¡ He matado a mi marido!

Capítulo 2: El cadáver que estornuda.

El estornudo de Sander fue, sin exagerar, el sonido más ensordecedor que Samantha había escuchado en toda su vida. No por su volumen -que fue, en realidad, bastante discreto, casi delicado- sino por lo que significaba: su marido, su supuestamente envenenado, inconsciente y posiblemente fallecido marido, acababa de estornudar con la vivacidad de alguien que simplemente tenía cosquillas en la nariz.

Samantha se quedó paralizada, con la boca abierta y los ojos fijos en el rostro de Sander, esperando alguna señal de que había imaginado ese sonido. Tal vez era el viento. Tal vez era Rodolfo, que tenía un repertorio sorprendentemente amplio de ruidos aprendidos de la televisión. Tal vez -y esto era lo que más deseaba en ese momento- tal vez era una alucinación producto del shock.

Pero entonces Bruno, encantado con la reacción que había provocado, decidió repetir la hazaña: otra lamida entusiasta, directamente sobre la ceja izquierda de Sander.

Y Sander, que ya había perdido toda esperanza de mantener la compostura, soltó una risa que intentó disfrazar de tos, con resultados catastróficos.

-¿Sander? -La voz de Samantha salió quebrada, mezcla de esperanza y una furia que empezaba a gestarse en algún rincón de su pecho-. ¿SANDER?

Él abrió un ojo. Solo uno, como si eso pudiera hacer la situación menos evidente.

-Hola -dijo, con la voz más inocente que pudo fabricar.

Silencio.

Un silencio que Samantha rompió con un grito que hizo que el señor Ferreira, todavía parado en el umbral de la puerta con Valentina bloqueándole el paso, diera un salto hacia atrás.

-¡¿ESTABAS FINGIENDO?! ¡¿TODO ESTE TIEMPO ESTABAS FINGIENDO?!

Sander se incorporó lentamente, todavía con restos de talco blanco en las mejillas, lo que le daba el aspecto ridículo de un mimo a medio maquillar. Bruno, feliz de que su dueño hubiera "revivido", empezó a dar vueltas alrededor de él, ladrando de pura alegría.

-Técnicamente -comenzó Sander, levantando las manos en un gesto conciliador que no engañó a nadie- técnicamente yo solo iba a fingir un desmayo. Lo del envenenamiento y el cadáver y las bolsas de basura industrial fue una interpretación completamente tuya.

-¡¿MI INTERPRETACIÓN?! ¡Estabas tirado en el suelo con un frasco de aspirinas vacío junto a tu mano, Sander! ¡¿Qué querías que pensara?!

-¡Que me había desmayado del cansancio! ¡Es lo que hace la gente normal cuando se desmaya, Samantha, no piensa automáticamente en homicidio!

-¡No soy gente normal, soy tu esposa, y anoche te dije que ojalá te murieras, así que perdóname si mi cerebro conectó ciertos puntos!

En ese momento, Valentina, que había estado observando el intercambio con una mezcla de alivio y una vergüenza ajena monumental, decidió que era el momento de intervenir, aunque fuera solo para salvar lo poco que quedaba de dignidad en aquella sala.

-Eh... chicos... el señor Ferreira sigue aquí.

Todos giraron la cabeza hacia la puerta, donde el vecino, con sus lentes de pasta gruesa y su eterna bata de cuadros, observaba la escena con el mismo fervor con el que otros seguían sus telenovelas favoritas.

-No se preocupen por mí -dijo el señor Ferreira, sin la menor intención de moverse-. Continúen, continúen. Esto está mejor que el canal de novelas.

-Señor Ferreira, de verdad, todo está bien, fue un mal entendido -intentó explicar Samantha, sintiendo que el calor le subía por el cuello ante la idea de que su vecino más chismoso de toda la cuadra hubiera presenciado semejante espectáculo.

-¿Un mal entendido? Escuché que gritaba que había matado a su esposo y que necesitaba bolsas de basura industrial. Eso no suena a "mal entendido", jovencita, suena a los inicios de un documental de crímenes.

-¡No fue así exactamente...!

-Además -continuó el señor Ferreira, ahora dirigiéndose a Valentina con genuino interés periodístico-, ¿usted trajo cinta adhesiva? Eso sí que es sospechoso. Nadie trae cinta adhesiva a una emergencia médica a menos que planee, no sé, sellar algo. O a alguien.

Valentina, que todavía sostenía el rollo de cinta en una mano y la bolsa industrial en la otra, se dio cuenta en ese momento de lo increíblemente incriminatoria que lucía su presencia allí y las escondió rápidamente detrás de su espalda, como si eso fuera a borrar los últimos cinco minutos de la memoria del anciano.

-Yo... esto... vine a ayudar a organizar el garaje -improvisó, con una sonrisa que engañaba a nadie.

-A las cuatro de la tarde, con gritos de fondo, y sin siquiera saludar a nadie al entrar. Muy convincente -el señor Ferreira negó con la cabeza, aunque en su rostro se dibujaba una sonrisa traviesa, como si estuviera disfrutando enormemente de toda la situación-. Bueno, no es asunto mío. Solo vine a asegurarme de que nadie estuviera, ya saben, muerto. Ya que parece que todos están vivitos y coleando, me retiro. Aunque debo decir que esta es la casa más entretenida de toda la cuadra desde que los Martínez tuvieron esa pelea sobre el perro que orinaba el jardín ajeno.

Y con esas palabras, el anciano se retiró silbando alegremente, dejando tras de sí la certeza absoluta de que, para el día siguiente, todo el vecindario sabría -con las exageraciones correspondientes- que Samantha había intentado asesinar a su esposo con la ayuda de su mejor amiga.

En cuanto la puerta se cerró, Samantha se giró hacia Sander con los brazos cruzados y una mirada que podría haber congelado el infierno.

-Espero que estés satisfecho. Ahora todo el vecindario va a pensar que soy una asesina.

-Bueno, técnicamente tú fuiste la que decidió que yo estaba envenenado y necesitaba ser escondido en bolsas de basura. Yo solo me desmayé.

-¡Fingiste desmayarte! ¡Hay una diferencia enorme!

-¿La hay? Porque desde donde yo estaba parado, digo, tirado, ambas versiones terminan conmigo en el suelo y tú entrando en pánico.

Samantha abrió la boca para responder, la cerró, la volvió a abrir, y finalmente, sin encontrar ningún argumento que pudiera contrarrestar la infuriante lógica de su esposo, soltó un grito de frustración pura y se dejó caer en el sofá, cubriéndose el rostro con ambas manos.




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