El bandido cortando su cabello, sus manos arrancándole la ropa, los cuervos cayendo sobre él, los gritos y, por último, la voz llamándola: «¡Creccia!».
Abrió los ojos de golpe.
El recuerdo de los ojos verdes de Dimitri fue lo último que alcanzó a distinguir antes de que todo desapareciera.
Se incorporó de un salto y hundió las manos en el colchón. La tela áspera se arrugó bajo sus dedos. Permaneció inmóvil unos segundos, respirando con dificultad, hasta que el calor de las mantas le hizo comprender que estaba en una cama.
Miró a su alrededor. La madera tallada en las paredes, la brisa nocturna y un leve olor a humo que todavía impregnaba el aire. Lucrecia frunció el ceño. No conocía aquel lugar.
—¡Milady, ya despertó! —dijo Sonya con una sonrisa aliviada.
Lucrecia reconoció la voz y giró el rostro hacia la morena, sentada junto a la ventana. La luz de la luna le caía sobre el largo cabello crespo, mientras la aguja subía y bajaba con ritmo constante sobre la camisa que descansaba en su regazo.
—¿Dónde estoy?
—Si no me equivoco, se llama la Posada del Ciervo. Está cerca de las afueras de Aigéan. ¿La conoce?
Lucrecia asintió.
—Es la posada de Sam —comentó, admirando los dibujos intrincados tallados en la pared—. Había oído de ella, pero nunca tuve ocasión de visitarla.
—¿Conoce al dueño?
—Sí. Fue uno de los mejores jardineros de nuestra casa. Se marchó hace unos años para montar su propio negocio junto a su esposa. Mi padre de vez en cuando les envía regalos.
—¡Grandioso, milady! Entonces habrá un grato reencuentro —dijo Sonya, llevándose el hilo a los labios y cortándolo con los dientes antes de dejar la tela a un lado.
—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
—Desde ayer en la mañana —respondió la morena mientras dejaba la aguja sobre el regazo—. Salir del bosque nos tomó más tiempo del previsto. Además, el comandante ordenó detenernos para esperar a que usted despertara.
—Comprendo.
—Espero no le moleste tener que compartir alcoba con Nyla y conmigo. La mayoría de las habitaciones estaban ocupadas cuando llegamos.
Lucrecia negó.
—La buena noticia es que recuperamos casi por completo sus pertenencias, así que podrá cambiarse por algo más cómodo si lo desea. Aunque algunas prendas se ensuciaron tras el ataque.
—No hay problema. Es una buena noticia —concordó Lucrecia.
Se llevó una mano hasta su cabello y deslizó los dedos entre las puntas irregulares que apenas llegaban hasta sus hombros. Sus dedos se detuvieron y permaneció así unos segundos antes de bajar la mano.
—Y en cuanto a su cabello… —Sonya hizo una breve pausa—. Puedo emparejarlo si me lo permite. En cuestión de minutos estará listo.
—Gracias. De verdad, aprecio que lo intentes.
—No se preocupe. Soy la encargada de cortar el cabello de Nyla y ella se ve increíble. Usted quedará igual.
Lucrecia sonrió apenas. Sus dedos se aferraron un poco más a las mantas y la expresión se le ensombreció.
—¿Cómo se encuentra Dimi… el comandante? —corrigió, tensando la tela entre sus manos—. Si no mal recuerdo, fue herido en batalla.
—Sí, y no fue el único. Me duele el trasero como si me hubieran golpeado con rocas —añadió Sonya, acomodándose en la silla—. El pobre de Forst también recibió una flecha en el ala. Por fortuna, los guivernos sanan más rápido que los humanos —esbozó una media sonrisa—. No habríamos salido del bosque con uno herido.
—Lamento mucho no haber actuado antes, la venda que me…
—Ni siquiera intente disculparse, milady —la interrumpió, alzando una mano con suavidad—. El comandante nos contó que aquel plan fue idea suya, y, en la situación en la que estábamos, fue precisamente eso lo que nos salvó.
Lucrecia no lo consideraba así, pero de todos modos agradeció sus palabras.
Sonya se puso de pie y estiró los brazos, intentando aliviar la rigidez del cuerpo. Luego se acercó a la cama y dejó sobre el colchón la camisa que acababa de remendar.
—Pero… si desea sentirse menos culpable, puede llevar esto a la alcoba de enfrente —dijo, con una sonrisa ladeada—. El comandante la está esperando desde hace un buen rato y creo que ya me demoré lo suficiente como para ganarme un castigo.
—¿Y piensas que si yo la entrego no te castigaran?
Los ojos de Sonya brillaron como los de un niño que sabe qué hará una travesura. La sonrisa se le ladeó apenas antes de hablar, y por un instante recordó la mano del comandante cerrándose sobre la cintura de lady Riegan cuando estuvo a punto de caer.
—No, estoy segura de que va a hacerlo, pero si usted va en vez de mí, me conseguirá tiempo para poder disfrutar de la comida antes de que él me castigue —dijo, inclinándose apenas hacia ella—. ¿Entonces qué dice? ¿Acepta?

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Editado: 05.11.2026