Fuego de Sirena

Capítulo 9: Tres tragos y dos tés

—¡Por las llamas! —brindaron Nyla, Nicolás y Sonya, chocando sus tarros cargados con el dulzor del licor.

El bullicio llenaba el gran salón de la posada aún a esas horas. El aire fresco del mar se colaba por las ventanas, y el choque de los tarros de madera retumbaba entre las mesas. El fuego de la chimenea daba el calor suficiente para mantener a los huéspedes a gusto.

—No es por nada, pero después de esa captura, Sonya, la capitana Nakar estaría decepcionada.

—No la molestes, Nic. Entrenará más. Además, provocar la ira de la capitana es de temer.

—Provocar la ira de cualquier mujer es de temer, Nyla —aclaró él con tono burlón.

Ambas le dedicaron una mirada de advertencia.

—¡Ven! Se los dije.

Los tres intercambiaron una mirada cómplice y rieron. Ignoraban las miradas que se posaban sobre ellos. Sin armaduras, vestidos solo con pantalones de cuero y camisas de lino negro, pasaban casi desapercibidos, aunque no lo suficiente.

Alguna que otra mirada se quedaba demasiado tiempo sobre ellos. Un hombre dejó de beber para observarlos. Otro murmuró algo entre dientes. Los Drachenreiters continuaron en lo suyo, aunque con un poco más de cuidado al hablar. Después de todo, todavía estaban en Thalassa.

—Quería preguntarles algo —dijo Sonya, con una sonrisa pícara—. ¿No creen que el comandante se comporta extraño desde que salimos de la mansión Riegan?

Nicolás se limpió la boca con el dorso de la mano tras emitir un sonido satisfecho, como si aquel trago hubiera arrastrado consigo todas sus preocupaciones.

Nyla, en cambio, frunció el ceño.

—¿Extraño en qué sentido? —preguntó la rubia.

—Ya saben… distinto. La manera en la que salvó a lady Riegan, por ejemplo. Nos abandonó durante casi media hora mientras se aseguraba de que estuviera a salvo antes de liberarnos.

—Yo creo que hizo lo mismo de siempre —comentó el capitán, encogiéndose de hombros.

—Concuerdo con Nic. ¿No recuerdas la vez que nos capturaron durante la batalla de las costas? El comandante nos rescató, pero nos dejó encadenados durante tres horas mientras leía los planes del enemigo.

—O la vez que caímos en una trampa para animales cuando buscábamos leña el invierno pasado —agregó el capitán—. Estuvimos en esa red casi seis horas antes de que decidiera bajarnos.

—Ahora que lo dices, también recuerdo cuando olvidamos alimentar a los guivernos y casi masacraron un pueblo en su desesperación —añadió Nyla—. Ese día estaba realmente molesto con nosotros. Creo que dejarnos en manos enemigas habría sido más piadoso que tenerlo a él de custodio por una semana.

—Quizás deberíamos retirarnos de este trabajo, no parece que seamos muy buenos —bromeó Nicolás.

—No, esta vez es diferente —insistió Sonya—. Hay algo en su actitud… ¿Cómo es posible que no lo noten?

Los presentes se encogieron de hombros en respuesta.

—¿No hay una pequeña posibilidad de que lo estés imaginando? —preguntó la rubia.

—Quizás… pero si ese fuera el caso…

Sonya no pudo terminar la frase. En su lugar, llevó el tarro a los labios y bebió más de la cuenta.

—Oye, más despacio. Eres la más joven de nosotros; no queremos cargar con dos personas inconscientes —bromeó el capitán al verla terminarse casi todo el contenido de una sola vez—. ¿Qué sucede? No sueles beber así.

Sonya dejó el tarro en la mesa y suspiró con cansancio.

—Creo que el comandante va a castigarme.

Sus amigos intercambiaron una mirada sin entender.

—¿Tan mal le cosiste la camisa? —bromeó Nyla, apoyando el tarro sobre la mesa.

Sonya hizo una mueca y la fulminó con la mirada.

—Ya, dinos, ¿qué fue lo que hiciste para ameritar un castigo del comandante? —insistió la rubia.

—Lo que pasa es…

Un escalofrío recorrió la espalda de Sonya y le robó la voz antes de poder terminar la frase. Echó la cabeza hacia atrás y se encontró con dos ojos esmeralda que la observaban desde la penumbra, fijos y brillantes bajo la sombra del gorro. El ceño apenas marcado y la rigidez de sus labios no dejaban lugar a dudas.

La mano de Dimitri cayó sobre su hombro y se cerró con firmeza. Sonya enderezó la espalda de inmediato.

—Qué bueno que está aquí, comandante, justo hablábamos de usted —dijo Nicolás, moviendo el tarro de un lado a otro, convencido de que lo mantenía firme en el aire.

—¿Y de qué hablaban? —la voz salió cortante.

Nyla se enderezó en la silla al escuchar su tono, luego habló:

—Sonya nos decía que usted iba a castigarla, pero desconocemos el motivo.

Dimitri retiró la mano del hombro de la morena y tomó asiento junto a sus compañeros.

—Tiene razón. A partir de mañana se encargará de alimentar a los guivernos durante tres meses —dijo él, como si hablara del clima—. Además, Lorenz también necesita descansar un poco. Después de todo, es el único que pasará la noche oculto con ellos en el bosque.




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