El Color que Dejamos al Mundo

Capítulo 2 — Lo que todos ven

Al día siguiente, el sol salió igual que siempre: claro, brillante, sin rastro de la duda que había quedado flotando en el aire la tarde anterior. Ruby se presentó en la entrada de la universidad a la misma hora exacta, con el cabello recogido con la misma firmeza, los libros bajo el brazo, el paso rápido y decidido. Nada parecía haber cambiado. Pero ella sabía que sí. Algo se había movido por dentro, como una piedra que rueda en el fondo de un río y altera el curso de toda el agua.

Apenas entró, sus amigas la rodearon. Eran tres: las voces que siempre hablaban primero, las que buscaban en ella la respuesta a todo. Ámbar, con su risa fácil y su energía que llenaba cualquier habitación; una chica de cabello dorado que siempre parecía estar a punto de empezar algo nuevo. Luego estaban las otras, que escuchaban y asentían, esperando que Ruby marcara el camino.

—Ahí estás —dijo Ámbar, tomándola del brazo como si hubiera estado esperándola toda la mañana—. Tenemos que hablar. Todo el mundo comenta lo de ayer.

Ruby frunció el ceño, sin detenerse del todo, caminando entre ellas mientras sus zapatos golpeaban el suelo con fuerza.

—¿Lo de ayer? ¿Qué cosa?

—Tú y Oliver —soltó otra, bajando la voz como si dijeran un secreto—. Os vieron hablar en el patio. Bastante rato, dicen.

Ruby sintió cómo el calor le subía de golpe al rostro, no de sonrojo, sino de algo más parecido a la incomodidad. No quería que nadie hablara de eso. No quería que nadie pusiera nombre a lo que ni ella misma entendía.

—No fue nada —dijo, con voz firme, tratando de que no se notara que su pulso se había acelerado—. Solo chocamos. Me dijo algo, yo respondí. Fin de la historia.

—¿Estás segura? —insistió Ámbar, mirándola de reojo—. Dicen que él te miraba de una forma muy… distinta.

—La gente exagera —cortó ella, y apretó los libros contra sí misma con tanta fuerza que las esquinas se le clavaron en el brazo—. No hay nada que contar.

Caminaron unos pasos en silencio. Las otras la miraban, esperando, y ella sintió ese peso de siempre: la responsabilidad de mantener la imagen, de no mostrar grietas, de ser la fuerte, la que lo tiene todo claro. Ámbar volvió a hablar, más suave ahora:

—Sabes que solo nos preocupamos por ti. Él es… bueno, no es como nosotros. Demasiado tranquilo. Demasiado callado. No te conviene, Ruby.

Ella quiso preguntar: ¿Cómo saben lo que me conviene? Quiso decir que no lo conocían, que no sabían lo que había sentido al escucharlo hablar sin exigirle nada. Pero se calló. Porque si lo decía, tendría que explicar más. Tendría que admitir que algo en él la llamaba, y eso sonaba demasiado débil, demasiado indefenso. Así que simplemente asintió.

—Lo sé. No hay nada entre nosotros. Pueden estar tranquilas.

Sus amigas sonrieron, satisfechas. Volvieron a hablar de planes, de fiestas, de personas que conocerían, de cosas que comprarían. Ruby respondía cuando le preguntaban, asentía, hacía un comentario breve de vez en cuando… pero su mente estaba lejos. Se preguntaba si Oliver tendría también alguien que le dijera con quién debía hablar. Si alguien le diría que ella no era la persona adecuada.

A media mañana, coincidieron en la cafetería. Él estaba en una mesa junto a la ventana, con un cuaderno abierto y una taza que no bebía, solo mantenía entre las manos. Cuando la vio, levantó la vista y sonrió, una sonrisa suave, sin prisa, sin esperar que ella se acercara. Ruby dudó. Sus amigas estaban a su lado, hablando animadamente. Si iba hacia él, lo notarían. Si no iba, se quedaría con la duda de qué quería decirle.

—Voy a por agua —dijo de pronto, y se apartó del grupo antes de que pudieran preguntarle adónde iba.

Caminó hacia la mesa de Oliver con el corazón golpeándole fuerte en el pecho. Cuando llegó, se detuvo un instante sin saber cómo empezar. Él cerró el cuaderno despacio.

—Buenos días —dijo, con esa calma que a ella la desarmaba—. Pensé que no me hablarías.

—Mis amigas dicen que no debo acercarme a ti —soltó ella, sin rodeos, sin suavizar las palabras. Quería ver si se asustaba, si se apartaba, si era igual que todos los demás.

Oliver no se inmutó. Inclinó un poco la cabeza.

—¿Y tú qué dices?

La pregunta la tomó desprevenida. Nadie le preguntaba eso. Nadie le pedía su opinión antes que la de los demás.

—Yo… no sé —admitió, bajando la voz, mirando la mesa donde sus dedos se entrelazaban y se apretaban—. No sé qué pensar. Tú me dices cosas que nadie dice. Y no sé si me gustan o si me molestan.

—Es un buen comienzo —respondió él, y sus ojos verdes la miraban con sinceridad—. Al menos estás pensando. Mucha gente nunca lo hace.

—Pero si te hablo, van a hablar de mí —continuó ella, con una mezcla de rabia y tristeza que le subía por la garganta—. Esperan que sea de cierta manera. Que hable con ciertas personas. Que actúe como siempre he actuado. Si cambio… si me desvío… no sé qué pasará.

Oliver hizo una pausa antes de responder. Sus dedos recorrieron el borde de la taza, lento, cuidadoso.

—¿Vives para que estén contentos ellos, o para vivir tú?

La frase le dolió, porque era verdad. Era la pregunta que evitaba hacerse cada mañana al despertar.

—No es tan sencillo —murmuró ella, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de algo que no eran lágrimas, todavía—. Hay lealtades. Hay amistades. No puedo simplemente… irme por otro camino y fingir que no existe nadie más.

—No digo que lo hagas —dijo él, suave—. Solo digo que no tienes que correr siempre detrás de lo que esperan. A veces puedes caminar a tu propio paso.

En ese momento, escuchó la voz de Ámbar llamándola desde la entrada.

—Ruby, ¿vienes?

Ella dio un paso hacia atrás, alejándose de la mesa, sintiendo que la arrastraban de vuelta.

—Tengo que irme —dijo, mirándolo una última vez—. No sé si podré hablarte así otra vez.

—Cuando estés lista, estaré aquí —respondió él, sin reclamarle nada, sin presionarla—. No tienes que correr para llegar a mí.




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