Amara llegó a casa poco antes del amanecer.
No había dormido.
La conversación con Daniel seguía dando vueltas en su cabeza.
Pero había algo que le preocupaba todavía más.
El secreto que él estaba escondiendo.
Amara dejó las llaves sobre la mesa y abrió su computadora.
—Veamos cuánto tardan en caer.
Escribió un nombre.
Sebastián Devereaux.
Su hermano.
Durante años había sido considerado el heredero perfecto de la familia. El hombre que algún día controlaría todo el imperio Devereaux.
Amara había descubierto algo la noche anterior.
Transferencias.
Cuentas ocultas.
Millones de dólares moviéndose entre empresas que oficialmente ni siquiera existían.
Pero todavía no tenía suficientes pruebas.
Por eso había preparado una trampa.
A las nueve de la mañana, una noticia apareció en todos los periódicos digitales.
“Investigan movimientos financieros relacionados con el Grupo Devereaux.”
Amara observó la pantalla en silencio.
Su teléfono comenzó a sonar.
Una vez.
Dos veces.
Después, continuamente.
No respondió.
Sabía quiénes eran.
Sabía que estaban asustados.
Minutos después recibió un mensaje de Sebastián.
“¿Fuiste tú?”
Amara sonrió.
“¿Yo qué?”
La respuesta llegó inmediatamente.
“No juegues conmigo, Amara.”
Ella dejó el teléfono sobre la mesa.
—Primer movimiento.
En la empresa, Sebastián entró furioso a la oficina de su padre.
—¡Tenemos un problema!
Su padre levantó la mirada.
—¿Qué ocurrió?
Sebastián dejó varios documentos sobre el escritorio.
—Encontraron las cuentas.
El hombre palideció.
—¿Cómo?
—No lo sé.
—¿Y quién está detrás?
Sebastián guardó silencio.
Ambos sabían la respuesta.
—Amara —dijo finalmente.
Su padre cerró los ojos.
—Ella no puede saberlo.
—Ya lo sabe.
En ese instante, el teléfono de Sebastián vibró.
Un mensaje.
Una fotografía.
Era él entrando a una de las oficinas donde se manejaban las cuentas secretas.
Debajo aparecía una frase:
“Esto es solo el principio.”
Sebastián levantó lentamente la mirada.
—¿Qué quiere?
Su padre respondió con voz baja:
—Que paguemos.
Esa noche, Amara estaba frente al espejo cuando recibió una llamada.
—¿Sí?
—Señorita Devereaux, tenemos un problema.
—¿Qué clase de problema?
—Sebastián acaba de desaparecer.
Amara se quedó inmóvil.
—¿Desapareció?
—Sí.
—¿Quién se lo llevó?
Hubo silencio al otro lado.
—No lo sabemos.
Amara cerró lentamente los ojos.
Aquello no estaba en sus planes.
Ella quería hacerlo caer.
No hacerlo desaparecer.
Entonces recibió otro mensaje.
“Deja de buscar respuestas, Amara.”
Esta vez no había fotografía.
Solo una última frase.
“La próxima caída será la tuya.”
Editado: 03.09.2026