La luna y sus fases ocultas

Volver a la normalidad

Había pasado una semana.

Una semana desde el entierro, desde el blanco, desde las campanadas, y a Aria le seguía pareciendo imposible. Cada mañana esperaba oír a su tía en algún sitio de la casa, una risa desde la cocina, un comentario cualquiera, mientras preparaba el desayuno. Cualquier cosa.

Nunca pasaba, el silencio llegaba siempre primero.

Dejó la taza en la mesa y se quedó mirando por la ventana. Fuera, el pueblo había vuelto a lo suyo: la gente andando por las calles, los comercios abiertos, los niños corriendo entre las casas de piedra. Todo seguía.

Y eso era lo peor, porque su tía no.

—¿Vas a subir a verla? —preguntó su padre desde el otro extremo de la mesa.

Aria asintió sin apartar la vista de la ventana.

—No la obligues a hablar.

—No pensaba hacerlo.

Su padre sonrió con cansancio.

—Lo sé.

✦

Aria subió las escaleras despacio. Llevaba toda la semana haciéndolo casi cada día, y cada día se encontraba a la misma Valeria. Una Valeria distinta.
Estaba junto a la ventana. Otra vez. Mirando fuera sin ver nada.

—Hola.

Valeria giró la cabeza.

—Hola.

Aria se sentó a su lado. Durante unos segundos ninguna dijo nada; ya se habían acostumbrado a esos silencios.

—Hoy tampoco has ido a clase.

—No tenía ganas.

—Hace una semana que no vas.

—Lo sé.

Aria bajó la mirada. Quería ayudarla, pero cada vez que lo intentaba se encontraba con una puerta cerrada.

—Te están esperando.

—Ya volveré.

Aria le miró el perfil, Valeria se veía cansada, como quien duerme poco y le da vueltas a algo que no piensa contar.

—Vale —dijo. Valeria la miró.

—¿Vale?

—Vale.

Y apareció una sonrisa, pequeñísima, pero real.

—Eres rara.

—Lo sé.

La sonrisa se fue tan rápido como había llegado,y el silencio volvió.

✦

Aquella misma tarde llamaron a la puerta.

Abrió Alistar. Al otro lado estaba Elias, con esa sonrisa tranquila de siempre y las manos entrelazadas a la espalda.

—Vengo a ver cómo está Valeria.

—Claro, pasa.

Dos frases de cortesía, como las de cualquier vecino, pero las miradas se las sostuvieron un segundo de más.

Alistar se apartó para dejarlo entrar, llamó a su hija desde la escalera, cogió el abrigo y salió. Tenía cosas que hacer, dijo. La puerta se cerró detrás de él sin prisa.

Valeria bajó y se encontró a su mentor en la sala pequeña.

—Llevas una semana sin aparecer por clase. Ella apartó la mirada.

—Lo siento.

—No he venido a regañarte. —Ese tono suyo que lo hacía todo razonable—. Solo quería saber cómo estabas.

Se sentaron y estuvieron un rato hablando de cosas sin importancia: las clases, el pueblo, el tiempo. Nada que importara de verdad. Y justo por eso Valeria se fue relajando sin darse cuenta.

Hasta que se acordó.

—Profesor...

Elias levantó la vista.

—La noche del entierro hice el echizo del pergamino-. No cambió de expresión.

—¿Lo lograste?

—Al principio nada. —Valeria jugueteó con los dedos—. Pero después apareció algo, una sombra, sin forma; solo estaba ahí, mirándome.

Elias frunció un poco el ceño.

—Qué extraño.

—¿Extraño?

—¿Estás segura de que seguiste bien las instrucciones? ¿Todas?

Ella dudó. Solo un segundo. Pero dudó.

—Creo que sí.

Elias suspiró.

—No te preocupes, la cabeza nos juega malas pasadas cuando pasamos por un dolor así.

Valeria no respondió. Porque una parte de ella sabía que eso no era verdad.

Ella sabia lo que habían visto sus ojos.

Cuando Elias se marchó, el sol ya se estaba escondiendo. Valeria se quedó junto a la ventana un buen rato, dándole vueltas a lo mismo sin encontrar nada.




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