Amara permaneció en silencio después del beso.
No sabía qué la asustaba más: haberlo permitido o haber deseado que durara.
Daniel se alejó unos pasos.
—Tenemos que hablar.
Amara cruzó los brazos.
—Ahora sí quieres contarme la verdad.
—Toda la que puedo.
—No. Toda.
Daniel la miró durante unos segundos.
Después sacó un sobre de una de las cajas.
—Esto nunca debía llegar a tus manos.
Amara lo tomó.
Dentro había documentos de hacía cinco años.
Los revisó rápidamente hasta encontrar algo que la dejó inmóvil.
—¿Qué es esto?
—El testamento de tu abuelo.
Amara frunció el ceño.
—Mi abuelo murió antes de que yo desapareciera.
—Exactamente.
Continuó leyendo.
Su abuelo le había dejado a ella una parte importante de la empresa familiar.
No a su padre.
No a Sebastián.
A Amara.
—Querían quitarme la herencia —susurró.
Daniel negó con la cabeza.
—Querían mucho más que eso.
Amara levantó la mirada.
—¿Qué significa?
Daniel señaló la última página.
Había una firma.
La firma de su padre.
Y debajo, una anotación:
“Amara debe desaparecer antes de cumplir veinticinco años.”
El aire abandonó sus pulmones.
—No…
Daniel intentó acercarse.
—Amara…
Ella retrocedió.
—Mi padre sabía.
—Sí.
—¿Y mi madre?
Daniel guardó silencio.
Amara comprendió la respuesta.
Una lágrima recorrió su mejilla, pero rápidamente se la limpió.
—Todos me traicionaron.
—No todos.
Ella lo miró.
—¿Tú no?
Daniel se acercó lentamente.
—Yo cometí errores. Te oculté cosas. Pero nunca quise hacerte daño.
Amara bajó la mirada hacia los documentos.
Entonces encontró una última hoja.
No tenía firma.
Solo una frase escrita a mano.
“Si Amara descubre la verdad, deberán eliminar a Daniel.”
Amara levantó la mirada.
Daniel palideció.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Ella le entregó el papel.
Él lo leyó.
Y por primera vez desde que Amara lo conocía…
pareció realmente asustado.
—Tenemos que irnos —dijo.
—¿Por qué?
Daniel la miró.
—Porque si encontraron estos documentos antes que nosotros…
Se escuchó un ruido afuera.
Ambos quedaron inmóviles.
Daniel apagó las luces.
Amara sostuvo su mano.
Esta vez no por deseo.
Por miedo.
Alguien estaba en la casa.
Y había venido por ellos.
Editado: 03.09.2026