—¡Por fin llegó el día!
Valeria tiraba de su muñeca por el sendero de piedra y Aria se dejaba llevar, todavía peleándose con la túnica de aprendiz, que le quedaba grande de hombros.
—Que sí, que ya voy.
—¡La magia de verdad, Aria! ¡Hoy!
La plaza estaba llena. Aria buscó una cara conocida entre el gentío y encontró a Caleb en el centro, colocándolo todo con un gesto de la mano: los pergaminos ordenándose solos, las mesas deslizándose hasta su sitio. Al verlas les dedicó una sonrisa cómplice, y algo del nudo que Aria llevaba en el estómago desde la mañana se aflojó un poco.
Entonces las campanas de la torre sonaron tres veces y el bullicio se apagó de golpe.
Su padre dio un paso al frente.
—Ha llegado el día. La magia elegirá hoy a los mentores.
—Aria.
La voz de su padre la alcanzó antes que el silencio. Valeria le soltó la muñeca y Aria dio un paso adelante sintiendo el peso de todo el pueblo en la nuca. La hija del líder. Siempre la primera en todo, quisiera o no.
De entre las sombras del estrado dio un paso al frente Gael.
Aria lo había visto antes, de lejos, como todo el mundo. Nunca así. Nunca sabiendo que venía a por ella. El aire de la plaza se enfrió y el murmullo se apagó solo, sin que nadie mandara callar.
A su espalda oyó a Valeria ahogar un grito.
Aria no se giró. Mantuvo la vista al frente, en esos hombros anchos, en esa mirada que no le concedía nada. El mago más temido de la región. El único capaz de dominar las tres magias — Éterea, Khaos y Ábatos.
Y su mentor.
Nadie aplaudió.
—Valeria —continuó Arthur.
Aria sí se giró esta vez, a tiempo de ver a su prima adelantarse con la cara encendida de pura felicidad.
El que avanzó hacia ella fue Elias. Túnicas de colores suaves, esa sonrisa suya de abuelo bonachón. Medio pueblo sonrió con él.
Y aun así, algo raspó.
Aria no habría sabido explicarlo. Fue el instante en que los ojos de Elias encontraron a Valeria, antes de recorrer al resto de la plaza — una fracción de segundo más, con algo dentro que no encajaba con la dulzura del resto de su cara.
Cuando volvió a mirar, Elias sonreía como siempre. Y Valeria le devolvía la sonrisa más radiante que Aria le había visto nunca.
Con los mentores ya asignados, Arthur alzó la voz.
—Acercaos.
Los aprendices se distribuyeron en dos grupos. Diez a la derecha, bajo la sombra cálida de Elias. Diez a la izquierda, bajo el peso frío de la mirada de Gael.
Entre el público, los murmullos no tardaron en filtrarse.
—Es la hija del líder... ¿con Gael?
—Arthur debería haber intervenido. Ese hombre no es trigo limpio.
Aria escuchó fragmentos mientras se colocaba entre sus compañeros. Los ignoró. O lo intentó.
Gael se plantó frente a su grupo sin sonrisas ni bienvenidas. Los observó en silencio el tiempo justo para que nadie supiera dónde mirar.
—No estáis aquí para sentiros especiales —dijo al fin—. Estáis aquí porque sois los menos malos de un grupo mediocre. La magia Éterea no os pertenece. De momento, solo os tolera.
Silencio absoluto. Algún alumno tragó saliva.
—Empezamos mañana al alba. Los que lleguen tarde, no entran.
Y sin añadir nada más, cruzó los brazos y apartó la mirada.
Aria mantuvo la espalda recta con el estómago encogido. A su lado, un compañero exhaló despacio, como si acabara de recordar que podía respirar.
A pocos metros, el ambiente era otro.
—Queridos alumnos —Elias abrió los brazos—. Hoy empieza el camino más hermoso de vuestras vidas. La magia Éterea no es solo poder: es responsabilidad, es luz.
Varias sonrisas se dibujaron. Valeria, en primera fila, irradiaba felicidad.
—Juntos recorreremos este camino con paciencia. No tenéis nada que temer.
Aria a dos metros de allí pensó en lo que acababa de oír. De momento, solo os tolera.
Más tarde, cuando el gentío se dispersó, Caleb la encontró.
—¿Has visto cómo ha mirado Elias a Valeria?
Aria miró hacia donde su prima reía con su mentor. Elias le estaba explicando algo con las manos y Valeria asentía, encantada.
—Es su alumna. Es normal que la mire.
—No Aria esa no era una mirada normal.
—Son imaginaciones tuyas.
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El salón de Gael estaba en el ala este, al fondo de un pasillo de piedra que no llevaba a ningún otro sitio.
No había ventanales. No había mesas. No había sillas, y nadie se atrevió a preguntar por qué. Los alumnos se quedaron de pie sobre la piedra desnuda, esperando.
Gael los observó un momento largo antes de hablar.
—El tirón ya lo sabéis. Lo que no sabéis es lo que significa de verdad. La magia no elige a los cómodos. Os eligió porque algo en vosotros la inquieta. Eso no es un halago.
Nadie hizo ningún sonido.
—En el antebrazo os saldrán puntos. Uno por cada avance en Éterea. Eso ya os lo habrán contado.
Aria bajó la vista a su antebrazo, liso todavía.
—Lo que no os habrán contado es lo del muslo. —Gael no cambió el tono—. Puntos también. Uno por cada avance real en Khaos, la magia oscura, que también aprenderéis. Ignorar la oscuridad no la hace desaparecer.
—Y en la espalda, la luna. —Hizo una pausa—. Evoluciona igual en todos los magos. Empieza como un filo de luz que se va llenando con cada avance en Éterea. La luna llena significa que la domináis por completo.
Sus ojos recorrieron el grupo despacio.
—Después, para quienes aprenden Khaos, la luna empieza a vaciarse.
El silencio cambió de textura. Más denso. Más frío.
—¿Y si se vacía del todo? —preguntó alguien desde el fondo.
Gael no respondió.
Se giró apenas y dejó caer la tela de la túnica por un instante.