que firmes. No quiero que tengas más problemas de los necesarios.
Mili asintió, agradecida de que alguien estuviera dispuesto a escucharla sin condenarla de antemano.
Teodoro volvió a revisar el documento, aunque una pregunta seguía rondándole la cabeza: ¿Qué ocurrió realmente durante esas horas en las que estuvo secuestrada?
—Me parece que puedes firmarla, Mili. Pensó Teo después de revisar la declaración. Cuando tengamos oportunidad de hablar a solas, le preguntaré nuevamente qué fue lo que sucedió.
Mili asintió y firmó el documento. Luego, se volvió hacia el oficial Sandoval.
—Disculpe, oficial, ¿ya puedo irme o tengo que quedarme aquí? —preguntó, sin poder ocultar la preocupación en su rostro.
—Puede retirarse, señorita Mili. Sin embargo, su camioneta permanecerá decomisada hasta que se resuelva su situación ante los tribunales.
Mili apretó los labios. Al menos podía marcharse de la comisaría, pero quedarse sin su camioneta le complicaría bastante las cosas.
Cuando Mili se reunió con su madre y Sandy, Teo aprovechó para acercarse al oficial Sandoval.
—Me alegra que hayas aceptado el caso, Teo —comentó el oficial—, aunque debo admitir que hay cosas en la historia de esa muchacha que me parecen sospechosas.
Teo cruzó los brazos y miró hacia donde se encontraba Mili.
—No te voy a negar que hay detalles que no me cuadran, pero Mili me parece inocente. Tengo la impresión de que se metió en un lío sin querer y que todavía hay algo que desconoce incluso ella misma.
Sandoval asintió lentamente.
—Pienso lo mismo. No sé qué ocurrió realmente, pero tampoco creo que esa muchacha sea una delincuente. Habrá que investigar y dejar que las pruebas hablen.
Teo se despidió del oficial Sandoval y se dirigió hacia Mili, la señora Maite y Sandy, que lo esperaban cerca de la salida.
—Bueno, señoras, ha sido un placer conocerlas, aunque habría preferido que nuestras circunstancias fueran un poquito diferentes. —Sonrió con picardía antes de sacar una tarjeta de su bolsillo y entregársela a Mili—. Aquí tienes mi número. Mañana nos ponemos en contacto para conversar con más calma sobre tu caso y, por supuesto, sobre mis honorarios profesionales.
Hizo una pausa y le dedicó una mirada cómplice.
Mili soltó una pequeña carcajada, mientras Maite y Sandy intercambiaban una mirada divertida.
—¡Teo! —protestó Mili, sonriendo—. ¡Todavía no salgo de un problema y ya me estás preocupando con el siguiente! Pero tienes mi palabra de que te pagaré. ¡No soy una delincuente! Le dedicó una sonrisa pícara.
—Todo tiene solución… incluso mis honorarios. —Teo le guiñó un ojo antes de despedirse—. Nos vemos mañana, Mili. Cuídate.
Luego se volvió hacia Sandy y la señora Maite.
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Editado: 01.11.2026