Fuego de Sirena

Capítulo 10: Truenos y lluvia

Era cerca del mediodía cuando las nubes comenzaron a cerrarse sobre ellos. El cielo se volvió gris, y el viento cambió de la calidez del verano a un frío húmedo que se les coló bajo la ropa.

Nadie hablaba, o al menos eso parecía. Más de uno dirigía la vista hacia el frente y la apartaba apenas se cruzaba con la espalda de Dimitri o con Lucrecia sentada detrás de él. Cristaluz continuaba su vuelo como si nada hubiera ocurrido, mientras los demás mantenían una distancia prudente. Nicolás incluso había ofrecido llevar a lady Riegan, pero el comandante se lo había impedido.

Solo Nyla y Lorenz rompían la quietud comunicándose a través de las joyas de ignaril. Él abría la boca, la cerraba y negaba con la cabeza, como si todavía no pudiera creer todo lo que se había perdido la noche anterior por quedarse cuidando a los guivernos.

—¿Él cocinaba? ¿En una cocina? ¿Estamos hablando del comandante Acheron de verdad? —preguntó Lorenz por vigésima vez.

—Se avecina una tormenta, tendremos que bajar —resonó la voz de Nicolás, interrumpiendo la conversación.

—¿Seguro, capitán? ¿Estamos a pocas horas de llegar a Wuste? —preguntó Lorenz.

—Estamos cerca de la frontera —dijo Nyla, repasando mentalmente el mapa que había revisado antes de salir—. Si las tropas de Thalassa nos ven, podrían creer que preparamos un ataque. Dudo que nos den tiempo de enseñar la autorización del rey antes de disparar. Sería demasiado peligroso.

Varias aves que sobrevolaban bajo ellos replegaron las alas y descendieron hacia los árboles cercanos en tierra firme.

—Estamos cerca de peñascos. Ahí podemos resguardar a los guivernos y también a nosotros —sugirió Lucrecia.

—Estoy de acuerdo —dijo Sonya—. Si los pájaros se niegan a volar en medio de una tormenta, nosotros tampoco deberíamos correr ese riesgo.

Dimitri siguió la dirección que Lucrecia señalaba. Un peñasco de roca oscura se alzaba frente a ellos, tan alto que ocultaba parte del cielo mientras las olas golpeaban sus paredes sin descanso. Desde arriba apenas se distinguían las grietas profundas que atravesaban la piedra.

—¡Bajemos! No quiero que Haze se descontrole por los truenos —insistió Sonya, al sentir la incomodidad de su guiverno.

—A Feuer tampoco le gusta mucho el agua —concordó el capitán, preocupado.

El comandante recorrió el cielo con la mirada una última vez antes de tomar una decisión.

—Está bien. Bajemos.

La lluvia caía con fuerza sobre la arena de la playa, y su murmullo se colaba hasta el interior de la cueva. Las gotas que lograban filtrarse del exterior golpeaban la roca con un repiqueteo constante. Cerca de la fogata, los guivernos se habían acurrucado unos contra otros, formando un nido seco y cálido que contrastaba con la humedad del aire. Alrededor del fuego, los Drachenreiters descansaban en silencio o hablaban en voz baja mientras secaban sus capas y revisaban el equipo. De vez en cuando, una risa breve se mezclaba con el chisporroteo de la leña.

—Qué fastidio, esta tormenta nos retrasará. Ya me urge salir de Thalassa; siento que cada día que estamos aquí me pierdo algo importante de mi familia —se quejó el capitán, a regañadientes.

—Para ninguno es fácil estar lejos de los nuestros, Nic —le recordó Nyla, con voz calmada.

—Pero mis hijas... La última vez me perdí la primera caminata de Anna… y Alexandra ya sabe dibujar guivernos ella sola.

La rubia dejó escapar una pequeña risa y negó con la cabeza.

—Siguen siendo garabatos. No te emociones tanto.

Lorenz saltó sobre la alforja y, de un tirón, desató las ollas sujetas a la montura de Geist. El metal tintineó mientras las llevaba hasta la fogata y, sin dejar de silbar una tonada pegajosa, rebuscó entre las sobras de la posada hasta encontrar los ingredientes que necesitaba para improvisar una sopa, dejándolos junto al fuego mientras calculaba qué podía aprovechar de cada uno.

—Surcando cielos cruzaré el mar. No temo al fuego ni a la caída. Si tú, mi llama, me eliges ya. Nada en el mundo me derriba —canturreó Lorenz mientras empezaba a pelar algunas papas.

—¿Es una canción típica de Drachen? —preguntó Lucrecia con curiosidad.

Lorenz dudó un instante antes de responder.

—Lo es, pero no es común que los thalesianos la reconozcan… o la entiendan.

Ella sostuvo su mirada durante unos segundos, sin dejarse intimidar.

—Entonces será una buena oportunidad para comprobar si la entiendo o si usted logra explicarla.

Lorenz hizo una mueca con la boca, molesto. Sonya se llevó una mano a los labios para contener la sonrisa, mientras Nicolás soltaba una risa baja y Nyla se inclinaba hacia la fogata, fingiendo estar concentrada en las llamas.

—Suele cantarse para despedir a los guerreros que parten a la guerra —explicó el hombre, terminando de pelar las papas—. Este clima me la recuerda; casi siempre llueve cuando partimos a combatir.

—No sé si es coincidencia o solo mala suerte —agregó Sonya.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.