La luna y sus fases ocultas

Y entonces el pueblo se vistió de blanco

El patio del ala oeste se iba vaciando entre voces y el roce de las túnicas sobre la piedra. Valeria recogía sus cosas del banco sin prisa, todavía con la sonrisa puesta de algo que había dicho una compañera un momento antes.

Notó los pasos antes de oír su nombre.

—Valeria.

Elias venía cruzando el patio con su calma habitual. Traía un pergamino enrollado entre los dedos.

—¿Qué es eso?

Se lo tendió.

—Algo para ayudarte con Khaos.

Valeria lo cogió. Era más ligero de lo que esperaba, atado con un cordel fino, sin sello ni marca de nadie. Le dio la vuelta entre las manos buscando algo que le dijera de dónde salía.

—Por cierto —dijo Elias, ya girándose a medias—, hace un rato he visto a Gael llevando a Aria a la curandera.

Valeria levantó la vista de golpe.

—¿Qué ha pasado?

—No sabría decirte.

—¿Está bien?

Elias abrió una mano, despacio, como si la respuesta no estuviera en él.

No esperó más. Cogió el zurrón del banco, metió el pergamino dentro y echó a correr.

Cruzó el claustro, bajó los escalones de dos en dos y tomó el corredor largo con la respiración ya rota, pensando solo en su prima.

★

Cuando llegó, Aria ya estaba despierta y sentada en el borde de la cama. Valeria se quedó un rato de pie a su lado, sin soltarle el brazo, hasta que su tío empezó a recogerle el pelo y a buscarle los zapatos por el suelo.

Caleb se levantó de la silla. Le lanzó una mirada breve y luego miró hacia la puerta.

No hizo falta hablar, Valeria salio al corredor.

Él cerró detrás de sí, despacio, y se giró hacia ella.

—Cuida de ella.

No era una pregunta.

Valeria lo miró. Tenía las mangas todavía subidas y una marca de polvo en el antebrazo, de haber venido corriendo desde donde estuviera.

—Dicen que levantó un muro. —Bajó la voz—. Que aguantó diez segundos enteros. Que estaba destrozada y aun así...

Se calló. Sacudió la cabeza. Valeria no respondió.

El silencio se quedó ahí, un poco más largo de lo que hacía falta. Caleb levantó la vista.

—¿Estás bien?

—Sí. —Sonrió—. Claro que cuido de ella. Es mi prima.

★

Casi era de noche cuando subían por el sendero camino a casa. Arthur y Elara llevaban a Aria uno a cada lado, y Valeria caminaba detrás.

Las calles estaban tranquilas. Un vecino los saludó desde una ventana y su tía levantó la mano sin parar de andar.

Valeria se adelantó a abrir la puerta y se quedó parada. Su madre estaba en el suelo.

No había nada roto a su alrededor, solo ella, en mitad del recibidor, con los ojos apagados.

No podía moverse y la voz no le salía.

—¿Qué pasa? —dijo Elara entrando tras ella, se paró en seco al ver la imagen.

Era su hermana, su única hermana. Se lanzó hacia ella, le tomó la cara entre las manos y bajó la cabeza intentando escuchar un latido o un suspiro, pero no hubo respuesta.

—Seraphina... Por favor, responde. No me hagas esto.

La llamó otra vez, más bajo, y apoyó la frente contra la de su hermana mientras empezaban a rodar las lágrimas.

Detrás, Arthur sujetaba a Aria por el brazo, pero ella le apartó la mano y se acercó a Valeria, que seguía sin moverse.

Se oyeron unos pasos en la calle.

—¿Por qué estáis aquí parados? —dijo Alistar, siguiendo la mirada de los demás.

Y la vio: su mujer en el suelo, su cuñada abrazándola, llorando en silencio.

—No. No, no.

Fue hacia ella, se arrodilló a su lado y le cogió la mano entre las suyas, y cuando levantó la cabeza tenía los ojos húmedos y rojos.

Valeria lo miraba desde la puerta, todavía con la mano en el picaporte.

★

Las campanadas empezaron poco después, lentas y espaciadas, resonando sobre los tejados como siempre habían echo cuando alguien de alto rango dejaba este mundo.

En la plaza, dos vecinos se pararon a escuchar.

—¿Cuándo fue la última vez?

—No me acuerdo. Años quizá. —El otro miró hacia el cielo—. ¿Quién habrá sido? Una mujer mayor se persignó despacio.

—Que descanse en paz.

El sonido siguió llenando el aire un buen rato. Dentro de la casa, Valeria levantó la cabeza.

Hasta ese momento había estado mirando el suelo sin ver nada, pero las campanadas le llegaron limpias, una detrás de otra, y con ellas la cuenta de por quién doblaban. Soltó el picaporte. Le costó, tenía los dedos agarrotados de tanto rato en la misma postura, y al abrirlos le temblaron.

★

No pudo pegar ojo, no recordaba lo que había pasado después, solo a Aria ayudándola a subir a su cuarto, metiéndola en la cama y arropandola.

Abrió el ropero y sacó aquel vestido que estaba al fondo. Nunca imaginó que llegaría el día en que se lo pusiera y muchos menos por su propia madre.

Se lo puso sin darse cuenta, con el cuerpo moviéndose por inercia, y cuando terminó se quedó mirándose en el espejo.

—Es demasiado blanco —susurró.

Era de satén, de un blanco tan puro que al darle la luz cegaba. La puerta se abrió y entró Aria, también de blanco.

—Es la hora.

Valeria asintió y salieron.

★

Las calles también vestían de luto. De las ventanas colgaban sábanas blancas y los postes iban adornados con guirnaldas del mismo color. Nadie lo había mandado ni hacía falta que nadie lo dijera: cuando alguien se iba, el pueblo se vestía de blanco y ya está.

A Valeria le sorprendió la cantidad de gente que acudió al entierro. Conocía a la mitad de vista y a la otra mitad de nada, y aun así todos habían venido, y todos parecían saber quién era su madre mejor que ella en ese momento.

Le llegaban trozos sueltos por delante y por detrás; que si la sonrisa, lo amable que era, que si cómo puedo ser tan de repente, así sin avisar.

Su padre estaba en primera fila con la cabeza baja. La gente se le acercaba de uno en uno, le apretaba el brazo, le decía lo siento en voz baja, y él asentía cada vez.




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