Fuego de Sirena

Capítulo 7: La voz de la Sirena

Un par de horas después, el grupo fue obligado a descender. Los hicieron avanzar entre empujones, tropezando con las raíces húmedas, hasta la orilla del lago, donde los separaron en tres grupos y los ataron a estacas de madera: por un lado los hombres, las mujeres por otro y los guivernos a varios metros cerca del agua, sujetos con cuerdas que les impedían siquiera desplegar las alas.

Vieron cómo los bandidos volcaban los baúles de lady Riegan contra el suelo, rompiendo cerraduras, esparciendo telas, joyas y objetos personales entre la tierra y las raíces. Algunos se disputaban las piezas más valiosas; otros revisaban con prisa, arrojando lo que no les servía.

Lucrecia no apartó la vista. Contaba en silencio, dejando que todo a su alrededor se desdibujara. Las fogatas, las voces y el ir y venir constante quedaron en segundo plano. Después de unos minutos, llegó a una conclusión: al menos cuatro mujeres y once hombres, incluido el que parecía ser el líder de la banda.

—¡Tan pronto me libere de aquí, me las pagaran! —gruñó Nyla, tras lograr sacarse la mordaza con ayuda de la lengua y dientes, casi como un perro rabioso. Forcejeaba con las cuerdas que sujetaban sus manos, pero estas parecían apretarse más mientras se movía.

—No podrás liberarte, es un nudo constructor —avisó una de las bandidas que se probaba un collar de perlas en ese momento—. A los comerciantes de esclavos de Erimos no les agrada que la mercancía vaya lastimada, así que deja de luchar.

Sonya se horrorizó al escuchar esas palabras. No estaba segura de qué le asustaba más: ser vendida como esclava o regresar a Erimos convertida en una.

Los ojos se le llenaron de lágrimas que no se dignó a derramar, pero el terror que le recorría el cuerpo era imposible de ignorar.

—Es un buen botín, Vic. Muchas de estas cosas las pagarán bien los mercaderes de Muir —comentó uno de los bandidos de barba larga y sonrisa rota, dirigiéndose a su líder.

El hombre del gorro asintió sin decir palabra, observando con atención al comandante. Desde que lo habían atado a la estaca, permanecía quieto y taciturno, con un control tan absoluto que cualquiera habría dudado de que se trataba de un prisionero. Muy distinto a sus dos acompañantes, que no dejaban de moverse, en especial el más bajo, que parecía tener un insulto nuevo cada vez que conseguía quitarse la mordaza.

Vic se acercó hasta quedar frente a él y se agachó a su altura. En su mano derecha llevaba la espada que le había robado al comandante.

Dimitri no abrió los ojos. Fingía dormir.

Cuando Lucrecia le había pedido que no hiciera encogerse a su guiverno, él creyó que era por miedo a la caída, pero lo comprendió en el momento en que escuchó su plan. Solo debía esperar su señal y llamar a Cristaluz.

—No es normal ver guivernos volando en el reino, pero agradezco su osadía. Las pieles de esos valen oro en el mercado negro.

Lord Acheron no se inmutó. Siguió fingiendo dormir, aunque los músculos de sus brazos se tensaron y el dolor volvió a punzarle en el hombro.

—Abre los ojos, no estás en tu cama —ordenó Vic mientras le sujetaba la barbilla con rabia y le retiraba la mordaza que le cubría la boca—. Te me haces familiar —añadió después de observarlo durante unos segundos—. Tus facciones no son comunes en Thalassa… y tus ojos… ese color.

Lo soltó como si lo quemara y dio un paso atrás.

—Eres el comandante de Drachen… al que llaman Sangrefiera.

Lord Acheron agudizó la mirada al escuchar el apodo. Lo odiaba.

Los bandidos se detuvieron en seco al escuchar el nombre que Vic había pronunciado.

—¿El Sangrefiera que asesinó a veinte hombres con una botella cortada? —preguntó uno.

—¿El que mató a un batallón de una sola orden y sin armas? —preguntó otro.

—Son solo rumores —replicó Vic—. No crean todo lo que escuchan.

—¿El hombre que puede detener tu corazón con solo mirarte? —se atrevió un chico, acercándose a Dimitri y sosteniendo la mirada que lo atravesó con intensidad—. Al menos uno de esos rumores… es verdad. Es… ¡muy atractivo!

El comandante parpadeó, mientras su ceño se fruncía aún más.

—No digas estupideces, Rob, no quiero que las chicas se distraigan con nuestra nueva adquisición… —ordenó el líder—. Mejor ve a vigilar a las mujeres.

—No es necesario, ya Hubert se está haciendo cargo. No me gustaría interrumpirlo, golpea fuerte.

Vic sonrió con diversión. A Dimitri no le gustó nada esa sonrisa. Sabía que, si desviaba la mirada hacia las mujeres, mostraría debilidad ante el líder, pero aquella expresión…

El pensamiento de lo que podrían hacerles durante la guerra, de que sufrieran como prisioneras, de que a ella le hicieran…, lo arrastró sin remedio. Su control se deshizo por un instante y giró la cabeza.

Lo que vio le cortó la respiración. Hubert acababa de liberar a lady Riegan del tronco y tiraba de ella para ponerla de pie.

—Miren nada más lo que tenemos aquí —se burló, recorriendo con la mirada las prendas que llevaba—. Una noble vestida de pies a cabeza.

Lucrecia intentó apartarse, pero él la sujetó con firmeza de las cuerdas que mantenían sus manos atadas a la espalda.




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