Amara seguía mirando la fotografía.
El rostro que aparecía detrás de ella pertenecía a alguien que conocía demasiado bien.
Daniel.
Levantó la mirada lentamente.
—Tú estabas allí.
Daniel no respondió.
—Me dijiste que intentabas salvarme.
—Y lo hice.
—Entonces, ¿por qué apareces en todas las fotografías?
Daniel se acercó.
—Porque nunca dejé de estar cerca de ti.
Amara retrocedió.
—No vuelvas a mentirme.
—No estoy mintiendo.
—¿Entonces qué estás haciendo?
Daniel quedó frente a ella.
—Intentando mantenerte viva.
Amara sintió que la rabia comenzaba a mezclarse con algo que llevaba años intentando enterrar.
Lo odiaba.
O al menos eso quería creer.
—Debería odiarte —susurró.
Daniel la miró fijamente.
—Lo sé.
—Y aun así…
Amara se detuvo.
No terminó la frase.
Daniel se acercó un poco más.
—¿Y aun así qué?
Ella levantó la mirada.
—Aun así no puedo dejar de mirarte.
El silencio entre ambos se volvió pesado.
Daniel rozó suavemente su mano.
Amara no la apartó.
Durante unos segundos, todo lo demás desapareció.
La venganza.
Los secretos.
La familia.
Solo estaban ellos.
Daniel acercó su rostro al de ella, pero se detuvo antes de besarla.
—Dime que me vaya.
Amara lo miró a los ojos.
Podía hacerlo.
Debía hacerlo.
Pero no dijo nada.
Daniel se apartó lentamente.
—Esto es peligroso, Amara.
Ella respiró profundamente.
—Todo lo que me rodea lo es.
—Yo también.
Amara sonrió con tristeza.
—Quizá por eso no puedo alejarme de ti.
Daniel tomó su rostro entre sus manos y la besó.
Fue un beso breve, inesperado y lleno de todo aquello que ninguno de los dos se había atrevido a decir.
Cuando se separaron, Amara cerró los ojos.
Había cometido un error.
Uno que podía costarle muy caro.
Porque acababa de descubrir que vengarse era mucho más fácil cuando no había sentimientos de por medio.
Y ahora tenía uno.
Daniel.
Editado: 03.09.2026