Ruby recorría los pasillos de la universidad con un ritmo que nadie más lograba seguir, ni siquiera ella misma a veces. Cada zapatilla golpeaba el suelo con un sonido seco, decidido, como si estuviera marcando el compás de todo lo que ocurría a su alrededor. Llevaba tres libros apretados contra el pecho, el bolso colgado de un hombro con un nudo que ella misma había hecho demasiado fuerte, y el cabello recogido tan tirante que, si te fijabas bien, podías notar cómo la piel de sus sienes se estiraba levemente. No era vanidad; era la forma que tenía de mantenerse erguida, de no dejar que nada se le soltara de las manos.
La saludaban por todos lados. Compañeros que levantaban la mano, chicas que le sonreían esperando una respuesta, alguien que le decía su nombre desde el otro extremo del pasillo. Ella asentía con la cabeza, movía los labios para devolver el saludo, aceleraba un poco más el paso. Nunca se detenía. Si se detenía, tendría que mirar a los ojos, tendría que preguntar, tendría que escuchar… y escuchar requiere tiempo, y tiempo era lo que ella creía no tener.
Nadie se daba cuenta de que, mientras saludaba, sus dedos apretaban las portadas de los libros hasta blanquearse las yemas. Nadie veía que, cuando llegaba a la esquina y creía que nadie la miraba, respiraba hondo, muy hondo, como si estuviera sacando el aire de un lugar demasiado profundo, demasiado pesado. Nadie notaba que su sonrisa llegaba a los labios pero no bajaba al pecho, donde todo ardía siempre, sin descanso.
Ruby vivía en el fuego, y no sabía cómo salir de él.
Esa tarde, el sol entraba oblicuo por las ventanas largas, dibujando franjas doradas sobre el suelo de baldosa. Ella iba pensando en todo lo que tenía que hacer antes de que anocheciera: entregar el trabajo de historia, responder cuatro mensajes pendientes, organizar la reunión del grupo, llamar a su madre, decidir qué comer… y todo eso, a la vez, en una sola cabeza que no paraba de correr, ni siquiera cuando el cuerpo ya le pedía tregua.
Entonces dobló en la esquina del patio principal y chocó.
No fue un choque fuerte, no hubo caos ni libros por el suelo, pero fue suficiente para detenerla. Alguien no se apartó. Alguien se quedó ahí, firme, tranquilo, y ella chocó contra su hombro como si hubiera topado con un muro que no se enfadaba por estar ahí.
—Perdón —dijo ella, rápida, casi sin mirar, ya dispuesta a rodearlo y seguir.
Pero él no se movió.
—No tienes que correr siempre —dijo una voz suave, sin reproche, sin prisa—. Nadie te va a adelantar.
Ruby se detuvo. Levantó la vista. Y lo vio.
Lo primero que notó fue la calma en sus ojos, un tono verde claro, como hojas que no han sido tocadas por el viento fuerte. Tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta descolorida, y la postura relajada, como si el tiempo no le empujara la espalda igual que a ella. Era Oliver. Lo había visto antes, claro —compartían algunas clases—, pero nunca habían hablado. Nunca habían estado tan cerca.
—¿Cómo sabes que corro para que no me adelanten? —le respondió, con una punta de acidez en la voz, porque no le gustaba que nadie leyera lo que ella no escribía en voz alta—. Quizá corro porque quiero llegar.
Él inclinó un poco la cabeza, sin dejar de mirarla con esa misma serenidad que la desquiciaba.
—¿Y sabes a dónde quieres llegar?
La pregunta la tomó por sorpresa. Abrió la boca para contestar, para decir claro que lo sé, pero las palabras se quedaron atascadas en la garganta. Se dio cuenta de que tenía la mandíbula tensa, de que su respiración se había vuelto entrecortada, de que él la estaba mirando como si realmente esperara la respuesta, no como si simplemente estuviera siendo educado.
—Tengo cosas que hacer —dijo finalmente, desviando la mirada hacia el camino que tenía por delante—. No tengo tiempo para… para este tipo de charlas.
Oliver asintió, despacio, como si no le molestara que ella se cerrara.
—Entiendo. Pero a veces, cuando se va muy rápido, se pasan de largo las cosas que de verdad importan.
—¿Tú qué sabes de lo que me importa? —replicó ella, y su voz subió un poco más de lo que quería—. No me conoces. No sabes cómo es mi vida. No sabes lo que tengo que cargar.
—Es verdad —respondió él, sin alterarse—. No te conozco. Pero veo cómo corres. Y me pregunto si alguna vez te detienes para ver dónde estás.
El sol le dio en ese momento de lleno en la cara, y ella tuvo que entrecerrar los ojos. Sintió algo extraño: no rabia, no exactamente, sino algo parecido a vergüenza, como si él hubiera visto lo que ella mantenía escondido bajo tanta prisa y tanta fuerza. Quiso decir algo cortante, quiso irse, quiso que todo volviera a ser como antes… pero se quedó ahí, con los libros apretados contra el pecho, sin saber qué hacer con esa calma que le llegaba y que, en lugar de reconfortarla, la desorientaba.
—Tengo que irme —murmuró, y esta vez sí dio un paso hacia adelante.
—Cuídate, Ruby —dijo él, suave.
Ella caminó, y luego caminó más rápido, y luego casi corrió. No miró atrás. Pero mientras se alejaba, su nombre, dicho así, sin prisa, sin exigirle nada, le quedó resonando en la cabeza, igual que un eco que no se va.
Llegó a la biblioteca, se sentó en la mesa más alejada, abrió el libro… y no leyó ni una sola línea. Sus dedos recorrían las páginas sin verlas. Su mente se había quedado en ese patio, con esa voz, con esa pregunta que no tenía respuesta. ¿Sabes a dónde quieres llegar?
Apoyó la frente en las manos. Nadie la veía. Y por primera vez en mucho tiempo, dejó que el aire saliera despacio, despacio, como si estuviera soltando algo que llevaba dentro desde hacía demasiado tiempo.
Quizá nadie lo notaba, pero su fuerza era también su trampa. Cuanto más brillaba la llama, más rápido se consumía lo que ardía. Y aquel día, sin buscarlo, alguien había puesto un espejo justo delante de ella. No para quemarla, sino para que viera.