A las siete de la mañana siguiente, cuando Samantha bajó a la cocina todavía en pijama, con el cabello hecho un desastre y los ojos hinchados de una noche de sueño interrumpido por las vueltas mentales que le había dado al episodio del día anterior, se encontró con una escena que no esperaba: su teléfono, sobre la mesa, vibrando sin parar con una cantidad indecente de notificaciones.
Veintitrés mensajes de WhatsApp. Cuatro llamadas perdidas. Una notificación del grupo del vecindario -ese grupo que ella había silenciado hacía meses porque solo servía para que la señora Elvira compartiera fotos borrosas de gatos callejeros y reclamara sobre los horarios de recolección de basura- con la alarmante cifra de ciento doce mensajes nuevos.
-Ay, no -murmuró, sintiendo que el estómago se le encogía-. No, no, no.
Abrió el grupo con manos temblorosas, y lo que encontró superó cualquier expectativa catastrófica que hubiera podido imaginar.
Elvira Domínguez: Buenos días vecinos, alguien sabe algo sobre lo que pasó ayer en casa de los Castillo??? Mi esposo dice que escuchó gritos como a las 4
Ferreira, Ramón: Yo estuve ahí. No puedo dar detalles por respeto a la privacidad de la familia pero les puedo decir que fue INTENSO.
Elvira Domínguez: Ramón no seas así cuéntanos!!
Ferreira, Ramón: Bueno... digamos que hubo mención de un cadáver, bolsas de basura industrial y cinta adhesiva
Marcela (casa azul): QUÉ
Marcela (casa azul): Espera el marido de Samantha es el piloto no? El que siempre anda con el perrito labrador?
Ferreira, Ramón: El mismo. Ayer lo vi tirado en el piso de la cocina con la cara pálida y Samantha gritando que lo había matado
Elvira Domínguez: DIOS MÍO tenemos una asesina en el vecindario
Marcela (casa azul): Deberíamos llamar a la policía??
Ferreira, Ramón: No hace falta, el piloto está vivo, lo vi caminando esta mañana con el perro, aunque se veía medio raro, como avergonzado
Elvira Domínguez: Entonces qué pasó??? Intento de asesinato??? Le puso algo en la comida???
Marcela (casa azul): Yo siempre supe que esa pareja tenía algo raro, se la pasan gritándose
Nuevo mensaje de Pedro (esquina): Un momento, alguien puede resumirme, me acabo de conectar
Samantha soltó el teléfono sobre la mesa como si quemara, con el corazón latiéndole a un ritmo que ningún cardiólogo hubiera aprobado.
-Sander -llamó, con una voz que oscilaba peligrosamente entre la histeria y la resignación-. SANDER.
Su esposo apareció en la cocina segundos después, todavía en pantalones de pijama y sin camisa, con Bruno pisándole los talones y una expresión de sospecha bien fundamentada.
-¿Qué pasó ahora? ¿Otro cadáver falso? Porque te aviso que no tengo talco de sobra.
-El vecindario entero cree que soy una asesina -dijo Samantha, girando el teléfono hacia él con la pantalla iluminada por el interminable hilo de mensajes-. Léelo. Léelo todo.
Sander tomó el teléfono, y a medida que sus ojos recorrían la conversación, su expresión pasó de la curiosidad al asombro, y del asombro a algo peligrosamente parecido a la diversión, lo cual hizo que Samantha sintiera unas ganas irrefrenables de lanzarle el frutero.
-Esto es oro puro -dijo finalmente, sin poder contener una risa-. "Deberíamos llamar a la policía". Samantha, el señor Ferreira básicamente me convirtió en un caso de la sección de crímenes reales.
-¡NO ES GRACIOSO! ¡Voy a tener que ver a estas personas en el supermercado! ¡En la calle! ¡En la reunión de la comunidad del próximo mes!
-Relájate, seguramente en un par de días se les olvida y encuentran otro escándalo del cual hablar. El vecindario tiene la memoria de un pez dorado, ¿recuerdas cuando pensaron que los Herrera estaban montando una secta porque hacían yoga en el jardín los domingos?
-¡Eso fue diferente, esto es sobre MÍ siendo una posible ASESINA!
Como si el universo hubiera estado esperando el momento perfecto para aumentar la tensión, el timbre de la puerta sonó, seguido de tres golpes rápidos e insistentes.
Samantha y Sander intercambiaron una mirada de pánico mutuo.
-Si es la policía, tú hablas -susurró Samantha.
-¿Por qué yo?
-¡Porque tú eres el que técnicamente no está muerto! ¡Eres la evidencia de mi inocencia!
Sander, resignado, se acercó a la puerta y la abrió, encontrándose no con un oficial de policía, sino con algo mucho peor en la escala de catástrofes domésticas: su suegra, Doña Rosaura, con su característico bolso de cuero color vino aferrado al brazo, sus lentes de sol enormes empujados hacia arriba en su cabello recién peinado, y una expresión de alarma que solo una madre podía fabricar con tanta precisión.
-¡SANDER! -exclamó, empujándolo levemente para entrar, sin esperar invitación alguna, como llevaba haciendo desde el día de la boda-. ¡Estás vivo! Gracias a Dios, gracias a Dios, cuando Marcela me llamó esta mañana pensé que me iba a dar un infarto ahí mismo en el mercado.
-Doña Rosaura, buenos días, yo...
-¡No me digas "buenos días" como si nada hubiera pasado! -La mujer avanzó hacia la sala, buscando con la mirada a su hija, quien se había quedado congelada en el umbral de la cocina, con una expresión que oscilaba entre el horror y la resignación absoluta-. ¡Samantha! ¡SAMANTHA REYES! ¿Me puedes explicar qué está pasando en este matrimonio? ¡Me entero por el chat de la comunidad de que casi matas a tu esposo!
-Mamá, no es lo que...
-¡Siempre te dije que este matrimonio tenía demasiada pasión! ¡Demasiada! Tu padre y yo, en cuarenta y dos años de casados, jamás hemos llegado a niveles de "cadáveres" y "cinta adhesiva". ¡Ni una sola vez!
-Papá se fue a vivir a la casa del lago por tres meses cuando descubriste que había apostado los ahorros en las carreras de caballos -le recordó Samantha, cruzándose de brazos.