Allí estaba el mutante, gravemente herido, a pocos pasos de su camioneta.
Mili lo observó durante unos segundos. Estaba cubierto de sangre, apenas podía moverse y su
respiración era cada vez más débil.
“Tengo que ayudarlo. No puedo dejarlo aquí.”
Se acercó rápidamente y se arrodilló junto a él.
—Dime qué sientes. ¿Puedes hablar?
El mutante abrió los ojos con dificultad. Su voz apenas era un susurro entrecortado.
—Me... me duele la pierna izquierda... No siento el resto del cuerpo.
Mili tragó saliva. Intentó que el miedo no se reflejara en su rostro.
—No te preocupes. Voy a ayudarte. Tenemos que llevarte a un hospital.
Entonces levantó la voz.
—¡Mamá!
La señora Maite, que estaba revisando la camioneta, escuchó el grito y corrió hacia ellos.
—¡¿Qué pasó?!
Al llegar, se quedó paralizada.
—¡Oh, por Dios...!
Se llevó ambas manos a la boca. El horror de la escena la había dejado completamente aterrada.
—Mamá, por favor, cálmate —dijo Mili, intentando mantener la cabeza fría—. Necesito que me
ayudes. Tenemos que llevarlo al hospital.
La señora Maite respiró profundamente y asintió.
—Está bien... ¿En cuál auto?
—En el tuyo. Yo voy a conducirlo y llevaré al herido. Tú me sigues con la camioneta.
—Pero, hija... ¿cómo vamos a moverlo? ¡Está muy mal!
Mili miró al mutante y luego observó su pierna.
—Necesito un palo y algo de ropa. Tiene que haber algo en la camioneta. Búscalo mientras yo lo
examino.
—Voy a revisar mi auto. Allí también tengo algunas cosas.
La señora Maite salió apresuradamente.
Mili volvió toda su atención hacia el mutante.
Con cuidado, examinó su cuerpo. Tenía numerosos hematomas y heridas. La respiración era
irregular. Al llegar a la pierna izquierda, Mili cortó la tela del pantalón.
Se quedó helada.
La herida era mucho peor de lo que había imaginado. Había un fuerte sangrado y el hueso estaba
expuesto.
—¡Dios mío!...
El mutante soltó un gemido.
—Mmm...
Mili levantó la mirada.
—¿Me escuchas?
El mutante apenas pudo mover la cabeza.
—Mili... no quiero morir aquí...le dijo.
Por un instante, ella sintió que el miedo se apoderaba de ella.
Pero no podía detenerse.
—No vas a morir aquí —respondió con firmeza—. ¿Me escuchaste? No voy a dejar que mueras.
En ese momento, la señora Maite regresó cargando varios palos y ropa.
—¡Aquí está! ¿Esto sirve?
—Sí.
Mili tomó los materiales y comenzó a preparar una férula improvisada.
Colocó un palo a cada lado de la pierna herida.
—Voy a mover tu pierna —le advirtió—. Va a doler mucho. Necesito que aguantes, ¿de acuerdo?
El mutante levantó lentamente un dedo.
Era lo único que podía hacer para demostrarle que había entendido.
Mili respiró profundamente.
—A la cuenta de tres...
Lo miró a los ojos.
—Uno...
El mutante apretó los dientes.
—Dos...
Mili sujetó con firmeza la pierna.
—¡Tres!
De un movimiento rápido, estiró la pierna para colocarla en una posición más estable.
El mutante lanzó un grito ahogado y apretó los dientes con todas sus fuerzas. El dolor recorrió
todo su cuerpo.
—¡Aaah...!
—¡Aguanta! ¡Ya casi termino!
Mili colocó rápidamente los dos palos a los lados de la pierna y comenzó a envolverlos con trozos
de ropa. Presionó lo necesario para controlar el sangrado y mantener la extremidad inmovilizada.
Después continuó asegurando el resto del cuerpo, inmovilizando ambas piernas y el torso. Dejó
únicamente los brazos libres.
El mutante estaba cada vez más débil.
Sus ojos comenzaban a cerrarse.
—¡No! —Mili le dio unas pequeñas palmadas en el rostro—. ¡Ey! ¡No te duermas! ¡Mírame!
El mutante abrió nuevamente los ojos.
—Eso... así. Mantente despierto.
Mili se puso de pie.
—Está listo, mamá. Tenemos que llevarlo al auto. ¡No podemos perder más tiempo!
—¿Cómo lo hacemos?
—Yo lo tomo por los brazos. Tú sujétalo por el pecho.
La señora Maite se colocó rápidamente detrás del mutante y pasó los brazos alrededor de su
torso.
—Listo. Lo tengo.
Mili sujetó con fuerza los brazos del herido.
—Bien... a la cuenta de tres.
Miró a su madre.
—Uno...
Ambas tensaron los músculos.
—Dos...
—Yo lo tomo por los brazos. Tú sujétalo por el pecho.
La señora Maite se colocó rápidamente detrás del mutante y pasó los brazos alrededor de su
torso.
—Listo. Lo tengo.
Mili sujetó con fuerza los brazos del herido.
—Bien... a la cuenta de tres.
Miró a su madre nuevamente
—Uno...
—Dos... Finalmente llegaron al auto.
El mutante estaba prácticamente inconsciente.
—¡No te duermas! —le dijo Mili—. ¡Háblame!
No hubo respuesta.
—¡Oye! ¡Mírame!
El mutante abrió los ojos apenas unos centímetros.
—Eso... sigue conmigo.
Entre las dos mujeres hicieron un último esfuerzo.
Abrieron las dos puertas traseras del vehículo. Mili se colocó a la derecha y la señora Maite a la
izquierda.
—A la cuenta de tres —dijo Mili, jadeando.
—Sí.
—Uno...
—Dos...
—¡Tres!
Ambas levantaron al mutante con todas las fuerzas que les quedaban y consiguieron introducirlo
en el asiento trasero.
Lo dejaron recostado.
La señora Maite rápidamente tomó una camisa y se la colocó para cubrir sus heridas más visibles.
Después lo cubrió con una manta.
Mili cerró una de las puertas y corrió hacia la del conductor. Antes de subir, miró una última vez al mutante.
Estaba inmóvil. Demasiado inmóvil.
—Por favor... aguanta.
Cerró la puerta de golpe.
—¡Mamá, ¡Nos vamos!
La señora Maite corrió hacia la camioneta.
El motor del auto rugió.
Mili puso las manos sobre el volante. Su respiración estaba agitada y el corazón le golpeaba con
fuerza en el pecho.
Miró por el espejo retrovisor.
El mutante permanecía tendido en el asiento trasero, inmóvil bajo la manta. Su rostro estaba
pálido y apenas podía escucharse su respiración.
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Editado: 17.09.2026