La nave Akmir era escoltada por el Devastador hacia uno de los planetas colonia. El enorme monstruo de metal se detuvo a una distancia prudente del mundo mientras el Akmir se acoplaba a una estación de abastecimiento en la atmósfera superior.
El general de la enorme nave se despidió de Thayana. Ella volvió la mirada hacia su tripulación.
—Muy bien —dijo—. Haremos reparaciones y obtendremos provisiones. No pensé que tardaríamos tanto en acabar con esto.
Uran frunció el ceño.
—Me preocupa el hecho de que esa nave tuviera armas capaces de dañarnos.
Werllin asintió.
—Es verdad. Logró romper parte de los escudos y dañó un poco el blindaje. Nada grave, pero no entiendo cómo tecnología antigua fue capaz de hacer eso.
Thayana se cruzó de brazos.
—La reparación llevará un día. Necesito que analicen todos los datos que obtuvieron de la nave. ¿Entendido, Hutan y Werllin?
—Sí, enterado —respondió Hutan—. Fue buena idea enviar sondas a revisar lo que quedó.
—¡Sí, capitán! —añadió Werllin.
Thayana miró hacia Ely.
—Ely, pueden viajar al planeta si quieren.
Sasha sonrió.
—¡Sí, claro! Los brazaletes nos cubrirán.
Jhan le dio un codazo a Arthur.
—Vamos, hombre. No te quedarás como un viejo aburrido, ¿verdad?
—Vamos, señor. No sea testarudo —insistió Arthur.
Ely negó con la cabeza.
—Vayan ustedes. Yo me quedo aquí.
Uran intervino:
—Este planeta es 1,6 veces el suyo. Será más fácil moverse, y el brazalete les ayudará a respirar.
Mina lo miró con curiosidad.
—¿Cómo es eso posible? ¿Vos sí podías vivir sin soporte en la Tierra y yo tengo que usar esto?
—No es tan simple —explicó Uran—. Recuerden que les conté que nuestra especie fue mejorada para adaptarse lo más rápido posible a ambientes similares a Nim.
Arthur levantó una ceja.
—¿Y qué pasa si no uso esta cosa en Nim? Digo, suponiendo que la gravedad no me aplastara.
—En Nim te dolerían los pulmones. Es posible que después de un tiempo te adaptaras, pero te costaría respirar y te llorarían los ojos un poco.
Sasha ya se estaba impacientando.
—¡Mejor vamos!
Ely repitió, más bajo:
—Nada. Vayan. Yo me quedo.
—Como quieras —murmuró Jhan.
El grupo de humanos se retiró. Ely se quedó pensativo junto a Thayana.
Ella habló primero:
—Estamos igual. Yo también me siento inútil.
Ely la miró de frente, con tono serio.
—Dime la verdad. Pudieron enviar a otro en tu lugar a hacer una simple revisión. ¿Por qué te asignaron la misión? Sé que no eres cualquier cosa.
Thayana sostuvo su mirada.
—Te voy a ser sincera. El único motivo por el que estoy aquí es porque querían acabar con una amenaza menor lo más rápido posible. Pero después de darles el primer informe, me ordenaron inminentemente acabar con lo que sea que sea Nergel.
—¿Por qué?
—Tienen miedo de que la amenaza crezca. Si fue capaz de neutralizar las defensas de un miembro del Consejo de Razas, por regla suponen que es una amenaza potencial para cualquiera.
—¿Y el resto del ejército? ¿Sus flotas?
Thayana suspiró.
—Después de lo que pasó con los Taumitas están ocupados cubriendo cada rincón de las fronteras. Por órdenes del Emperador, cualquier amenaza o especie que nos ataque debe ser destruida. No cometer el mismo error de su padre.
—Creí que eran un ejército grande.
—Verás… Luego de la Unificación, después de la guerra entre el Imperio y el Segundo Reino, nos confiamos únicamente a nuestro planeta para evitar un expansionismo que volviera a causar otro conflicto. El ejército actual cuida el espacio de todas las galaxias posibles, y solo algunas tropas protegen las nuevas veintiocho colonias.
—¿Y los demás mundos? ¿Cómo mantuvieron el control del territorio?
—El territorio de trescientas diecisiete galaxias sigue siendo nuestro, pero solo algunos planetas se mantuvieron como granjas o fábricas autómatas controladas a distancia. Otros eran simplemente bases militares de observación.
—Y cuando Nim fue destruido… se quedaron ocultos en esos lugares.
—Exacto. Nos tomó años desempolvar los viejos manuales para reconstruir mundos y retomar la tecnología de control planetario y estelar. Para reconstruir nuestro hogar.
Ely abrió los ojos, sorprendido.
—Espera… ¿entonces pueden crear planetas artificiales?
—No solo eso. También soles o sistemas solares enteros, si se requiere. Pero nunca se puso en práctica a gran escala para no romper el equilibrio universal.
—Y supongo que por eso optaron por crear el Bio Núcleo: para terraformar planetas en vez de construirlos.
Thayana asintió.
—Para nuestra suerte, el nuevo Emperador tiene la misma visión que sus antepasados: no ser sumiso. Recuperar la gloria que alguna vez tuvo nuestra raza.
—Alban… —dijo Ely—. Uran nos contó que el fundador del Imperio se llamaba así.
—Sí. Él es el joven Alban Zor-en Segundo. Sobre sus hombros lleva el peso de la mala decisión de su padre: preferir dejarnos morir y no luchar por nuestro mundo.
—Carajo. La tiene difícil. Y tú… eres su luz.
Thayana cruzó los brazos. Su rostro se oscureció de preocupación.
