Cuando decidas buscarme

MATEO

A veces me pregunto en qué momento exacto comenzó todo.

Si alguien me hubiera preguntado años atrás cómo imaginaba enamorarme, seguramente habría respondido algo completamente distinto. Nunca fui un hombre particularmente romántico. Mi vida siempre había estado organizada alrededor de cosas concretas: mi familia, mi trabajo, mis estudios, las metas que me había propuesto alcanzar. Creía firmemente que el amor llegaría cuando tuviera que llegar y que, mientras tanto, había asuntos más importantes de los cuales ocuparme.

Por eso, cuando pienso en Leila, todavía me resulta extraño recordar que todo comenzó en una cafetería.

La primera vez que la vi ni siquiera reparé demasiado en ella.

Era una tarde cualquiera. Yo había pasado por mi café habitual antes de dirigirme a casa. El lugar estaba casi lleno, como ocurría todos los días, pero en una mesa junto a la ventana había una mujer que parecía formar parte del mobiliario.

Estaba allí.

Sola.

Con una taza de café que se enfriaba lentamente a su lado.

Y escribiendo.

Siempre escribiendo.

Tenía un cuaderno grueso de tapas oscuras y un esfero azul que movía a toda velocidad sobre las páginas. De vez en cuando levantaba la mirada hacia la calle, observaba algo durante unos segundos y volvía a escribir.

No le presté mayor atención.

Sin embargo, al día siguiente volvió a estar allí.

Y al siguiente también.

La misma mesa.

El mismo cuaderno.

El mismo café.

La misma concentración absoluta.

Fue entonces cuando comencé a preguntarme quién era.

Mi primera teoría fue bastante lógica, pensé que trabajaba para algún periódico. Tal vez escribía artículos o realizaba entrevistas.

Quizá era periodista.

Era la única explicación razonable para alguien que pasaba tantas horas escribiendo.

Incluso llegué a imaginarla recorriendo la ciudad detrás de alguna noticia importante.

Pero conforme pasaban los días esa teoría comenzó a derrumbarse.

Porque había ocasiones en las que se quedaba mirando la hoja durante varios minutos sin escribir una sola palabra.

Otras veces sonreía sola.

A veces fruncía el ceño como si estuviera discutiendo con alguien invisible.

En más de una ocasión la vi reírse por algo que aparentemente solo existía en su cabeza.

Y una tarde incluso la observé llorar.

No era un llanto escandaloso.

Era algo silencioso.

Una lágrima que descendía por su mejilla mientras seguía escribiendo.

Cinco minutos después volvió a sonreír como si nada hubiera ocurrido.

Aquello terminó por convencerme de que estaba un poco loca.

No loca de verdad.

Pero sí de esa manera peculiar que tienen algunas personas que parecen vivir en un mundo distinto al resto.

Y, por alguna razón que todavía no comprendo, aquello comenzó a llamar mi atención.

No debía hacerlo.

No era propio de mí.

Nunca había sido el tipo de hombre que observa mujeres desconocidas en cafeterías.

Jamás.

Pero había algo diferente en ella.

Algo que despertaba preguntas.

Con el paso de las semanas empecé a descubrir pequeñas cosas como que llegaba casi siempre a la misma hora, pedía exactamente lo mismo, a veces escribía durante horas enteras…otras veces apenas llenaba una página.

En ocasiones parecía feliz.

En otras parecía cargar el peso del mundo sobre los hombros.

Era imposible saber qué estaba pensando.

Y eso solo alimentaba más mi curiosidad.

Recuerdo una tarde en particular.

Había llovido durante todo el día y la ciudad todavía estaba cubierta por una ligera neblina. Entré a la cafetería y la encontré en su lugar habitual.

Estaba tan concentrada escribiendo que ni siquiera notó mi presencia.

No sé por qué la observé durante tanto tiempo.

Quizá porque aquella mañana tenía una expresión diferente.

Más triste.

Más vulnerable.

Fue entonces cuando me di cuenta de algo.

Aquella mujer no escribía para trabajar.

Escribía porque lo necesitaba.

Como si cada palabra fuera una forma de mantenerse a flote.

Como si volcara en aquellas páginas cosas que no podía decir en voz alta.

Y fue precisamente en ese instante cuando mi curiosidad dejó de ser simple curiosidad.

Porque por primera vez quise conocerla.

No saber quién era.

No saber a qué se dedicaba.

Quise conocerla de verdad.

Supe que estaba en problemas el día que empecé a buscarla con la mirada al entrar en la cafetería.

Era algo ridículo.

Entraba al local y antes de pedir mi café ya estaba verificando si ella había llegado.

Si no estaba, sentía una pequeña decepción.

Si la veía sentada junto a la ventana, experimentaba un alivio completamente absurdo.

Intenté ignorarlo.

Durante semanas me repetí que era una tontería.

Que simplemente me había acostumbrado a verla.

Nada más.

Pero cada vez era más difícil convencerme.

Porque aquella mujer desconocida comenzaba a ocupar espacios en mis pensamientos que nunca antes habían pertenecido a nadie.

Me preguntaba qué escribía, si vivía sola, por qué a veces parecía tan triste.

Me preguntaba quién era la persona que inspiraba algunas de las sonrisas que aparecían de pronto en su rostro mientras leía páginas antiguas de aquel cuaderno.

Y sin darme cuenta empecé a esperar esos pequeños momentos.

La forma en que mordía distraídamente la tapa del esfero cuando no encontraba las palabras correctas.

La manera en que acomodaba un mechón rebelde detrás de su oreja.

La costumbre de mirar por la ventana cuando estaba pensando en algo importante.

Pequeños detalles.

Insignificantes para cualquiera.

Pero que poco a poco comenzaron a resultarme indispensables.

Lo curioso es que no sentía nada parecido al amor.

Todavía no.

Era algo mucho más simple.



#6394 en Novela romántica

En el texto hay: historia amor, romance

Editado: 16.09.2026

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