La luna y sus fases ocultas

¿Tia?

Llegaron a casa al caer la tarde, cogidas de la mano y sonriendo; hacía semanas que nadie las veía así.

Caleb estaba en el salón, hablando con Arthur junto a la chimenea.

A Valeria se le iluminó la cara al verlo.

Y sin querer, sus labios se movieron.

—Severath —murmuró, apenas un suspiro.

Caleb se estremeció de golpe, como si una corriente de aire helado le hubiera recorrido la espalda.

—¿Qué te pasa? —preguntó Arthur, acercándose.

—Nada. —Caleb se frotó la nuca, desconcertado—. Un escalofrío, supongo.

Detrás de ellos, Elara había aparecido se paro en la puerta del salón; miraba a las chicas, las manos unidas, las sonrisas, algo en el aire que no sabía nombrar.

Frunció el ceño.

—¿Qué os pasa? —preguntó.

—Nada —respondieron al unísono.

Elara las observó un momento más.

—Siento algo diferente entre vosotras.

Las chicas se miraron y no pudieron evitar la risa.

—Será que hemos tenido un buen día —dijo Valeria.

Elara no respondió, pero no dejó de mirarlas mientras subían las escaleras entre risas.

✦

Caleb alcanzó a Aria al pie de la escalera y en voz baja.

—¿Averiguaste algo del pergamino? —Aria parpadeó.

El pergamino.

Lo había olvidado por completo, entre el hechizo, el lazo, Gael, la celebración. La conversación de la mañana en el sastre le parecía de otra vida.

—Todavía no —dijo.

Caleb la miró un momento de más, pero asintió.

—No lo dejes pasar.

—No.

Aria subió las escaleras con una sensación extraña en el pecho. ¿Cómo había podido olvidarlo? Esa mañana le parecía lo más urgente del mundo, y ahora...

Llegó al corredor y se detuvo.

La puerta del cuarto de Valeria estaba abierta; dentro se oía el agua del baño al fondo, Valeria se estaba lavando antes de la cena.

Aria entró por instinto, no lo decidió, simplemente sus pies la llevaron. Fue directa al cajón de la mesilla, lo abrió despacio, apartó un pañuelo doblado.

Ahí estaba el pergamino.

Lo cogió y lo escondió bajo la túnica en un solo movimiento, tan rápido que ni ella misma se vio hacerlo.

—¿Qué haces?

La voz de Valeria sonó justo detrás de ella.

Aria se giró con el corazón en la garganta y la sonrisa más natural que pudo fabricar.

—Nada. Vi la puerta abierta y entré para asustarte —soltó una risita—. Pero me has pillado tú a mí.

Valeria se rio.

—Eres lo peor —dijo, lanzándole el pañuelo que tenía en la mano—. Venga, baja, que la cena ya casi está.

Aria salió de la habitación riéndose con ella.

Con el pergamino ardiéndole contra las costillas.

✦

La cena fue silenciosa.

No un silencio incómodo exactamente, algo más raro. El aire de la casa había cambiado, de una forma leve, imposible de señalar.
Arthur comía con la vista en el plato. Elara apenas probó bocado, sus ojos yendo de una chica a la otra. Caleb se frotó la nuca dos veces más sin darse cuenta. Alistar, en su extremo de la mesa, era el único que parecía no notar nada.

✦

Cuando la casa quedó en silencio, cerré la puerta de mi cuarto con cuidado y saqué el pergamino de debajo de la túnica.

Me quedé un momento mirándolo, sin desenrollarlo, sentada en el suelo con la espalda contra el catre. El corazón me iba más rápido de lo que quería admitir.

Es solo un pergamino, me dije. Solo voy a mirarlo, solo quiero entender qué le pasó a Valeria.

Lo desenrollé.

Las instrucciones eran simples, demasiado simples para algo que había hecho gritar a Valeria en mitad de la noche.

Una vela. Un hechizo para la llama, y otro para lo que sea que hizo gritar a Valeria.

Encendí una vela y la puse delante de mí.

—Umbra —susurré.

La llama se volvió negra.

Se me erizó la piel de los brazos, una llama negra, quieta, densa, no daba luz, se la bebía.

Sé que debería haber parado ahí, debería haber apagado la vela, devuelto el pergamino y olvidarme de todo.

Pero no lo hice.

Bajé la vista y empecé a leer, despacio, en voz baja:

—Dolmaveth ithar, khaos enari, solveth mir... Y entonces lo sentí.

Un olor.

Fresco, suave, discreto, de esos que no destacan, que no llaman la atención, que podrían ser cualquier cosa.

Pero yo lo conocía, lo conocía de toda la vida, de los abrazos al llegar, de las tardes en la cocina, de cuando me quedaba dormida en el sofá y alguien me tapaba con una manta.

El perfume de la tía Seraphina.

Se me cortó la respiración. La última palabra me temblaba en la boca. La dije.

—...dolun.

Un aire frío recorrió la habitación. La llama negra se inclinó sin apagarse. Y entonces lo sentí; suave, inconfundible, imposible:
Una caricia en el cuello.

—Aria —esa voz.

Me quedé completamente quieta, con los ojos llenándose de lágrimas sin permiso, sin atreverme a girarme, sin atreverme a respirar.

—¿Tía?




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