Escuela para Jóvenes Artistas: Ilusionistas y Hechiceros.

Tampoco esperaba ser mejor que un vaken.

JULY BROSSIER

La postura, la técnica, casi no me entendía con mi propio cuerpo; mi nervio fogoso perdido en alguna parte sin llegar a mis manos cada vez que entrenaba cuerpo a cuerpo.

Lo que sí tenía era un buen gancho de derecha y, para la segunda ronda, ya le había partido el labio a mi contrincante.

Tenía la piel empapada en sudor cuando me agaché y giré en redondo, mi rodilla fallando y dejándome a merced del barrido de piernas que me proporcionó Thyra.

Al caer al suelo, lancé una patada y mi pie impactó contra el lateral de su cadera, que apenas se estremeció antes de agarrar mi camiseta y darme un puñetazo en la mejilla. Sentí mi pómulo arder y rodé para huir del siguiente ataque.

Intenté levantarme, pero de un segundo a otro tenía a Thyra bloqueándome uno de los brazos y las piernas; aunque sentía presión en el hombro, mi tren inferior estaba más suelto, lo que sentí más como una oportunidad de aprender a salir de la situación que como un error suyo. Aproveché el vacío entre sus propias piernas al intentar inmovilizarme, hice palanca y conseguí que soltase lo suficiente mi brazo como para invertir la posición y colocarme encima de ella. Anclé sus muñecas por encima de su cabeza y, a horcajadas sobre su cadera, bloqueé con la pierna derecha sus piernas. Estaba agotada, pero cogí la daga de madera de mi cadera y la coloqué cerca del cuello. Aguanté la posición un segundo, hasta que Thyra asintió con la cabeza.

La rubia me pasó mi cantimplora después de levantarse, apenas afectada por el ejercicio. Yo tenía la misma resistencia que una rama seca; los entrenamientos anaeróbicos no eran lo mío, pero si ahí arriba tenía que enfrentarme a alguien, debía ganar yo o la información llegaría a manos equivocadas, y eso significaría una cantidad de bajas que no podíamos permitirnos.

Mi respiración seguía acelerada cuando di un sorbo, viendo a la distancia a la mano derecha de la directora, un hombre bajito, de mejillas regordetas y ojos pequeños, la cara que tendría una rata de ser hecha vaken. Sus cejas pobladas se fruncieron en nuestra dirección, como si el olor de nuestro sudor fuera una ofensa a su traje de tela importada del oeste del continente. Restos del halo de luz resultante de la magia de golems brillaban en su brazo izquierdo. ¿Magia personal, tal vez?

Bajé la cantimplora para verlo mejor, pero el agua se atravesó en mi tráquea y tosí, haciendo que me miraran como a una intrusa en la esterilla. ¿Nunca se ahogaban con su propia saliva?

Cuando volví a mirar hacia el hombre, ya no estaba.

—Deja de ahogarte, aún nos queda trabajo.

Mantuve la mirada en la entrada trasera del castillo antes de dejar la cantimplora a un lado y volver a la postura defensiva base.

Cuando el entrenamiento llegó a su fin, me dirigí a la parte norte del castillo a una clase de estrategia, por pasillos poco apetecibles, reservados a hechiceros. ¿Podía permitirme en pensamientos criticarlos por su bajeza? Por esa falsa sensación de superioridad. Ellos recogían la energía, pero los puentes siempre habían tenido dos partes, y en mi mente podía decir abiertamente que deberían agradecer que pocos de nosotros termináramos el ciclo.

Me asomé a lo que parecía un invernadero y vi a una de las chicas del teleférico junto a un golem de tierra de unos tres metros de altura. Compuesto por tres maceteros enormes a su lado que estaban vacíos. ¿Luccy? Recordaba algo así; llamaba la atención. La «y» finalizando el nombre era una característica de los nombres sovende. Resultaba curioso que una hechicera lo tuviera.

Entré, recorriendo los altos techos de piedra y disfrutando de los ventanales. El cristal era escaso por aquí, debían traerlo de la costa, aunque esa tonalidad azulada, o incluso violeta, tan sutil, no sabía exactamente de qué isla sería.

—Luccy, ¿verdad?

Runas de un intenso color verde se dibujaban sobre el ser de tierra y plantas, emulando una especie de espina dorsal que continuaba por sus extremidades como un esqueleto. Luccy tenía los ojos de un negro completamente mate, sin rastro de blanco. Alrededor de las cuencas de sus ojos, incluidos los pómulos, se encontraban las mismas runas que surcaban los dedos del golem.

Noté un escalofrío y, acto seguido, unas runas de un verde bosque brillante me devolvieron la mirada en el hueco donde deberían estar los ojos del golem.

Luccy nos miró desde él, sonriendo mientras creaba en su mano una flor para mí.

La hechicera parpadeó, dejando caer toda la tierra al suelo. Tomó con su mano terrosa una cucharada de su crema de verduras y la llevó a la boca.

—Y tú, July, ¿no? Eras la que bailaba esa cosa sovende con Niklas —su voz sonaba aireada, perdida en algún lugar entre los golems y la comida.

—No es mi sello —aclaré, un poco fastidiada por las veces que me lo habían mencionado desde el baile.

Ella sonrió divertida.

—No he dicho que lo fuera. Los sovendes sois muy receptivos.

Alcé una ceja.

—En la misma medida que un vaken.

—Bueno, es que en las mejores familias tienen de todo.

Otro golem gruñó desde el otro lado de la habitación, un gruñido tremendamente familiar. Antes de poder reaccionar, el golem de roca y granito ya me tenía acorralada contra la pared, con el brazo de piedra bloqueándome las vías respiratorias.

—Vaya, eso es un poco inoportuno, Nirmala, estaba hablando con esa chica.

La voz pausada y tranquila de Luccy no hacía que pudiera respirar mejor.

—¿No te dije que no te juntaras con escoria sovende? ¿Es que acaso quieres acabar como Ingrid?

Esa voz me sonaba mucho, pero la falta de oxígeno me dificultaba un poco la tarea de pensar.

—Oye, tía, tengo clase en cinco minutos —dije con la voz estrangulada, literalmente.

—Cállate, chupa almas.

—Bueno, yo creo que ahora la que más absorbe eres tú, ¿no? Le estás quitando su derecho a respirar. Y a pisar el suelo.

—Luccy, deja de comer y tráeme la pala, no creo que pregunten por el cadáver de otro sovende.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.