La luna y sus fases ocultas

La flor y la piedra.

El sol ya estaba bajo cuando empujaron la puerta. Aria entró primero, con la túnica arrugada y los hombros caídos. No dijo nada al pasar.

—Luego te veo —dijo Valeria.

Aria levantó una mano sin girarse. Arriba, la puerta del cuarto de sus padres estaba abierta.

—¿Has visto la cara de nuestra hija? —Su madre hablaba hacia el espejo mientras se retocaba—. Estaba radiante, Alistar. Radiante. Elias es exactamente el mentor que necesitaba. Un hombre bueno, paciente...

—Sí —dijo su padre desde el vestidor—. Una suerte.

Seraphina cogió un pequeño frasco que tenía encima del tocador, lo abrió y sacó una varilla de cristal. Se la aplicó en las muñecas y detrás de las orejas, y el cuarto se llenó de ese olor fresco suyo de siempre.

—¡Mi niña!— exclamó mientras miraba el reflejo de Valeria. Ella le sonrió. —Cuéntame, cariño, cómo te fue el día.

Valeria hizo el amago de contarle cómo le había ido, pero la figura de su padre saliendo del vestidor la frenó.

—Papá.—

Le dedicó una sonrisa. Él se la devolvió. Pero se quedó a medio camino, sin llegarle a los ojos. Fue un instante.

—Voy a ver cómo está Aria. Luego te cuento, mamá.—

Le dio un beso a su madre y luego a su padre y se fue.

La puerta del cuarto de Aria estaba entornada. Valeria la empujó con dos dedos y se quedó quieta.

Elara estaba sentada en el borde de la cama a su lado estaba Aria, con la túnica todavía puesta y la vista en el suelo.

—...sabes que los mentores no los elegimos nosotros, cariño. Es cosa de la magia.—

—Ya lo sé.—

—Nadie decide esto por ti. Ni tu padre ni yo. Si hubiéramos podido…—

Aria levantó la cabeza y vio a Valeria.

—¡Que ya lo sé, mamá!—

Elara se giró siguiendo la mirada de su hija.

—Perdón.— Valeria dio un paso atrás—. —Solo venía a ver cómo estaba.—

No hubo respuesta. Cerró la puerta despacio y se quedó en el pasillo con la mano todavía en la madera, preguntándose qué le habría dicho su tía para que Aria gritara así.

Después de unos minutos de silencio, entendió que la puerta no se iba a abrir. Se despegó de ella y caminó rumbo a su cuarto.

★

—Como ya sabéis, hoy toca práctica, las clases se darán en el patio —dijo Elias—. Las impartirá Gael.—

El patio exterior olía a tierra batida y a energía contenida, las paredes de piedra antigua lo abrazaban por los cuatro lados, cubiertas de enredaderas que trepaban sin prisa hacia los tejados.

Los veinte alumnos estaban juntos por primera vez. Gael se movía entre ellos con los brazos cruzados, corrigiendo cuando hacía falta.

Elias supervisaba desde el lateral, con las manos entrelazadas a la espalda.

Unos pasos más allá, Aria llevaba una eternidad con las manos extendidas y los dientes apretados.

—Otra vez—dijo Gael sin moverse.

—Ya lo he intentado doce veces.—

—Trece—

Valeria la miró de reojo, su prima tenía la túnica pegada a la espalda y unos mechones sueltos aplastados contra la frente por el sudor.

Volvió a extender las manos. No pasó nada.

Las bajó y las volvió a subir. Alrededor, los murmullos empezaron a filtrarse.

—¿Esa es la hija del líder?—

—No puede ser…—

Valeria buscó de dónde venían, vio a la chica que lo había dicho pero esta no bajó la voz al notarla.

Aria no quiso girarse tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaba, los brazos le temblaban de tenerlos estirados tanto rato.

Valeria apartó la vista, no quiso mirar más.

Extendió las manos.

—Voreth.—

Algo apareció entre sus dedos, ligero, sin esfuerzo.

Una flor.

Los pétalos blancos en el centro, oscureciéndose hacia los bordes hasta volverse negros, como si algo los hubiera quemado desde dentro.

Al mismo tiempo, algo sordo golpeó la tierra.

Una piedra gris, lisa, del tamaño de un puño, cayó frente a Aria.

Al fondo se escucharon unas risas.

Bastó con una mirada de Gael para que se hiciera el silencio de nuevo. Valeria se quedó mirando la flor. Al levantar la vista se topó con los ojos de Gael, miraba atentamente la flor.

—Es que...—Se subió la manga—. Me salió ayer.

El punto dorado en el antebrazo, pequeño y limpio. Gael no dijo nada. Se giró hacia el lateral.

—Elias.

Elias se acercó sin prisa. Miró el antebrazo de Valeria y sonrió.

—Muy bien. Lo conseguiste en pocas semanas. —

Le puso una mano en el hombro. Valeria sonrió y se giró hacia Aria para enseñarselo.

Ella estaba recogiendo su piedra del suelo.

Valeria se bajó la manga.




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