Nadie sabía nunca cuándo llegaría.
El eclipse no avisaba. No estaba marcado en ningún calendario ni lo anunciaba ninguna campana. Un día cualquiera, la luz del cielo empezaba a cambiar, y el pueblo entero lo sabía a la vez, antes de que nadie abriera la boca.
Esa mañana, a media clase, la luz cambió.
Los alumnos levantaron la cabeza. Gael se calló a mitad de una frase. Fuera, en la plaza, alguien gritó «¡El eclipse!», y por todo el pueblo empezaron a abrirse puertas.
En lo alto, el sol y la luna empezaban a buscarse.
Todos salieron sin que nadie tuviera que decirlo. Las calles se llenaron de gente con la cara vuelta hacia arriba, en silencio, mientras la sombra mordía despacio la luz, hasta que la clara y la oscura se fundieron en una sola corona ardiente.
Por un instante, el pueblo entero contuvo la respiración.
Las dos magias, unidas de nuevo, tal y como contaba la historia.
Entonces el pueblo respondió de la única forma que sabía: con magia.
Brotó por todas partes a la vez. En una esquina, alguien hacía aparecer guirnaldas de luz que se enredaban entre los balcones. Más allá, un grupo gritaba ¡Voreth! y levantaba mesas de la nada. Faroles que se encendían solos, flores abriéndose entre las piedras, telas de colores desplegándose sobre la plaza. Cada rincón sonaba distinto, cada familia con su hechizo, y el aire vibraba más cargado que cualquier otro día del año.
Durante el eclipse, la magia era más fuerte. Todos lo sabían. Lo sentían en la piel.
Cuando la corona empezó a deshacerse y la luz volvió, despacio, a separarse en sol y sombra, Gael bajó la vista hacia su grupo.
—Se suspenden las clases —dijo—. Id a casa.
En el jardín sur, al mismo tiempo, Elias sonreía a sus alumnos.
—Hoy no hay más lecciones, queridos. Disfrutad de la noche.
La fiesta había empezado.
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Cuando cayó la noche, la plaza era otra.
Faroles flotando sobre las cabezas, música saliendo de diferentes sitios a la vez, puestos de comida y de pequeños amuletos, gente bailando, niños correteando entre las piernas de los mayores. La Noche del Eclipse: la celebración de que, una vez, las dos magias habían sido una, y de que en aquel pueblo, y solo en aquel, podían seguir conviviendo.
Alistar estaba junto a uno de los puestos, hablando con Elias, riéndose.
Elara, a unos metros, lo observaba con una taza que no llegaba a probar. Esa misma mañana, en casa, lo había visto encerrado en su cuarto con la cara hundida, destrozado. Así llevaba desde la muerte de Seraphina. Ahora, en cambio, se le escapaban las carcajadas al lado de Elias.
Algo no encajaba.
Se acercó despacio, fingiendo mirar el puesto de al lado, lo justo para alcanzar a oír.
—…¿estás seguro de que Aria no heredó la semilla? —preguntaba Elias en voz baja—. Tú eres su tío, si alguien lo sabe, eres tú.
Elara se quedó muy quieta.
¿La semilla? ¿Qué semilla? ¿Por qué hablaban de su hija? Se inclinó un poco más, sin atreverse a respirar.
—Tía.
Valeria apareció a su lado y le tiró suavemente del brazo. Tenía los ojos algo brillantes y una sonrisa frágil, de esas que cuestan.
—¿Me acompañas a dejarle una ofrenda a mamá?
A Elara se le ablandó algo en el pecho. Olvidó el puesto, la conversación y la palabra que se le había quedado clavada. Cuando volvió a mirar de reojo, Alistar y Elias ya hablaban de la cosecha, tranquilos.
—Claro, cariño —dijo, y le apretó la mano—. Vamos.
✦
Se detuvieron en un puesto pequeño, lleno de amuletos que colgaban de hilos.
Valeria señaló una luna diminuta, dorada, del tamaño de una moneda.
—Esa, a mamá le gustaban las doradas.
La compraron, y Valeria la llevó entre las dos manos, con mucho cuidado, mientras se apartaban del bullicio.
Elara la rodeó con un brazo y pronunció en voz baja:
—Névora vialis.
El aire se abrió ante ellas en una cortina de humo plateado. El mundo se plegó: la música, las luces, el ruido, todo se lo tragó un instante de vértigo. Al otro lado, el silencio.
El cementerio.
La sepultura de Seraphina estaba al fondo, bajo un árbol viejo. Elara dio un paso hacia ella y se detuvo en seco.
Un olor.
Lo conocía. Claro que lo conocía. Era el perfume de su hermana, ese aroma fresco y discreto que Seraphina había usado toda la vida y que Elara reconocería entre mil.
Pero había algo más, debajo. Algo mezclado con él que no debería estar ahí, agarrado al aire alrededor de la sepultura. El tiempo no había conseguido llevárselo.
Era el mismo olor de aquella noche, la noche en que la encontraron en el suelo. Elara se quedó helada, con el corazón golpeándole el pecho.
—¿Tía? —Valeria la miraba—. ¿Estás bien?
—Sí —mintió Elara, con la voz tirante—. Deja la luna, cariño.
Valeria se agachó y colocó la pequeña luna dorada sobre la tierra, despacio, susurrando algo que Elara no alcanzó a oír.
Detrás de ella, Elara no conseguía quitarse de encima aquel olor.
En casa, Aria estaba sola.
Al principio había salido un rato a la fiesta, pero entre el ruido y la gente la asaltó otra vez esa sensación rara: la de estar de más, la de cruzar la multitud sin que nadie la viera. Así que se marchó, y nadie lo notó.
Ahora, con toda la familia fuera, tenía la casa para ella. Era el momento.
Sacó el pergamino de su escondite y encendió la vela en el suelo de su habitación. Le temblaban un poco las manos. A lo lejos se oía la música de la plaza.
—Umbra —susurró.
La llama se volvió negra al instante, más negra y más densa que las otras veces. El eclipse todavía latía en el aire.
Aria no se dio cuenta. Solo quería volver a oír esa voz y entender por fin qué intentaba decirle su tía.
Empezó a leer.
—Dolmaveth ithar, khaos enari, solveth mir dolun.