La luna y sus fases ocultas

Los que se quedan

No puede ser...

Lo de anoche seguro fue mi imaginación, las personas no... las personas no vuelven, los muertos están muertos y ya está; no hablan, no acarician.

Pero el olor, la voz susurrando mi nombre...

Llevo días dándole vueltas y no puedo más, necesito preguntarle a alguien.

¿A Gael? No, él me dirá que estoy loca o, peor, se quedará mirándome con esa cara suya y no me dirá nada. Mejor busco a Elias, él es más accesible, seguro que me ayuda.

✦

El aula de Elias todavía olía a las hierbas de la última clase cuando Aria se asomó por la puerta, aunque los demás alumnos ya se habían ido.

—Aria —dijo, levantando la vista con una sonrisa—. Qué sorpresa, ¿buscabas a tu prima? Acaba de irse.

—No —respondió Aria, entrando despacio mientras jugueteaba con el borde de su túnica—. Quería... preguntarle una cosa, si no le importa.

—Claro que no, dime.

Aria dudó antes de soltarlo, intentando que sonara como una curiosidad cualquiera.

—¿Es posible convocar a las almas que ya han partido?

Por un instante, apenas una fracción de segundo, algo cruzó el rostro de Elias; su sonrisa no se movió, pero los ojos sí, con un destello rápido y difícil de nombrar.

Se recompuso enseguida.

—Es una pregunta interesante —dijo, dejando los pergaminos sobre la mesa—. En teoría, se puede, pero no es una magia sencilla —hizo una pausa—. Depende de Khaos y de las formas más profundas, hace falta un nivel muy alto para siquiera intentarlo. Y hay que tener algo claro: si ya cruzaron, si no hay un alma anclada aquí, no hay magia en este mundo que pueda traerlos.

Aria asintió despacio, guardándose cada palabra.

—¿Y por qué quieres saberlo? —preguntó Elias.

—Por nada —respondió Aria, encogiéndose de hombros—. Curiosidad, lo leí en un sitio.

Elias se la quedó mirando, sin decir nada más, con esa sonrisa tranquila que no terminaba de llegarle a los ojos durante un momento que a Aria se le hizo un poco largo.

—La curiosidad es buena —dijo al fin—, pero ten cuidado con lo que lees.

—Lo tendré, gracias, profesor.

Aria salió del aula con el corazón latiéndole raro, se podía, no se lo había imaginado.

Lo que ni ella ni Elias sabían era que, al otro lado de la puerta entreabierta, apoyado contra la pared del pasillo con los brazos cruzados, Gael lo había escuchado todo.

No se movió cuando Aria pasó por delante sin verlo, se quedó allí, mirando la puerta del aula de Elias con el ceño cada vez más cerrado.

Su alumna, preguntándole a Elias sobre los muertos, sobre Khaos.

Algo no encajaba, y Gael llevaba demasiados años vivo como para ignorar cuando algo no encajaba.

✦

El café de la plaza era pequeño y olía a pan tostado y canela, tenía cuatro mesas dentro y dos fuera y, desde que tenían edad para sentarse solos, había sido el sitio donde el grupo terminaba las tardes. Esa tarde estaban casi todos, apretados en la mesa grande del rincón, con tazas humeantes y ese ruido cómodo de las conversaciones que se pisan unas a otras, mientras Aria estaba entre ellos, con Valeria a su lado.

La puerta se abrió y entró Caleb.

—¡Mira quién se ha escapado del sastre! —dijo uno de los chicos.

Caleb sonrió y fue saludando a unos y a otros, con una palmada en el hombro, un comentario y la sonrisa de siempre, hasta que llegó a Aria.

—Aria.

Solo eso, un saludo seco, cortés, vacío, el mismo que le daría a cualquiera, sin la sonrisa de siempre, sin el mote de siempre, sin nada de lo que durante veinte años había sido suyo y solo suyo.

Aria parpadeó.

—Hola —respondió.

La mesa se quedó un segundo en silencio, no mucho, lo justo para que se notara.

Y entonces Caleb rodeó a Aria —pasó por detrás de su silla sin detenerse— y se sentó al otro lado, junto a Valeria.

Fue un gesto pequeño, tonto incluso, una silla, pero Caleb siempre, siempre, se había sentado junto a Aria; desde niños, era una costumbre.

Los compañeros lo notaron, hubo miradas rápidas, de esas que van de una cara a otra buscando confirmación. Nadie dijo nada, pero algo se reacomodó en el aire de la mesa, silencioso y definitivo.

Valeria, en cambio, se iluminó.

No lo pudo evitar: el calor le subió por el pecho, repentino y dulce, y, antes de que pudiera contenerlo, sus labios se movieron solos, apenas un susurro que nadie alcanzó a oír.

La conversación se reanudó poco a poco, pero alrededor de Caleb y Valeria, no de ella. Una compañera que siempre le preguntaba a Aria su opinión sobre todo se giró esta vez hacia el otro lado, mientras otro, que solía guardarle sitio, había acercado su silla al extremo opuesto sin darse cuenta.

Y es que era Caleb, la mano derecha del líder, el que estaba en todo, el que sabía lo que pasaba antes que nadie. Si Caleb se apartaba de Aria, por algo sería, y aunque nadie lo razonó en voz alta, todos, de un modo u otro, se fueron desplazando hacia el otro lado de la mesa.

Aria lo notó, pero no dijo nada, bajó la vista a su taza y le dio un sorbo; lo que fuera que había pedido ya estaba frío. «Será mi imaginación», se dijo.

Al otro lado de la mesa, en mitad de una risa, Valeria se removió un poco en la silla, se llevó una mano disimuladamente a la parte baja de la espalda y se rascó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.