Escuela para Jóvenes Artistas: Ilusionistas y Hechiceros.

Qué sabrosa es la huida.

ADRIK ALZAK

Escupí el trozo de hilo que había cortado de la manga con los dientes. Era agradable sentir el algodón contra la piel en lugar de las pieles de reno que usábamos encima a modo de abrigo, sobre los hombros y cubriendo el vientre bajo.

En momentos como hoy me arrepentía de mi decisión táctica de raparme el pelo.

Es decir, pegado a la pared me sentía más seguro; sabía que mis escasos centímetros de cabello no podían enredarse ni quedar atrapados en ninguna parte, un descuido que podría ser mortal. Pero cuando veía a mis compañeros de infantería con sus largas melenas trenzadas, sentía que el aire ventaba directamente en los recovecos de mi cuero cabelludo, como si alguien soplara en mi nuca de forma personal y arbitraria para molestarme.

Me pasé la mano por la cabeza intentando ahuyentar la imagen. ¿Debería dejarme el pelo algo más largo? No mucho más, solo lo suficiente para entrar en calor. Es que tenía frío.

Me rasqué el ojo; la modorra aún me pesaba. Lo mejor de ser vaken es esa capacidad de velar dentro del sueño, de pensar mientras el cuerpo se repara; esa noche me había entretenido demasiado en una situación específica.

Siendo claros: Thyra se me había insinuado. La cuita era el porqué. Se suponía que tenía un vínculo codependiente con Sven. ¿Era un truco sucio para desestabilizar en el entrenamiento? A mí no me atraía, era una compañera más, así que lo sensato habría sido ignorarla. Siempre he sido un tipo curioso, eso no lo iba a negar. Y la forma en que se interesó por mí me empujó a fisgar qué pasaba entre ellos. No por impulso, que yo controlo mi sed de saber, pero era informante, mensajero... Era vital que conociera cualquier vínculo que afectase a la misión. Esto era un entrenamiento; uno como cualquier otro, solo que este era específicamente de conocimiento del entorno. Oficialmente ya me había dado yo mismo vía libre para investigar por ley vakeniana. Era necesario para el bienestar. Completamente justificado.

Me dejé caer en el banco del almacén de armas. Odiaba los días de inventario pero este asunto prometía salvarme del aburrimiento.

Los integrantes del pelotón fueron llegando uno a uno. Menos Sean e Izam. Estarían peleándose por un mendrugo de pan del desayuno. O escaqueándose, no sería la primera vez.

—Hoy ha refrescado —dije. No era una frase muy sugerente, pero de alguna forma tenía que romper la tensión de la primera hora de la mañana.

El comentario cayó en el silencio más absoluto. Ni siquiera una mirada de reconocimiento.

Alcé las cejas ladeando la cabeza y agarré la primera espada de mi montón, revisando el filo con un suspiro.

Izam apareció empujado con molestia por Sean mientras éste llevaba escondido un brazalete de cobre.

—¿Y eso?

—Nada para vosotros —contestó Sean secamente.

Miré a Izam.

—¿Ya lo has cabreado?

No ocultó su sonrisa ni un poquito.

—Se lo he visto en el macuto de entrenamiento, lo ha hecho él.

Sonreí ladino a Sean.

—¿Y para quién?

—El acero está frío, pero la aleación aguanta —murmuró Kael, pasando el dedo por el filo de su hacha con una precisión obsesiva y cortando nuestra conversación con una mueca despectiva.

Yo asentí, ajustando la correa de mi propia espada.

Nos miramos entre nosotros pero callamos.

Tic, tic, tic, tic, tic...

¿Había una gotera?

Thyra entró en la sala sentándose lejos, tan escorada como le fuera posible, ¿solo quería presencia femenina hoy?

Sven entró segundos después, lanzando miradas entrecortadas a la rubia. Imaginando que no sería tan evidente.

Se sentó de espaldas a mí.

El deslizar de la hoja sobre la piedra de afilar era refrescante para llenar el silencio.

Ups...

Conseguí interceptar una mirada tensa de Thyra hacia Sven antes de volver a dirigirla a su amiga.

Kael volvió a mirarme serio, chistando cualquier intento de comunicación.

No le ofrecí ninguna expresión, volviendo a mi trabajo.

Le tendí la mano a Sean para que me pasase el limpiador de cuero.

Estábamos bastante lejos de las chicas, podía probar una mentira piadosa.

—Oye, Sven —dije, sin levantar la vista de la hebilla —. ¿Has probado el nuevo lubricante en los engranajes del arco? Thyra decía ayer que el tuyo hacía un ruido extraño al tensar.

Sven se tensó, dejando caer la funda con un golpe seco.

—¿Thyra dijo eso? —preguntó, con una voz un poco más seria de lo necesario.

Alcé la mirada.

—Solo comentó que le preocupaba tu desempeño en la misión —respondí, encogiéndome de hombros con la indiferencia de un profesional—. Ya sabes cómo es, todo lo que sea un fallo de seguridad le quita el sueño.

—No es un fallo —masculló él, mirando de reojo a Thyra, que limpiaba unas dagas al otro lado de la sala —. Es solo que... el clima afecta los materiales.

—Claro, el clima —repetí, Sven había hablado un poco alto, puestos a comentar los acontecimientos.

—Deberías dejárselo revisar a Joren —intervino ella por fin, sin mirarnos, con un tono cortante—. Él tiene manos más delicadas para ciertas cosas.

La sala quedó en silencio un segundo. Joren, el gigante del grupo que hasta entonces solo había bostezado, levantó una ceja.

—¿Delicadas? —gruñó Joren, flexionando un brazo del tamaño de un tronco—. Mis manos son delicadas como un martillo, Thyra.

—Ya me has entendido —replicó ella, guardando la daga con un chasquido seco.

Me llevé la mano a la barbilla, fingiendo profundizar en la inspección de mi correa.

Miré la expresión de Sven, apaleada como a un perro. Mis ojos se encontraron con los de Izam justo después. Los suyos brillaban de ansia de contexto. Mi compañero era adicto a los entresijos de los vínculos. Un chismoso. Cuando lo que debería preocuparle era el posible conflicto antes de la simulación. A propósito, ¿existía realmente conflicto? Sí... ¿Verdad?

Me rasqué la nuca. Mejor revisaría las cuerdas.




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