Cronicas De Un Secuestro En Carretera

El Encuentro

Mili tomaba su café lentamente, sumergida en sus pensamientos.

En unas horas voy a hablar con Teo. ¿Cuánto me cobrará? Bueno, dijo que sería generoso…

—Mili, Mili… —la llamó su madre mientras le tocaba la espalda.

—Sí, dime, mamá. ¿Qué pasa? —exclamó Mili, sobresaltada.

La señora Maite se quedó de pie, observando lo distraída que estaba su hija. En realidad, Mili siempre había sido así, pero esta vez parecía mucho más sumergida en sus pensamientos.

—Hija, estás más distraída que de costumbre. ¿Qué te preocupa? Me dijiste que ya habían quedado en verse hoy con el abogado.

—Sí, voy a su oficina. Tengo que estar allí antes de las tres de la tarde. Lo que me preocupa es cuánto debo pagarle, mamá. Llevo poco tiempo trabajando y tendré que pedir un préstamo. Estaba pensando en vender la camioneta. Ya sé que fue un regalo de mi papá, pero ahora es la responsable de todos mis problemas, y no puedo venderla porque está decomisada. Y es imposible contarle a mi papá. Ya me lo imagino retándome; tú sabes cómo es él. ¡Seguro que arma un escándalo!

—Vamos a resolver esto entre las dos, como siempre hemos hecho. A tu papá, ni una palabra. Además, está lejos, con su nueva familia. Y para qué decirte, no ha sido de mucha ayuda. Lo único que hizo por ti durante todos esos años de estudio fue regalarte la camioneta. Igual se le agradece, pero es mejor dejarlo fuera de todo esto.

La Sra. Maite tomó las manos de Mili y prosiguió:

—No vamos a adelantarnos a nada. Primero habla con el abogado y, cuando tengas todo claro, veremos qué vamos a hacer. No te adelantes ni te preocupes antes de tiempo. Paso a paso, hija.

Mili miró a su madre y le apretó las manos con fuerza. Sabía que su mamá la apoyaría, como siempre lo había hecho, sin juzgarla. Contar con su apoyo y mantener la fe la ayudaría a salir de este problema.

Y pensó

“Solo es un problema. No es un terremoto, no es un tsunami y, peor aún, nadie se ha muerto. El Mutante está estable…¡Dios mío, ¡dame más fe!”

—Mamá, gracias. Ya estoy bien. Voy a terminar de arreglarme y me voy en taxi. Relax, quédate tranquila. Voy a llegar con una actitud optimista, nada de dar lástima. Eso no es lo mío. Posición erguida, cabeza en alto. Total, yo no he hecho nada malo.

-Esa es la actitud Hija, todo va a salir bien confía en ti y confía en Dios; él sabe porque pasan las cosas.

Mili se bajó del taxi. Ya había llegado a la dirección que Teo le había enviado por mensaje.

El edificio era espectacular: muy alto, de color gris, con una entrada de mármol y varios vigilantes en la puerta. Estaba ubicado en la zona más exclusiva de la ciudad.

“¡Guau! ¡Qué edificio tan lindo!

Se acercó a la recepción y preguntó por el bufete de abogados Bastidas y Asociados. La chica de recepción le indicó dónde debía ir.

—Señorita, el bufete está en el penthouse. El ascensor se abre directamente en la oficina.

-Muchas gracias por su información. Respondió Mili

“Bueno, ya estoy aquí. Voy a llegar unos minutos antes, pero no me importa esperar. Es mejor llegar más temprano que tarde”.

Se subió al ascensor. El trayecto le pareció una eternidad. Le temblaban las manos, así que se las sujetó para intentar calmarlas y respiró profundamente.

Cuando por fin se abrieron las puertas del ascensor, Mili se encontró ante una oficina elegantemente decorada en tonos arena y café. Era inmensa y tenía su propia recepción, así que se dirigió a la secretaria.

—Señorita, tengo una cita con el abogado Teo… Perdón, Teodoro Bastidas, a las quince horas.

Mili miró a la chica. Era muy linda; vestía un uniforme café, llevaba el pelo recogido en un moño y usaba lentes. Se notaba muy distinguida.

—Buenas tardes. ¿Cuál es su nombre? Voy a avisarle al señor Bastidas.

—Mili Sanz, gracias.

La secretaria hizo una llamada y, cuando terminó, le dijo:

—Pase por aquí, señorita Mili. El señor Bastidas la está esperando. Yo la acompaño para que no se pierda. Vamos a subir por aquí; la oficina del señor Bastidas está en el segundo piso.

Mili siguió a la secretaria por una escalera de mármol hasta el segundo piso. Al llegar, la secretaria tocó la puerta y, desde el interior, se escuchó una voz

—Pase. Era la voz de Teo.

La secretaria abrió la puerta y Mili entró. Teo estaba sentado detrás de su escritorio, revisando unos documentos, con el computador a un lado. Al verla entrar, se levantó.

Esta vez, Mili no se fijó absolutamente en nada de la oficina. Su mirada se dirigió directamente a Teo. Estaba impecable, vestía un traje de sastre color azul marino, con una corbata perfectamente anudada, que le daban un aire de sofisticación y magnetismo, muy diferente a como lo había visto anteriormente.

—Señorita Sanz, ¡qué gusto volver a verla! ¡Y qué puntualidad! Usted cumple su palabra.

—Muy buenas tardes, señor Teodoro. Le dije que la puntualidad es una de mis cualidades. Una pregunta: ¿debo seguir llamándolo señor Teodoro por protocolo o puedo decirle Teo? No quiero parecer maleducada, solo quiero conocer las normas.

Teo la miro con una leve sonrisa

—Señorita Sanz… debo decir que… —Se echó a reír—. ¡Mili, por favor, era una broma! Sigo siendo Teo para ti. Si ya siento que te conozco desde hace años.

Mili respiró aliviada y habló en voz alta:

—Menos mal. Me asustó tu broma. No mucho, pero algo. No me asusto tan fácilmente.

Mili levantó la mirada y recuperó la seguridad.

—Por eso eres mi doctora favorita: directa al grano, no te andas por las ramas. Bueno, Mili, tenemos dos horas para que me lo expliques todo, de principio a fin. Te dedicaría más tiempo, pero tengo una reunión importante. Así que ponte cómoda. ¿Quieres tomar algo? ¿Café, té, jugo?

—Whisky, si tienes. Para calmar mi ansiedad; funciona bien en mí.

Teo soltó una carcajada.

—¡Muy bien! Sí tengo whisky —dijo Teo, todavía riéndose—. Ya te sirvo. Yo también me voy a servir uno para acompañarte.




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