En la oficina, ya con más confianza, Teo comenzó a interrogar a Mili. Le pidió que le contara todo, desde el momento en que salió de su casa el día del asalto.
Mientras ella relataba lo sucedido, él prestaba atención a cada detalle, incluso a aquellos que podían parecer insignificantes. Necesitaba reconstruir los hechos y encontrar la mejor estrategia para su defensa. Si las circunstancias lo permitían, quería resolver el asunto antes de que llegara a juicio, evitando que el caso terminara en los tribunales.
—Bien, Mili, —dijo Teo, acomodándose en su silla—. Quiero que me sigas contando exactamente lo ocurrido. Y cuando digo exactamente, me refiero a todo. No omitas nada, por pequeño que te parezca.
Mili continuó con su relato. Se puso de pie y comenzó a caminar por la oficina. Moverse de un lado a otro le daba mayor seguridad; así no se sentía como si estuviera sentada en el banquillo de los acusados.
—Ok. Cuando ya estaba en la parte trasera de la camioneta, me pusieron una capucha. No podía ver nada, solo escucharlos. Al principio eran dos. Comenzaron a repartirse mis cosas y yo empecé a hablar. Con los nervios me dio verborrea.
A los pocos minutos entraron dos hombres más a la camioneta. Traían cosas robadas de otro vehículo, entre ellas, whisky. Comenzaron a beber y yo, sin saber qué iba a pasar conmigo, les dije:
—¡Quiero whisky también! ¡Si me van a matar que se borracha!
Teo la interrumpió con una carcajada.
—¡Mili! ¿Cómo fuiste capaz de decir semejante barbaridad? —exclamó, todavía riéndose.
—Pues por lo que ya te dije. No sabía qué me iba a pasar, así que pensé que era mejor estar borracha. Te cuento, me tomé media botella. Me la tuvieron que quitar, porque, de lo contrario, me la habría terminado entera. Pero me sirvió. Con eso me calmé y pude estar más serena.
—Bueno, Mili, me imagino que media botella de whisky calma a cualquiera. Oye, ¿podrías dejar de caminar y sentarte para continuar con la conversación?
Mili lo miró de reojo.
—Teo, tú estás súper cómodo detrás de tu escritorio. Yo, sentada, siento que estoy en el banquillo de los acusados, esperando una sentencia. Caminando me siento más tranquila, ¿sabes? si quieres que me sienta cómoda, debo por lo menos tomarme dos copas más de whisky.
Teo bajó la cabeza con una leve sonrisa y luego volvió a mirar a Mili. Se levantó de su asiento, sirvió dos whiskies, uno para ella y otro para él. Bebió un pequeño sorbo y le entregó el suyo.
Mili tomó el vaso y se lo bebió de un solo trago.
—¡Mili! —exclamó Teo—. ¿Otra vez vas a tomarte el whisky de un sorbo? Esto no es un secuestro, ni estás esperando una sentencia.
—No, pero es como una preparación para eso. Y con este ya me calmé... bueno, algo, no mucho. El otro whisky que me sirvas, tienes mi palabra de que lo tomaré de a poquito.
—Confío en ti, Mili. Ahora puedes continuar —dijo Teo.
Mili tomó aire, respiró profundamente y continuó.
—Bueno, Teo, prosigo entonces. Después de tomarme media botella de whisky, estos chicos comenzaron a reírse, noté que estaban menos intimidantes. Continuamos por la carretera unos minutos más, hasta que el vehículo se detuvo. Todos bajaron de la camioneta. Entonces, uno de ellos se acercó y me quitó la capucha. Me dijeron que podía bajar. Yo no quería hacerlo; sin embargo, me aseguraron que no me iban a matar. Así que bajé. Todos llevaban pañuelos cubriéndoles el rostro. De hecho, hay algo que no puedo olvidar: cuando me bajé, me dijeron: «Bienvenida al mundo del hampa», y se presentaron. Eso me cautivó. ¡Eran muy educados estos chicos!
Teo abrió los ojos, sorprendido.
—Esto parece una comedia trágica, Mili. ¡Es surrealista!
—Para ti, pero yo lo viví y te estoy contando la verdad. Me trataron bien, fueron educados conmigo.
—¡Eran unos delincuentes, Mili!
—Sí, lo sé, pero cuando estás en esas circunstancias, con que no te lastimen es suficiente para agradecer. Espero que nunca tengas que pasar por algo así. No se lo deseo ni a mi peor enemigo, que, dicho sea de paso, creo que no tengo... al menos que yo sepa.
Teo, pensativo, volvió a bajar la mirada al suelo y le respondió a Mili sin levantar la cabeza.
—Tienes razón, yo no he vivido algo así y tampoco me gustaría estar en esa posición. Te dejaron viva, con problemas, pero aquí estás, que es realmente lo importante. Tienes una actitud de agradecimiento hacia ellos. Hasta parece que te caen bien. Creo que tienes el síndrome de Estocolmo.
—Teo, yo también lo creo. Y sí, me simpatizaron estos chicos. Tienes razón en tu percepción. Después de todo, estuvimos casi un día entero juntos y durante ese tiempo conversamos de la vida. Imagínate, ¡hasta me dieron consejos de vida! ¡Qué tal!
—¡Guau! ¡Qué interesantes estos delincuentes filósofos! ¿Quién lo diría, Mili? Y ¿cómo se llamaban? Dijiste que se habían presentado. Quizá con algún nombre podamos averiguar algo sobre ellos.
—No me dijeron sus nombres, Teo. Me dijeron sus apodos: Mutante, Pinocho, el Mono y Pajarote.
Teo seguía pensativo, de pie y con la mirada fija en el suelo, mientras Mili se acomodaba en el sofá.
—Teo, ¿Teo? ¿Dónde andas? Mira, ya me senté. Eso quiere decir que estoy tranquila. ¿Me puedes servir otro whisky? Ya me siento en confianza.
—Perdón, estaba abstraído en mis pensamientos, tratando de imaginarme a esos tipos. En fin, ya te sirvo el trago. Estamos en confianza —respondió con una sonrisa.
Teo sirvió nuevamente dos tragos, pero esta vez dejó la botella sobre una mesa y se sentó junto a ella.
Mili sonrió, tomó un sorbo de whisky y continuó con su relato.
—Yo también me presenté. Les dije mi nombre y mi profesión. No recuerdo exactamente cómo surgió la conversación, pero creo que uno de ellos me preguntó a qué me dedicaba. Entonces, Mutante me dijo que me dejarían libre cuando le llegara un cargamento de cositas. Mientras esperaban, estaban asaltando vehículos para mejorar sus ingresos, ya que la vida estaba muy cara.
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Editado: 01.11.2026