Inyectarme dos veces al día… era facil decirlo, hacerlo era un embrollo diferente.
Los primeros días fueron un caos silencioso. El primer pinchazo de la mañana lo daba antes de desayunar, con el sol apenas entrando por la ventana de mi cocina. El segundo, antes de dormir, cuando el cansancio ya me pesaba en los párpados y lo último que quería era ver otra aguja.
Al tercer día, mi abdomen ya no era el mismo. Pequeños moretones morados y verdes salpicaban la piel alrededor del ombligo, como un mapa de todo lo que estaba haciendo. Los contaba cada noche frente al espejo, como si fueran medallas. O cicatrices. No sabía cuál de las dos cosas.
—¿Señorita Lee? —Lucía asomó la cabeza por la puerta de mi despacho el jueves por la mañana—. La junta con los inversionistas es en quince minutos.
—Ya voy.
—Y su padre estará presente, ya esta en la sala de juntas.
—¿Avisó que vendría? no recuerdo haber escuchado nada —dije antes de levantarme.
Lucía negó con la cabeza.
—No, señorita. Solo llegó hace unos minutos. Dijo que era algo relacionado con la junta. —Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Algo relacionado?
—Eso fue todo lo que me dijo.
Miré la hora en la pantalla de mi computadora.
—Bien. ¿Los inversionistas ya están todos en la sala?
—Sí. Solo faltamos nosotras.
—De acuerdo.
Cerré el documento que tenía abierto y tomé mi carpeta de la mesa.
—¿Necesita que le lleve algo más? —preguntó Lucía.
—No. Ya tengo todo lo necesario.
Me levanté y una punzada me atravesó el vientre. No era dolor intenso, pero si era constante, una presión sorda que me recordaba a cada paso que algo estaba pasando dentro de mí. Los ovarios, agrandados por la estimulación, trabajando horas extra.
Caminé hasta la sala de juntas con la espalda recta y la sonrisa en su lugar. Nadie notó nada. Nadie preguntó. Eso era lo bueno de mi reputación: nadie esperaba que Lee Jieun flaqueara. Pero esa noche, en casa, el cuerpo me pasó factura.
Me senté en el sofá con una bolsa de hielo sobre el abdomen. La hinchazón había aumentado. Ya no era solo una molestia sutil, era una sensación de plenitud incómoda, como si algo dentro de mí estuviera empujando hacia afuera. Me había cambiado el blazer por una sudadera holgada y el cabello recogido en una coleta floja. No me reconocía en el reflejo del espejo.
El teléfono vibró.
Jeon Jungkook: ¿Cómo va el tercer día de inyecciones?
Jieun: Bien.
Jeon Jungkook: ¿Solo "bien"?
Miré la pantalla. Odiaba esa pregunta. Odiaba que siempre supiera cuándo estaba mintiendo.
Jieun: Hinchada. Algunos moretones. Nada fuera de lo esperado.
Jeon Jungkook: ¿Dolor?
Jieun: Levemente incomodo.
Jeon Jungkook: ¿Has medido tu temperatura?
Jieun: No.
Jeon Jungkook: Hazlo. Si sube de 38, llámame.
Jieun: ¿Por qué?
Jeon Jungkook: Porque puede ser un signo de hiperestimulación. No es probable, pero quiero descartarlo.
Dejé el teléfono sobre la mesa y fui al baño. Saqué el termómetro del botiquín, me lo puse bajo la lengua y esperé. 37.2. Normal. Respiré.
Cuando volví al sofá, había otro mensaje.
Jeon Jungkook: ¿Y?
Jieun: 37.2.
Jeon Jungkook: Bien. Avísame si cambia.
No respondí. No sabía qué decir. Que me preocupaba, sí. Que me aliviaba, también. Que odiaba necesitarlo, más que nada.
A la mañana siguiente no fue mejor. Me desperté con un dolor más intenso en el lado derecho del abdomen. No era insoportable, pero me hizo doblarme sobre la cama un momento. La hinchazón había subido, mi ropa me molestaba y no quería ni dar un paso fuera de la cama.
Me pasé el día en pijama, con una bolsa de agua caliente sobre el vientre y una serie de documentos de la oficina que había traído a casa para no sentirme completamente inútil.
El sabado paso casi igual y el domingo, Sohyang me escribió.
Sohyang: ¿Estás bien? No te he visto en toda la semana, ¿te tienes autosecuestrada otra vez con el tema de la colaboración? tu padre mencionó que va genial, podrias darte un tiempo con tu amiga. ¿Comemos mañana?
Jieun: Estoy bien. Solo mucho trabajo.
Sohyang: Siempre dices eso.