Ya habían pasado cuatro horas desde que el Mutante había entrado a quirófano.
Mili permanecía sentada en uno de los incómodos asientos del pasillo del área de Traumatología del Hospital Regional, acompañada por su madre. Las luces blancas del hospital parecían más frías de lo normal y el silencio se hacía cada vez más pesado.
Nadie les había dado noticias.
Cada vez que una puerta se abría, Mili levantaba la cabeza esperando ver al médico. Pero siempre era otra persona.
miró el reloj nuevamente. Cuatro horas.
—Dios… ¿qué habrá pasado? —pensó, apretando las manos sobre sus piernas.
Había demasiadas preguntas y ninguna respuesta.
¿Dónde estaban los otros integrantes de la banda?
Cuando la habían dejado, todo parecía haber terminado. El cargamento ya les había llegado y, en teoría, no tenían ninguna razón para quedarse allí. Entonces, ¿qué había ocurrido después?
Mili cerró los ojos por un instante.
“Solo tardé un día en ir a buscar la camioneta.”
“Un día.”
Y cuando finalmente había regresado, había encontrado al Mutante gravemente herido.
Aquello no tenía sentido.
¿Por qué estaba solo?
¿Quién lo había herido?
¿Y qué había pasado con los otros?
Mili tragó saliva.
Por primera vez desde que había llegado al hospital, una idea mucho más inquietante comenzó a rondarle la cabeza.
Tal vez lo que había ocurrido aquella noche no había terminado cuando ellos se marcharon.
Tal vez apenas estaba comenzando.
Las puertas del quirófano se abrieron.
Mili levantó la cabeza de inmediato.
El doctor Santiago salió vestido con su uniforme verde. Después de tantas horas de espera, verlo aparecer hizo que el corazón de Mili se acelerara.
Santiago caminó directamente hacia ellas. Bajo las luces blancas del hospital, el verde de su uniforme hacía resaltar el color de sus ojos.
Mili lo miró fijamente. Estaba pálida y tenía las manos frías.
—Doctor… ¿cómo está el paciente? —preguntó, intentando controlar el temblor de su voz.
Santiago la observó durante unos segundos antes de responder.
—¿Es usted familiar del paciente?
—¡No!
La respuesta salió demasiado rápido.
Mili abrió los ojos, dándose cuenta de su error.
—Es decir… sí. Sí, soy familiar, pero no cercana. Es mi primo.
Su madre abrio mas los ojos.
Santiago también.
Por un instante, el médico pareció analizarla más de lo que ella habría querido.
—El paciente está estable —dijo finalmente—. Fue una cirugía difícil. Durante la operación sufrió un paro cardiorrespiratorio.
Mili sintió que el estómago se le encogía.
—¿Un paro?
—Sí. Logramos reanimarlo, pero debe permanecer en cuidados intensivos. —Santiago hizo una breve pausa—. Dios estuvo de su lado. Unos minutos más y quizá habría sido demasiado tarde.
Mili sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
¿Demasiado tarde?
Intentó mantener el rostro sereno, aunque por dentro las palabras del médico le daban vueltas una y otra vez.
Santiago continuó:
—¿Cómo llegaron aquí?
Mili sintió que el frío le subía desde las manos hasta el rostro.
Piensa. No te equivoques.
Se puso de pie y enderezó los hombros, intentando recuperar la seguridad que había perdido.
—Vine con la ambulancia. Soy médico y trabajo en el Hospital La Concepción.
Santiago arqueó ligeramente una ceja.
Mili sintió que el corazón le daba un vuelco.
Ahora viene la parte difícil.
Había dicho tantas mentiras desde que encontró al Mutante que ya empezaba a perder la cuenta.
Y lo último que necesitaba era equivocarse delante de un médico que parecía observar cada palabra que salía de su boca.
El doctor Santiago se quedó pensativo.
Había algo en el rostro de aquella chica que le resultaba familiar.
¿Dónde la he visto antes?
—Debe ser eso… —murmuró en voz baja—. Seguramente la he visto en algún congreso o en algún hospital.
Mili lo miró con cierta preocupación.
Por favor, que no siga preguntando.
Santiago pareció darse cuenta de que todavía no se había presentado correctamente.
—Muy bien. Me presento. Disculpe que no lo haya hecho antes, pero la situación era complicada. Soy el doctor Santiago Figueroa, traumatólogo de turno de este hospital.
Mili respiró aliviada.
Gracias a Dios. Ya no va a preguntar tanto.
—Un gusto, doctor Santiago. Soy Mili Sanz y ella… —se giró hacia su madre— es mi mamá.
Maite entendió inmediatamente la situación y sonrió.
—Un placer conocerlo. Maite Olivier. Para lo que necesite.
Santiago estrechó la mano de ambas.
Al hacerlo, volvió a mirar a Mili.
Ella había evitado sus ojos durante toda la conversación, como si mirar directamente al médico pudiera delatar alguno de sus secretos.
Santiago lo notó.
—Ustedes no son de esta ciudad, ¿me equivoco?
Mili sintió que se le tensaban los hombros.
¿Hasta cuándo va a preguntar? ¿Acaso no se cansa?
Dejó escapar un suspiro.
Maite la miró de inmediato.
Antes de que su hija pudiera inventar otra respuesta que después tuviera que corregir, intervino:
—Somos de San Martín, una ciudad que está a unas cinco horas de aquí.
—Entiendo.
Santiago miró hacia el pasillo. Afuera ya había oscurecido.
—Bueno, ya es de noche. ¿Dónde van a dormir? No vale la pena que se queden en el hospital. Puedo recomendarles un hotel cerca para que pasen la noche. Mañana pueden venir a ver a Carlos, aunque todavía no puedo decirles cuántos días permanecerá en cuidados intensivos.
—Me parece bien —respondió Maite.
Luego miró discretamente a Mili.
Su hija seguía inquieta, observando hacia ambos lados, como si temiera que alguien pudiera aparecer de un momento a otro.
—¿Qué te parece, Mili? —preguntó Santiago.
#1946 en Otros
#387 en Relatos cortos
#823 en Thriller
romance amor secuestro rehenes, acción drama humor, suspenso aventura riesgo valor misterio
Editado: 12.10.2026