La voz detrás de la historia
Hay historias que empiezan con un "había una vez".
Esta no.
Esta empieza con dos personas que no debían encontrarse. Con un rojo que quemaba y un verde que callaba. Con una amistad que estaba a punto de romperse y con un silencio que duró demasiado.
Pero no voy a contarles el final.
Ni siquiera voy a contarles el principio.
Porque las historias no empiezan cuando los personajes se conocen. Empiezan mucho antes. Empiezan en las decisiones que otros tomaron por ellos. En las palabras que alguien dijo en el momento equivocado. En los consejos que parecían buenos y no lo eran.
Esta historia empieza con una pregunta.
Una sola.
La misma que se hicieron todos los que estuvieron cerca:
¿Pueden dos personas opuestas amarse sin destruirse?
Unos dijeron que no.
Otros dijeron que sí.
Y unos pocos —muy pocos— decidieron no responder.
Decidieron actuar.
Yo era uno de ellos.
No les diré quién soy. No todavía. No porque quiera esconderme, sino porque esta historia no es mía. Es de ellos. Y merecen que la cuente sin que mi nombre se interponga entre ustedes y lo que ocurrió.
Solo les diré esto:
Yo vi lo que pasó.
Todo.
Lo bueno. Lo malo. Lo que se dijo. Lo que se calló. Lo que se hizo a espaldas de otros. Lo que se hizo a la luz del día.
Y ahora, después de tanto tiempo, he decidido contarlo.
No todo.
Solo lo suficiente.
Solo aquello que merece ser recordado.
Solo aquello que, quizás, pueda ayudar a alguien que esté viviendo algo parecido.
Porque hay historias que se cuentan para entretener.
Y hay historias que se cuentan para que otros no cometan los mismos errores.
Esta es de las segundas.
O de las primeras.
Todavía no lo sé.
Solo sé que empieza así.
Con un rojo.
Con un verde.
Y con alguien, en medio de todo, que un día decidió que era hora de hablar.
Hay quien dice que las historias eligen a quien las cuenta.
Yo no lo creía.
Hasta que esta me eligió a mí.
…