No puede ser… No puede ser… No puede ser…
—Ah... ah...
Poco a poco perdía el aire. Sentía una opresión fuerte en los pulmones, el pecho cerrado, y cada bocanada le entraba más corta que la anterior. Abría la boca y el aire se quedaba fuera.
—Ah... ah... ¿qué hago?
No sabía qué hacer. El tatuaje le ardía en la piel, cada vez más hondo, los pulmones no respondían. La llama de la vela temblaba a su lado.
—¿Me estoy muriendo?.
Lo dijo en un hilo de voz, sin nadie que la oyera. Las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas. Se agarró el muslo con las dos manos y apretó con todas sus fuerzas, clavándose las uñas en la carne, intentando sujetar el dolor antes de que la partiera en dos.
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La celebración del eclipse estaba en su punto más álgido. La plaza rebosaba de gente, de música y de faroles encendidos, y el vino corría de mano en mano.
Caleb ya no podía aguantar más. Llevaba toda la noche con aquella frase del consejero rondándole la cabeza, dándole vueltas sin parar, y cuando vio a Arthur y a Gael apartados, juntos otra vez, algo lo empujó hacia ellos antes de que pudiera pensarlo dos veces.
—Señores.
—¡Caleb! No te había visto. —Arthur se giró, animado por la noche y la fiesta, con una copa en la mano.
Gael, en cambio, seguía con el ceño fruncido. El lazo con Aria le ardía cada vez más fuerte, tirando de él desde algún lugar lejano, y por mucho que intentara mantener la compostura delante del líder, ya no podía ignorarlo. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fijos en algún punto más allá de la plaza.
—¿Gael? —Caleb lo miró.
Gael le devolvió una mirada fría, cortante, de esas que no dejaban sitio a nada más.
Caleb dio un paso atrás sin darse cuenta. Nada bueno podía esperarse cuando Gael ponía esa cara. Por un instante, el miedo que llevaba toda la noche tragándose se le mezcló con otra cosa: la certeza incómoda de que aquel hombre era más poderoso que él, y de que siempre lo sería.
No le gustó sentirse así. Pero no consiguió evitarlo.
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—Ah... ah... por favor, que alguien me ayude.
La voz se le quebró. Ya no le quedaban fuerzas ni para gritar.
De repente, a su alrededor, se levantaron cuatro muros de hielo. Brotaron del suelo de golpe, con un crujido seco, y la encerraron entre ellos.
—¿Qué... qué es esto?
No sabía de dónde salían. Pero lo agradecía, porque poco a poco sentía que el aire volvía a entrar. Que los pulmones le respondían. Que el dolor cedía, despacio, hasta quedarse en un latido sordo.
Entonces, en el frío denso de aquella habitación cerrada de hielo, lo sintió. El olor. El perfume de jazmín.
Se le cortó la respiración otra vez, pero ahora por otra cosa.
—¿Tía? ¿Eres tú?
—Aria. —La voz llegó suave, lejana—. No todo lo que ves es real.
—Tía Seraphina, ¿dónde estás? ¿Por qué me dices esto?
No hubo respuesta. Solo el aire frío, los muros de hielo y aquellas palabras flotando en la habitación mucho después de que la voz se apagara.
No todo lo que ves es real.
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La fiesta se apagaba poco a poco. Los faroles descendían, la música se volvía más suave y la gente regresaba a casa en pequeños grupos, cansada y contenta, con las risas cada vez más bajas por las calles.
Arthur, Elara, Alistar y Valeria volvieron juntos, en silencio, con ese cansancio bueno que deja una noche larga.
Pero al cruzar la puerta de casa, algo los recibió. Frío.
Un frío que no encajaba con la noche templada de fuera. La casa entera estaba helada; el aliento se les escapaba en vaho nada más entrar, Valeria se frotó los brazos sin entender nada.
Elara se detuvo en el recibidor. Algo más la alcanzó: un aroma suave, discreto, agarrado al aire.
El perfume de su hermana.
El mismo que había olido en la sepultura unas horas antes. Se le erizó la piel de la nuca a los brazos.
—¿Aria? —La voz le salió más tensa de lo que pretendía—. ¿Alguien la ha visto esta noche?
Arthur frunció el ceño, haciendo memoria.
—No... no recuerdo haberla visto.
Alistar negó con la cabeza. Valeria, a su lado, también, y por un instante una sombra de culpa le cruzó la cara, porque era verdad: no se había acordado de su prima en toda la noche. Nadie se había acordado.
Hasta ahora.
Elara no esperó más. Subió las escaleras corriendo, recogiéndose la falda con una mano, con el corazón golpeándole el pecho y el aroma de Seraphina siguiéndola por todo el pasillo. Cuanto más se acercaba al cuarto de Aria, más frío hacía.
Llegó a la puerta. La empujó. Se topó con una pared de hielo.
—¿Pero qué...?
Empujó con las manos, con el hombro, con todo el cuerpo. El hielo no cedió. Denso, sólido, imposible. Le quemaba las palmas de frío. A través de él se adivinaba una silueta tendida en el suelo, al otro lado, quieta.
—¡Aria! —Elara golpeó el hielo con los puños—. ¡Aria, contéstame!
Los pasos de Arthur subieron atronando las escaleras.
—¿Qué pasa? —Se detuvo en seco al ver el hielo—. ¿Qué es esto?
—¡Está dentro! ¡Aria está dentro y no responde!
Arthur no lo pensó. Apartó a Elara con suavidad, se plantó frente a la puerta con toda la presencia del líder que era, y su voz salió grave, potente, llena de miedo.
—¡ARIA!
Al otro lado, algo respondió.
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Aria oyó la voz de su padre al otro lado del hielo.
Grave, potente. Esa voz que conocía de toda la vida, la que mandaba callar a la plaza entera con solo hablar. Nunca la había oído con miedo. La voz de su padre buscándola.
Algo en ella respondió.
Los cuatro muros de hielo se agrietaron a la vez y cayeron, deshaciéndose en agua sobre el suelo. Con ellos se fue la poca fuerza que le quedaba.
Se desmayó.
La puerta se abrió de golpe.
Entraron todos a la vez: Arthur primero, Elara pisándole los talones, y detrás Alistar y Valeria. Por un instante nadie se movió. La habitación estaba helada, con charcos de agua donde un momento antes había habido muros, y Aria en el suelo, pálida, inmóvil, con los labios amoratados.