—Imagina que todos te ven como la protectora del nuevo inicio. Si no logro detener a Nergel, enviarán al grueso del ejército a detenerlo. Y no sabemos qué tipo de armas tenga ni cómo actuará. Imagina que lo matan… pero es capaz de destruir alguno o varios de los nuevos planetas poblados. Habría caos entre los ciudadanos. Eso podría derivar en otro desorden o en levantamientos al ver que sus gobernantes no pueden protegerlos. Imagina cómo mantener la confianza de una raza que intenta resurgir después de que su líder prefirió matarlos sin siquiera preguntar si querían luchar por ellos.
Ely habló en voz baja:
—Por eso hay que detenerlos, ¿verdad?
—Sí. Y de verdad les agradezco su ayuda.
—En la Tierra, Uran nos ayudó. Gracias a él estamos aquí. Sería ingrato no devolver el favor.
—Gracias.
Un rato después, Ely se encontraba solo en su recámara, frente a un monitor. Intentaba establecer comunicación con la Tierra. Tras unos segundos, su viejo amigo Gabriel apareció en pantalla, sonriendo.
—¡Vaya, hombre! ¡Hasta que te acordaste!
—Mi vida, no te llamaba desde que nos divorciamos —bromeó Ely.
—¿Y qué? ¿Cómo te va?
—No tan bien como a vos, señor don asesor, jajaja.
Gabriel se acomodó el traje.
—Ah, sí… ¿qué tal mi nuevo traje elegante? Y no me llamaste por gusto, ¿verdad?
—Pues quería preguntarte cómo están los demás.
—Oscar está bien. Sigue en su taller y se queja de que ya no nos reunimos como hace tres años. A Oliver lo he llamado un par de veces; parece que está entrenando a los nuevos reclutas desde el año pasado.
—A la madre… ¿y el general Steel?
—Disfrutando su retiro.
—¡¿Ya se retiró el viejo?!
—Imagínate. Se retiró hace tres meses. A ver qué día lo vamos a ver.
La voz de Ely se volvió más baja, más pesada.
—Sí… a ver qué día.
Gabriel lo miró con seriedad.
—Ya, wey. Dime por qué me llamaste de verdad.
—¿Te acordás de lo que te decía cuando matábamos máquinas?
—Lo de siempre, me imagino.
—Mirá lo que está pasando. Es grande. No sé si voy a poder ser útil de verdad aquí. Pero si algo nos pasa, quiero pedirte que…
Gabriel lo interrumpió, molesto.
—Ya sé. Formár otro equipo con Oliver y Oscar para ver cómo changados salvamos al mundo. ¿Hasta cuándo vas a seguir con lo mismo?
Ely insistió, la voz cargada de angustia:
—Lo voy a repetir las veces que haga falta. Este tal Nergel es una amenaza grande. No solo para la tierra como fue Erebor. Si este cabrón es una amenaza para ellos, imaginate para nosotros. Por favor, mano… prometeme que si algo pasa puedo dejar en tus manos lo que haga falta.
Gabriel suavizó el tono.
—Siempre. Siempre contás conmigo, cabrón. Pero no te pongas así. No ahora.
—Es que ya no es tan simple. Ahora sí entiendo las ansias de siempre querer ir al frente de Michel. Ya no es tan fácil como cuando no teníamos nada que perder.
Gabriel bajó la voz.
—¿Hasta cuándo les vas a decir lo de Antoni?
Ely miró hacia otro lado.
—No tiene que saberlo. Fuera de Steel y vos, nadie más lo sabe.
—¿Por qué mantenerlo en secreto? ¿Qué malo tiene que sepan que Nadia y vos tienen un hijo?
—No sé. Simplemente no quiero. Solo necesito que ellos vivan tranquilos. Por eso Nadia dejó el ejército: para tener una vida normal.
—¿Y esconderlos fue lo mejor?
—¡No sé!
—¿Cuántos años tiene ya? ¿Cinco?
—Sí.
Gabriel lo miró con firmeza.
—Voy a cumplir mi promesa. Pero haceme el favor y ya no los escondas. Ya no nos persiguen las máquinas. Ya no somos blanco de nadie. Y si llegara a pasar algo, para eso nos apoyamos con los naru. Sea lo que changados esté afuera, vas a poder ganarles. Dejá de llevar el peso vos solo.
Ely respiró hondo.
—Sí… yo creo que ya…
Una señal en el monitor los interrumpió.
—¿Qué es eso? —preguntó Gabriel.
—Es Sasha. Me está llamando.
—Bueno. Hablamos otro día. Pero no seas pesimista. Cuídate. Adiós.
—Igual. Cuídate. Y gracias.
La pantalla cambió. Ahora se veía al grupo en una ciudad extraña, llena de narus.
Sasha habló con entusiasmo:
—¡Ely, tienes que bajar! Está divertido. Los naru se nos quedan mirando bien curiosos.
La voz de Thomas se escuchó al fondo:
—¿Eso no es un poco irrespetuoso?
Mina respondió:
—Nos ven con curiosidad. Supongo que nunca habían visto a humanos.
Jhan levantó una esfera gelatinosa de color naranja claro.
—¡Bajá, no seas aburrido! Además hay de estas cosas que podemos comer. Uran dice que no hay problema, que es inocuo y podemos consumirlo.
Arthur, detrás del grupo, los apuraba:
—¡Oigan, vámonos! Si el abuelo Ely no baja es su problema. ¡Yo quiero seguir probando más cosas aquí!
Sasha rio.
—Me siento pequeño aquí abajo. Es gracioso.
En ese momento, Thayana entró en la habitación de Ely.
—Voy a bajar un momento. Si querés hacerlo, ven.
Ely dudó solo un segundo.
—Bueno… solo un rato.