Mili y su mamá llegaron al hospital La Concepción para buscar la camioneta blanca. Sandy las esperaba; ya había entregado su turno al doctor Guerrero.
A simple vista, todo parecía haber vuelto a la normalidad. Pero Mili sabía que no era así. Después de todo lo ocurrido, regresar por la camioneta era apenas una parte del problema. Todavía el mutante estaba en cuidados intensivos. Y no sabía absolutamente de lo que le había ocurrido.
—¡Gracias a Dios que ya llegaron! —dijo Sandy, abrazando primero a Mili y luego a la señora Maite.
—Sandy, amiga, todo salió bien. Llegamos a tiempo. Carlos está estable, aunque todavía permanece en cuidados intensivos.
Sandy la miró con el ceño fruncido.
—¿Qué Carlos? —preguntó, desconcertada.
Mili soltó un pequeño suspiro.
—El Mutante. Recuerda que se llama así… Bueno, Carlos. Ahora voy a decirle por su nombre para no equivocarme cuando hable con el doctor Santiago. Ese hombre siempre me mira con una cara de… no sé… como si sospechara que soy una mentirosa o algo peor.
Sandy levantó una ceja.
—¿Y no lo eres?
Mili la miró indignada.
—¡Sandy!
La señora Maite tuvo que contener una sonrisa.
Mili también levantó las manos, como diciendo: ¡No puedo hacer nada!
—Bueno, Sandy… me tocó. Tenía que decir algo. Me equivoqué algunas veces, pero logré arreglar las cosas. Pienso yo…
La señora Maite la miró y cerró los ojos por un instante. Luego habló en voz alta:
—Dentro de todo, gracias a Dios este chico, Carlos, está estable. Ahora, Sandy, vinimos a buscar la camioneta para llevarla a casa. Por suerte, no fue reportada como robada, ya que Mili no dio ninguna declaración concreta a la policía el día del secuestro.
Sandy se quedó pensativa.
—Yo creo que esa camioneta debería quedarse guardada un tiempo y, antes de volver a usarla, habría que revisarla bien. Estuvo en manos de esos delincuentes casi dos días.
Miró a Maite.
—¿Qué piensa usted, señora Maite?
—Tienes toda la razón, Sandy. Eso mismo estaba pensando. Estos días puedo traer a Mili al trabajo.
Mili asintió. En el fondo, sabía que era lo mejor. Todavía no se atrevía a manejar sola. El miedo seguía ahí, aunque intentara ignorarlo. Y ahora estaba también lo de Carlos… el Mutante.
Todavía no me siento capaz de enfrentar la carretera yo sola, se dijo.
—Gracias, tienen razón. Pero igual tengo que manejar sola hasta la casa. Les pido, por favor, que una vaya delante de mí y la otra detrás. Así me sentiré más segura —dijo Mili.
Sandy la miró con preocupación. Sabía que Mili intentaba mostrarse tranquila, pero podía notar que todavía tenía miedo.
—Está bien, amiga. No te preocupes. Iremos contigo.
Mili respiró profundo y miró hacia la salida del hospital. Solo pensar en volver a tomar aquella carretera hacía que un escalofrío le recorriera el cuerpo.
Tengo que hacerlo, se dijo. No puedo vivir con miedo para siempre.
Mili respiró profundo antes de encender la camioneta.
Sandy se acomodó en su vehículo y la señora Maite hizo lo mismo. Tal como habían acordado, una iría delante de Mili y la otra detrás.
—Tranquila, amiga —le dijo Sandy antes de avanzar—. No vamos a dejarte sola.
Mili asintió y puso la camioneta en marcha.
Los primeros kilómetros fueron tensos. Sus manos permanecían firmes sobre el volante, aunque de vez en cuando miraba por el espejo retrovisor para comprobar que el auto de su mamá seguía detrás.
Poco a poco comenzó a relajarse.
Puedo hacerlo, pensó. Solo tengo que llegar a casa.
Pero al acercarse al peaje, su tranquilidad desapareció.
Había varios vehículos detenidos y, junto a las casetas, se encontraban algunos funcionarios de seguridad y dos policías controlando los documentos.
Mili disminuyó la velocidad.
Uno de los policías levantó la mano indicándole que se detuviera.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
—Buenos días, señorita. Documentos del vehículo y personales, por favor.
Mili buscó sus documentos y se los entregó.
El policía los revisó durante unos segundos. Después caminó alrededor de la camioneta y miró la patente con atención.
Tecleó algo en su dispositivo.
Su expresión cambió.
Mili lo notó inmediatamente.
—¿Sucede algo, oficial? —preguntó, intentando mantener la calma.
El policía levantó la mirada.
—Señorita, necesito que apague el motor y baje del vehículo.
Mili sintió que el estómago se le cerraba.
—Señorita, queda detenida mientras verificamos la situación.
—¡Pero yo no hice nada! —exclamó Mili, sintiendo que el pánico comenzaba a apoderarse de ella—.
—Eso tendrá que aclararlo en la comisaría —respondió el policía con firmeza.
Mili miró a su mamá y después a Sandy. Ninguna de las dos sabía qué decir.
Unos minutos después, mientras la llevaban hacia el vehículo policial, Mili solo podía pensar en una cosa.
Entonces lo recordó.
Mientras estuvo secuestrada, aquellos delincuentes habían estado robando vehículos hasta que llegara el cargamento que estaban esperando. Tal vez, después de dejarla a ella y continuar con sus planes, habían seguido utilizando la camioneta para cometer otros delitos.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
¿Y ahora qué iba a hacer?
La camioneta era suya, pero no estaba denunciada como robada.
Mili cerró los ojos por un instante.
Y entonces lo comprendió.
Había cometido un error.
Uno que podía costarle muy caro.
La puerta del vehículo policial se cerró detrás de ella.
Mili quedó sentada en el asiento trasero, completamente paralizada.
La camioneta arrancó rumbo a la comisaría.
Y esta vez, no iba camino a casa.
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Editado: 12.10.2026