Cuatro años.
Cuatro años viendo cómo los demás avanzaban mientras ella sentía que corría sobre arena movediza - mucho esfuerzo, poco terreno ganado.
El patio olía igual que el primer día. A tierra batida y a energía contenida.
Pero ahora las marcas en el suelo eran más profundas, más numerosas.
Gael estaba de pie en el centro, con los brazos cruzados, mirándole el antebrazo.
Dos puntos.
-Dos -dijo, con una voz que no necesitaba subir para llenar el patio entero.
Aria mantuvo la vista al frente. A su alrededor, nadie se atrevía a mirarla.
-Cuatro años -continuó Gael, despacio-. Tus compañeros llevan entre cinco y seis puntos. Hay tres con luna creciente en la espalda. Y tú tienes dos.
-Lo sé.
-No te he preguntado si lo sabes.
Silencio.
Gael dio un paso hacia ella.
-No duermes. Se te nota. Llegas antes que nadie y te vas la última y aun así tienes dos puntos. ¿Sabes lo que eso significa?
Aria apretó la mandíbula.
-Que no soy suficientemente buena.
-Que algo en ti se resiste. -La miró un momento, con esos ojos que no regalaban nada-. Y lo que se resiste con esta fuerza, cuando por fin cede, no lo hace a medias.
Se dio la vuelta y volvió al centro del patio.
-Dividíos. La mitad lanza, la mitad contiene. Velrath. Ahora.
El grupo se separó sin demasiada discusión. Aria quedó del lado de los que contenían.
El primer hechizo la alcanzó antes de que pudiera prepararse del todo, una descarga que la golpeó en el hombro y la hizo retroceder dos pasos. El segundo llegó casi enseguida. Luego otro. Levantaba los brazos, intentaba canalizar el hechizo, pero era como intentar detener el agua con las manos abiertas. Algo pasaba siempre. Algo se escapaba.
Al quinto impacto cayó de rodillas. Se levantó. Al octavo, tardó más en hacerlo.
A la novena vez se quedó un momento en el suelo, con las manos apoyadas en la tierra y la respiración entrecortada, hasta que unos pasos se acercaron despacio.
Gael se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos.
Aria levantó la vista. Tenía el pelo pegado a la cara y los brazos temblando.
A su alrededor, sin que nadie lo hubiera ordenado, los hechizos se habían detenido. El aire se quedó quieto. Solo se escuchaba de fondo el murmullo lejano de otras clases y entre ellas, distinguible aunque lejana, la risa de Valeria.
Gael lo notó. Aria también.
Sus ojos no se apartaron de los de ella.
-¿Y tú eres la hija del líder?- Nada más.
Aria sintió algo moverse dentro. Se levantó. Extendió las manos.
-¡Velarius!.
El muro apareció de golpe; alto, denso, sólido, como si siempre hubiera estado esperando ahí dentro. Varios alumnos retrocedieron un paso.
Alguien ahogó un sonido.
Aguantó diez segundos enteros antes de que Aria lo sintiera desvanecerse. Y entonces sus rodillas cedieron.
-Lección terminada.
★
Después hubo trozos. El suelo alejándose, unos brazos debajo de ella y una túnica que olía a piedra fría. El patio pasando de lado, y el silencio de veinte personas que la miraban sin decir nada.
Una puerta, hierbas, manos que no eran las mismas.
-Tiene el tercer punto.
Unos pasos que se paraban y un "ya" que sonaba a muy lejos. Después nada.
★
Aria abrió los ojos despacio.
El techo era blanco, olía a hierbas medicinales y a madera limpia. Por la ventana entraba una luz suave de tarde que le dijo que había dormido más de lo que pensaba.
-Ya era hora -dijo una voz a su derecha.
Caleb estaba sentado en la silla junto a la cama, con los brazos cruzados y una expresión que intentaba parecer tranquila sin conseguirlo del todo.
Detrás de él, Arthur y Elara, de pie, con esa forma de estar que tienen los padres cuando llevan horas esperando y no saben muy bien dónde poner el miedo.
La puerta se abrió de golpe y Valeria entró sin aliento, con el pelo revuelto.
Se paró en seco al verla despierta y exhaló despacio.
-Menos mal -murmuró, y se colocó al otro lado de la cama.
-¿Cuánto tiempo llevo aquí?
-Desde mediodía -respondió Elara, acercándose para apartarle el pelo de la cara-. Son casi las seis.
Aria intentó incorporarse. Caleb le puso una mano en el hombro.
-Despacio.
Obedeció.
Se miró las manos un momento antes de levantar la vista hacia ellos.
-¿Quién me trajo?
Silencio breve.
-Gael -dijo Valeria.
Aria no respondió enseguida. Algo se movió en su pecho, pequeño, sin nombre todavía, como el eco de algo que no sabía que estaba esperando. No lo buscó ni intentó entenderlo, simplemente lo dejó estar.
Al otro lado de la cama, Caleb descruzó los brazos y volvió a cruzarlos. Algo en su mandíbula cambió, tan poco que solo lo habría notado alguien que llevara toda la vida mirándolo.
Aria lo notó. No dijo nada.
-¿Cómo te encuentras? -preguntó Valeria.
-Cansada. -Y luego, casi para sí misma-: Pero bien.
Arthur se acercó y le apretó la mano sin decir nada. Elara los miraba a todos con esos ojos que veían demasiado y callaban casi todo.